La Araucaria de Juan Bosch

Estas tres entregas: Juan Bosch: Vida, pensamiento y legado (3 de 3) se realizaron en el marco de la conmemoración, este 30 de junio, del 117 aniversario del nacimiento del profesor Juan Bosch, figura fundamental de la vida intelectual, política y democrática de la República Dominicana.

Entre los capítulos, a modo de cuadernos, que componen mi libro Memorias para entender el presente y pensar el porvenir, actualmente en proceso de elaboración, hay algunos que no solo narran vidas, sino que también guardan la memoria de un país entero. Este texto, «La Araucaria de Juan Bosch», es uno de ellos. No se trata solamente de una crónica o de un homenaje, sino de una reconstrucción testimonial que enlaza el pasado represivo de la dictadura trujillista con los gestos de dignidad y resistencia sembrados por quienes la padecieron.

La presencia de Juan Bosch, prisionero en la Penitenciaría de Nigua en los años treinta, y su regreso décadas más tarde para plantar un árbol representan mucho más que un gesto simbólico. Encarnan la memoria viva, la voluntad de no olvidar y el deseo de transformar el dolor en enseñanza.

Este artículo ofrece al lector una mirada íntima sobre uno de los escenarios más oscuros de la historia dominicana. Lo hace no desde la frialdad de los archivos, sino desde los testimonios: los míos, los de otros testigos y los del propio Bosch. Es también un intento de sembrar, como él lo hizo, un árbol de memoria en la conciencia de quienes lean estas páginas.

A finales de los años setenta, específicamente en 1978, Jarabacoa fue escenario de una charla sobre formación política ofrecida por uno de los más ilustres pensadores y líderes de América Latina: don Juan Bosch. Por aquellos años, aunque no residía allí, acudía con frecuencia a esa comunidad para participar en actividades sociales, comunitarias y en talleres de formación.

Fue en una de aquellas jornadas cuando tuve el privilegio de escuchar a don Juan. Más que una conferencia, fue una lección de ética, compromiso social y responsabilidad histórica.

Con su voz serena y su mirada firme nos habló de la historia como fuerza transformadora, del deber cívico como expresión de la dignidad humana y de la política entendida como servicio al bien común. Yo era muy joven, pero aquellas palabras, claras y limpias, se grabaron para siempre en mi memoria. Era como si una semilla hubiera quedado sembrada en nuestro corazón.

A la entrada del lugar donde se celebró aquella actividad había una Araucaria imponente, erguida como un centinela silencioso. Verde, elegante, serena. Durante años esa imagen quedó unida en mi memoria a la figura de don Juan: recto, austero, lleno de dignidad. Desde entonces comprendí que hay árboles que también enseñan.

Con el paso del tiempo he vuelto a ver Araucarias en distintos lugares y siempre evocan aquel encuentro. Sé que en países como Chile este árbol posee un profundo valor simbólico y es considerado milenario y sagrado por muchos pueblos originarios. Aunque todavía no he tenido la oportunidad de visitar esa nación, conozco el significado que allí se le atribuye, y no puedo evitar asociarlo con la firmeza y la nobleza del pensamiento de Juan Bosch.

Cuando años más tarde volví a verlo en otras actividades públicas y políticas, ya no era solamente el líder de un partido o un expresidente de la República. Era el símbolo viviente de una ética que muchas veces parecía ausente en la política dominicana. Lo vi caminar con dificultad, con la edad marcada en su cuerpo, pero con la misma claridad en sus ideas. Era como aquella Araucaria: podía doblarse, pero no quebrarse.

Hoy, cada vez que contemplo una Araucaria, recuerdo a Juan Bosch no solo como figura política, sino como ejemplo moral. En mi libro de vida su nombre está escrito con letras firmes. La Araucaria sigue creciendo en mi memoria, como crece el recuerdo de los grandes hombres que no necesitan monumentos, porque su legado permanece vivo en quienes seguimos creyendo en la dignidad, la justicia y la palabra honrada.

Pero la Araucaria que guardaba mi memoria no era la única. Años después conocería otra: la Araucaria sembrada por el propio Juan Bosch en los terrenos de la antigua Penitenciaría de Nigua. Entonces comprendí que ambos árboles, aunque nacidos en momentos distintos, hablaban de la misma esperanza.

En la tarde del viernes 23 de junio de 2017 recorrimos los predios de lo que fuera la oprobiosa Cárcel de Nigua, en tiempos de Trujillo. Me acompañaban los distinguidos munícipes de esa comunidad, el talentoso Joaquín Morla y el respetado comunitario y exregidor Soriano. Nuestro propósito era localizar y preservar la Araucaria sembrada por el ex prisionero Juan Bosch dentro del proyecto «Una flor por la prisión», desarrollado en 1998.

Juan Bosch estuvo encarcelado allí como preso político a comienzos de la década de 1930. Al final de este trabajo incluyo una reconstrucción inspirada en los testimonios y escritos que dejó sobre aquella experiencia.

La Cárcel de Nigua fue construida durante la ocupación militar estadounidense de 1916-1924. Originalmente concebida como hospital, luego fue convertida en prisión para reclusos comunes y presos políticos. Constaba de cinco pabellones distribuidos en semicírculo alrededor de un edificio central, con celdas oscuras y solitarias.

Allí los prisioneros eran obligados a realizar trabajos forzados, sin importar si eran intelectuales, médicos, abogados o periodistas. Las raciones consistían en agua de chocolate, un plátano verde y pan duro, muchas veces enmohecido. Quien no lo comía moría lentamente de hambre. El paludismo hacía estragos sin atención médica. Muchos intentaban curar sus heridas cubriéndolas con lodo.

Los fusilamientos eran frecuentes. Se realizaban en un paraje cercano conocido como Camunguí, junto a una plantación de arroz propiedad de Trujillo. Los cuerpos eran enterrados sin identificación alguna.

El escritor español José Almoina dejó quizá una de las descripciones más estremecedoras de aquel lugar:
«Es algo que tiene para los dominicanos un perfil siniestro, que hace estremecer a la gente. Se decía que era preferible tener cien niguas en un pie y no un pie en Nigua…»

Entre los presos políticos figuraban Juan Isidro Jiménez Grullón, Ramón Vila Piola, José Selig Hernández, Amadeo Barletta y Juan Bosch, entre muchos otros. Dormían sobre el cemento, soportaban golpizas y vivían sometidos a trabajos agotadores.

Con el traslado de los presos a La Victoria en 1952, la antigua cárcel pasó a funcionar como hospital psiquiátrico. Hoy el lugar alberga el Colegio Juan Zegrí, donde todavía se conservan las atalayas, los pabellones, las argollas incrustadas en las paredes y las antiguas celdas.

Su directora, sor Digna Mejía, expresó:
«Hemos tratado de conservar estos elementos porque sabemos el valor histórico que tienen.»

En este complejo también estuvo recluido el barítono Eduardo Brito.

El psiquiatra Antonio Zaglul, quien dirigió el hospital entre 1950 y 1959, describió aquel ambiente en Mis 500 locos como:
«Una hipertrofia de poder, una macana en la cintura y un desprecio absoluto por el enfermo mental.»

Aquel lugar fue escenario de múltiples abusos. Incluso después de la caída de la dictadura, el horror continuó manifestándose en sus alrededores.

Hoy, donde una vez hubo prisión, existe un centro educativo. Sin embargo, los ecos del sufrimiento permanecen en sus paredes, en los testimonios… y en los árboles.

La Araucaria continúa allí, silenciosa. No habla, pero recuerda. Sus ramas parecen decirles a las nuevas generaciones que la libertad tiene raíces profundas y que los pueblos que olvidan su historia corren el riesgo de repetirla. Juan Bosch no sembró únicamente un árbol. Sembró un compromiso con la memoria.

Reconstrucción inspirada en los testimonios de Juan Bosch sobre su prisión en Nigua
“En 1934 fui encarcelado en la Penitenciaría de Nigua. En esa época, por el simple hecho de pensar distinto al régimen, uno podía acabar allí. Recuerdo que me lanzaron a una celda oscura, con piso de cemento frío. El primer día no había comida. El segundo, un guardia me tiró un pedazo de pan duro como piedra. Las noches eran eternas, con los gritos de otros presos, y el miedo a ser llamado para no volver.
Nos obligaban a trabajar en el chapeo, bajo el sol inclemente. Las manos se llenaban de ampollas, y muchos caían por fiebre o debilidad. El paludismo hacía estragos. El agua era sucia. Dormíamos en el suelo. Un día, llevaron a un joven abogado, muy débil. A los dos días murió de fiebre sin haber visto a un médico. Pero también recuerdo la solidaridad entre nosotros. Un pedazo de pan se dividía en tres. Se hablaba en voz baja de libertad, de esperanza. De que algún día ese infierno acabaría. Yo sobreviví. Pero muchos no. Por eso, cuando volví a Nigua décadas después, sembré una Araucaria allí. Para que nunca se olvide. Para que la memoria florezca donde hubo horror.”

Al concluir estas tres entregas dedicadas a Juan Bosch, vuelvo a la imagen de aquella Araucaria. Comprendo ahora que los grandes hombres se parecen a esos árboles: crecen despacio, resisten las tormentas y siguen dando sombra mucho después de haber partido.

Bosch pertenece a esa estirpe. Su vida, su pensamiento y su ejemplo continúan invitándonos a creer que la política puede ser un servicio, que la palabra puede ser un acto de dignidad y que la memoria es la mejor defensa de la libertad.

Domingo Núñez Polanco

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