«Hay canciones que no aprendemos a escuchar; son ellas las que terminan leyéndonos la vida.» — Domingo Núñez Polanco.
El camino de medio

Hace años escuché una canción china titulada El camino de medio. No entendía su idioma, pero comprendía su emoción. Hay melodías que llegan al corazón antes de pasar por la razón.
Cada vez que la escucho me parece estar viendo el sendero de mi propia vida. Veo al niño que fui corriendo por los caminos rurales de Bonao. Veo a mis padres, a mis abuelos y a tantos seres queridos que caminaron conmigo una parte del trayecto y luego siguieron su rumbo hacia la eternidad.
Sí, hay canciones que nos encuentran cuando estamos en determinada etapa de la vida. Uno las escucha y siente que alguien, desde otro idioma, otra cultura y otro continente, está contando parte de nuestra propia historia: la nostalgia por el tiempo vivido; los afectos que permanecen aunque la vida cambie; la gratitud por los encuentros humanos; la aceptación serena del paso de los años; y la memoria como refugio del alma.
Hay algo tan cierto como decir que hay un Dios en el cielo: las buenas canciones tienen patria, idioma y autor; pero las grandes canciones terminan perteneciendo a todos. A veces nacen en una aldea china, cruzan océanos y, sin proponérselo, terminan contando la vida de un caminante de Bonao que descubre en ellas un pedazo de su propia historia.
La canción parece hablarnos de un viajero que avanza por la vida. No es un héroe ni un conquistador; es una persona común que camina, recuerda, ama, pierde y sigue adelante.
Ese “camino de medio” podría entenderse como el tramo de la existencia donde ya no somos jóvenes, pero tampoco hemos llegado al final. Es el tiempo de la reflexión, de mirar hacia atrás sin amargura y hacia adelante sin miedo.
Ese caminante siento que soy yo mismo:
El niño que corría por los campos de Platanitos.
El joven que descubría la lectura y la escritura.
El servidor público que dedicó años al trabajo.
El hijo agradecido que recuerda a Manuel Antonio y a Ramona.
El padre y abuelo que encuentra en sus hijos y nietos la continuidad de la vida.
El hombre que, después de más de siete décadas, sigue caminando al amanecer acompañado de sus recuerdos y esperanzas.
La canción parece decirnos que la vida es precisamente eso: un camino. Un camino donde nadie permanece para siempre, donde cada encuentro es un regalo y cada despedida una enseñanza.
Hoy, al mirar hacia atrás, no veo una ruta perfecta. Veo tropiezos, errores, sueños cumplidos y otros que quedaron en el intento. Pero también veo afectos, aprendizajes y una gratitud inmensa por todo lo vivido.
Quizás por eso esta vieja canción china me acompaña desde hace tanto tiempo. Porque, aunque nació en una cultura distante, habla un idioma universal: el idioma de la memoria, del tiempo y del corazón humano.
En sus letras no se habla únicamente de una persona que envejece, sino de alguien que aprende a reconciliarse con su propia historia. No mirar el pasado con nostalgia amarga, sino con gratitud. Recordar a los padres, a los amigos, los caminos rurales, las luchas, los libros, los hijos y los nietos, como quien repasa un álbum de vida y descubre que cada fotografía tuvo su razón de ser.
Con los años uno termina comprendiendo que la vida no es solamente el camino recorrido ni la meta alcanzada; es también la huella que dejan en nuestro corazón quienes caminaron un trecho junto a nosotros.
Al llegar a cierta edad, descubrimos que los años no se cuentan por calendarios, sino por los afectos sembrados y por los recuerdos que aún nos acompañan.
Y mientras queden fuerzas para seguir andando, continuaré recorriendo mi propio camino de medio, agradecido por cada amanecer, por cada persona que la vida puso a mi lado y por la oportunidad de seguir encontrando, incluso en una vieja canción llegada desde tierras lejanas, razones para amar y agradecer la vida.
Domingo Núñez Polanco
