Luisiana: la tierra que el mar no deja de reclamar
Comentario editorial de DomingoLaRevista, a partir de una información publicada originalmente por RT en 2014 y actualizada con datos científicos recientes.
Hace doce años publicamos en DomingoLaRevista una información tomada de RT que advertía sobre un problema que entonces parecía lejano: el progresivo hundimiento del estado de Luisiana, en el sur de Estados Unidos. Hoy, esa advertencia ya no pertenece al terreno de las hipótesis. La realidad ha confirmado buena parte de esas preocupaciones.

Luisiana continúa perdiendo tierras. Durante el último siglo han desaparecido miles de kilómetros cuadrados de humedales y zonas costeras, absorbidos lentamente por las aguas del Golfo de México. En algunos lugares, el mar avanza varios metros cada año, obligando a comunidades enteras a trasladarse y modificando para siempre el paisaje.
Los científicos coinciden en que no existe una única causa. El aumento del nivel del mar, provocado por el calentamiento global, desempeña un papel importante. Pero también interviene la acción humana.
Cuando leemos que Luisiana pierde terreno frente al mar, solemos pensar que se trata de un problema lejano, exclusivo de Estados Unidos. Sin embargo, basta con mirar nuestro propio país para comprender que la naturaleza también está transformando el mapa de la República Dominicana.
El caso del lago Enriquillo es uno de los más conocidos. Durante años sus aguas crecieron de manera extraordinaria, inundando miles de tareas agrícolas, desplazando comunidades y obligando incluso a reubicar poblaciones como Boca de Cachón. Los científicos atribuyen este fenómeno a una combinación de variabilidad climática, intensas lluvias, cambios hidrológicos y otros factores ambientales aún objeto de estudio.
Pero el fenómeno no termina allí.
Quienes recorren la carretera de la costa atlántica, entre Río San Juan y Gaspar Hernández, pueden observar cómo el océano, en algunos tramos, ha ido acercándose peligrosamente a la vía. La fuerza del oleaje, la erosión costera y el aumento gradual del nivel del mar han hecho desaparecer pequeñas franjas de playa y amenazan infraestructuras que hace décadas parecían estar a una distancia segura. Los estudios sobre cambio climático advierten que las costas dominicanas figuran entre las zonas más vulnerables a la erosión y a la elevación del nivel del mar.
Cada caso tiene sus propias causas. Luisiana pierde terreno por el hundimiento de sus suelos, las obras humanas sobre el río Mississippi y el aumento del nivel del mar. Enriquillo responde a la dinámica de una cuenca cerrada y a las variaciones del clima. En la costa norte dominicana predomina la erosión marina.
Pero todos nos transmiten la misma lección: la naturaleza cambia, y cuando el ser humano altera sus equilibrios o ignora sus señales, termina enfrentando consecuencias que pueden tardar décadas en manifestarse, pero que finalmente llegan.
Quizás la enseñanza más importante sea esta: proteger ríos, manglares, humedales, arrecifes y bosques ya no es solo una responsabilidad ambiental. Es también una forma de proteger nuestras carreteras, nuestras comunidades, nuestra agricultura y el futuro de las próximas generaciones.
La naturaleza nunca deja de hablar. La cuestión es si nosotros estamos dispuestos a escucharla.
Pienso que este paralelo le da al artículo una dimensión más cercana al lector dominicano. No solo informa sobre Luisiana, sino que invita a reflexionar sobre lo que ocurre en nuestro propio territorio.
Las fronteras políticas las dibuja el hombre; las fronteras de la naturaleza las dibuja el tiempo. Y cuando el agua decide avanzar, ningún país está completamente a salvo.
Los mapas no son eternos. Los ríos cambian su curso, los lagos crecen y retroceden, el mar avanza y la tierra se transforma. La verdadera sabiduría consiste en aprender a convivir con esos cambios sin olvidar que la naturaleza siempre tendrá la última palabra.
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