La entrada del mes de mayo ha venido muy activa en cuanto a lluvia. Recuerdo a mi abuela Mamá Niña decir con sabiduría: “Mayo, el mes de las lluvias y las flores, donde nacen las rosas y los crisantemos.” También la escuché afirmar: “Las lluvias de mayo son símbolo de bendición.”

Domingo Núñez

Y aquí estamos, a cinco días de mayo, con lluvias incesantes. El país se ha desbordado en agua, y no da tregua para el comercio, las labores agrícolas, ni para la vida cotidiana, especialmente en el Cibao. Aquí, en la provincia Monseñor Nouel, y muy especialmente en Bonao, mayo ha llegado con fuerza. Estamos empapados; las calles intransitables, el movimiento de pasolas y motoconchos limitado.

Los decires populares envuelven muchas creencias relacionadas con estas primeras aguas de mayo. No olvido las ocurrencias del tío Fello, que al llegar la primera lluvia del mes de las flores, salía al patio tal como vino al mundo —sin vestimenta alguna— a rociarse con la bendita lluvia. Las cábalas dicen que la primera lluvia de mayo rejuvenece.

Otras creencias populares sostienen que:

  • Los agricultores la consideran una bendición para la tierra y un augurio de buena cosecha.
  • Se solía recolectar el agua de esta primera lluvia para llevarla a las iglesias, donde era bendecida y usada luego en curaciones durante todo el año.
  • Se dice que esta lluvia tiene el poder de aumentar la fertilidad.
  • También se cree que la intensidad de esta primera lluvia predice el clima del resto del año: si es abundante, habrá prosperidad; si escasa, podría presagiar sequía.

Pero, a pesar de todo, disfruto ver la lluvia caer desde el cielo gris, blancuzco y nublado, precipitarse sobre la tierra y los arbustos del entorno. El viento sopla tímido, vacilante, como si también meditara.

Todo eso imagino, mientras ensimismado, escucho el repiquetear de la lluvia. Sí, la lluvia me despierta un dejo de nostalgia. Cuántos recuerdos, cuántas añoranzas de mis años tiernos allá en mi Sabana del Puerto querida, en la villa de las hortensias: Bonao.

¡Ay! Y ahora me asalta el recuerdo de las adolescentes que besuqueábamos en las veredas del camino hacia el río, cuando íbamos a buscar agua en el burrito que Diomedes había nombrado Barrancolí, por lo pequeño del animal. A Barrancolí papá lo había comprado por la vuelta de la Cueva de Cívico.

¡Cuántos recuerdos, cuánta nostalgia nos trae la lluvia!

No olvido las lluvias de mayo en los ranchos de tabaco del abuelo. Todos se marchaban al avistar los chubascos en las nubes vespertinas. Algunos, sin embargo, nos quedábamos a discreción para consumar citas amorosas con alguna que otra jovenzuela entre los nidales del rancho.

Dicen que recordar es vivir. Y es verdad. Estas cosas de aquellos años juveniles regresan a mi memoria cada vez que, de tarde en tarde, veo la lluvia caer.

Domingo Núñez