El hombre que nunca se fue

Hoy, miércoles 15 de julio, se cumplen 150 años de la partida física de Juan Pablo Duarte. Un siglo y medio después, su nombre continúa pronunciándose con el mismo respeto con que se habla de los grandes padres de una nación.

Hay hombres que mueren y pasan a ser parte de los libros de historia. Duarte hizo el camino contrario: salió de los libros para instalarse definitivamente en la conciencia del pueblo dominicano.

Su vida fue breve en alegrías materiales y larga en sacrificios. No conoció el poder, ni las riquezas, ni los privilegios que suelen acompañar a los fundadores de muchas naciones. Murió lejos de la tierra que tanto amó, en Caracas, el 15 de julio de 1876. Sin embargo, pocas veces un hombre ausente ha permanecido tan presente como él.

Quizás porque Duarte nunca luchó por sí mismo. Su causa fue la patria.

Con frecuencia recordamos sus ideales, sus palabras y sus hechos heroicos. Pero también es justo recordar al ser humano: al joven soñador que creyó posible una República libre cuando parecía una ilusión; al hombre que aceptó el destierro antes que traicionar sus principios; al dominicano que entendió que la libertad solo tiene sentido cuando descansa sobre la moral y la dignidad.

Los pueblos necesitan símbolos. Pero esos símbolos solo perduran cuando están sostenidos por una vida ejemplar. Duarte es precisamente eso: un ejemplo antes que un monumento.

En estos últimos años, la obra del pintor Miguel Núñez ha contribuido de manera extraordinaria a acercarnos nuevamente al rostro del Padre de la Patria. Partiendo de la única fotografía auténtica de Duarte, tomada en Caracas por el fotógrafo español Próspero Rey, Miguel ha desarrollado una paciente reconstrucción iconográfica que nos permite contemplar a un Duarte más humano, sin perder un ápice de su grandeza moral.

Entrevista al pintor Miguel Nuñez, creador de las pinturas del retrato de Juan Pablo Duarte, en honor a su bicentenario.

Foto: Ariel Díaz-Alejo/acento.com.do
Fecha: 08/01/2012.

No se trata únicamente de pintar un rostro. Se trata de interpretar una vida.

Cada lienzo parece preguntarnos quién fue realmente aquel hombre que renunció a todo para que hoy existiera la República Dominicana.

Quizás por eso las imágenes de Miguel Núñez conmueven tanto. No muestran únicamente al héroe solemne que aprendimos en los textos escolares. También dejan entrever al hombre de carne y hueso, al ciudadano íntegro, al patriota sereno cuya mayor fuerza fue la firmeza de sus convicciones.

Cuando Wilson Gómez Ramírez llamó a Miguel Núñez «el pincel de la patria», no solo reconocía la calidad de su pintura. Reconocía también el enorme servicio que su obra presta a la memoria histórica dominicana.

Porque los pueblos necesitan conservar vivo el rostro de quienes les dieron identidad.

A ciento cincuenta años de su partida, Duarte sigue hablándonos.

Nos recuerda que la patria no es un discurso, sino una responsabilidad cotidiana; que la libertad no se hereda, sino que debe protegerse cada generación; que la honestidad pública sigue siendo la base de cualquier proyecto nacional.

Los dominicanos podemos discutir sobre política, economía o ideologías. Pero cuando pronunciamos el nombre de Duarte desaparecen muchas diferencias y aparece un punto de encuentro: el amor por la República Dominicana.

Ese es, quizás, el verdadero triunfo de Duarte.

No haber fundado solamente un Estado.

Haber sembrado una conciencia nacional que todavía nos invita a ser mejores ciudadanos.

Porque hay hombres que dejan descendientes.

Y hay hombres que dejan una patria.

Juan Pablo Duarte pertenece para siempre a estos últimos.

Domingo Núñez