Los Platanitos: donde todavía vive la memoria
Hay lugares que desaparecen del mapa sin dejar de existir. Permanecen intactos en la memoria de quienes los vivieron.
Los Platanitos, en Sabana del Puerto, es uno de esos lugares. Allí transcurrieron algunos de los años más felices de mi infancia. Entre conucos, caminos de tierra, arroyos, noches de cuentos alrededor del fogón y una comunidad donde todos se conocían, fui descubriendo la vida mucho antes de comprenderla.
Con el paso de los años he sentido el deseo de regresar a ese tiempo, no para quedarme en la nostalgia, sino para rescatar pequeñas historias que también forman parte de la memoria de Bonao y de la República Dominicana. Son recuerdos sencillos, sin héroes ni grandes acontecimientos, pero llenos de humanidad.
A partir de hoy compartiré una serie de vivencias de aquella época. Cada una es una ventana abierta hacia un mundo que ya no existe como entonces, pero que sigue vivo en quienes tuvimos el privilegio de caminar aquellos senderos.
Comienzo con una de las emociones más esperadas de mi niñez: la matinée del domingo en el Cine Libertad de Bonao.

La matinée del domingo
Papá regresó de Estados Unidos a principios del 62.
Ya los Trujillo eran historia, y el país, como nosotros, buscaba su nuevo guión.
Nos encontró en los platanitos, entre la brisa del campo y las historias de fogón que el viejo Pedro contaba con voz de misterio. Nos recogió como quien junta las piezas de una historia familiar, y con mamá y mis hermanos nos mudamos a Bonao, el pueblo que empezaba a parecerse a una ciudad.
Yo, muchacho de conucos y chapuzones, miraba todo con asombro.
El bullicio de las esquinas, los colmados llenos, las mujeres con rolos en la cabeza, el tránsito en bicicleta, los curas serios y los altavoces de la iglesia.
Pero hubo una cosa que me arrebató por completo la mirada:
El cine.
El Cine Libertad, frente al Parque Duarte, era como un templo moderno.
Tenía luces, carteles, taquilla y lo más mágico: una gran cortina que, al levantarse, mostraba mundos enteros.
Los domingos por la tarde, en la esperada matiné, llegábamos en grupo, una muchachada que reía, empujaba y soñaba.
La entrada costaba 15 cheles.
¡Quince! Que para un niño de aquel tiempo era una montaña de centavos que había que escalar a lo largo de toda la semana.
Juntar esos 15 chelitos era toda una odisea.
Ayudábamos en la casa, cargábamos fundas, vendíamos dulces y algunos —como yo— apelábamos al ingenio: devolver botellas, buscar mandados o hacer de «recadero urgente» para cualquier vecino. Cada medio chele era una victoria hacia la tarde de luces y sombras.
Y al fin, el domingo.
Ropa limpia, el pelo empinado con agua y peinado de raya al lado. El corazón a mil.
Entrábamos como si accediéramos a otro planeta.
La oscuridad del salón era la promesa de que todo podía pasar. Y pasaba.
Vaqueros a caballo cruzaban la pantalla con el sol en la espalda. Aventureros se lanzaban al abismo. Cantantes se enamoraban de mujeres imposibles. Y nosotros, sentados en aquellas butacas de madera, vivíamos cada escena como si fuera nuestra.
Recuerdo la primera vez que una lágrima se me escapó viendo una película.
Sentí vergüenza al principio, pero después noté que a mi lado otro también se secaba los ojos.
Ahí entendí que el cine no era solo diversión: era espejo y consuelo, ilusión y refugio.
Salíamos comentando la película como quien regresa de una guerra o de un sueño.
Y al pasar frente al Parque Duarte, con los últimos rayos del sol dorando la estatua del patricio, yo pensaba que quizás la vida también era como una matiné: larga, intensa, incierta… pero siempre digna de ser contada.
Nota:
Muchos dominicanos de 60, 70 u 80 años se reconocerán en estas páginas. Aunque los hechos ocurrieron en Los Platanitos y en Bonao, las emociones pertenecen a toda una época del país. En domingolarevista.com queremos rescatar esa República Dominicana cotidiana que rara vez aparece en los libros de historia, pero que sigue viviendo en la memoria de la gente…
Domingo Núñez
