
Prólogo
Dicen que el primer amor no se olvida, y en mi caso, es más que cierto: aún vive dentro de mí, como un suspiro atrapado entre los recuerdos más puros de mi juventud.
Tenía apenas dieciséis años cuando conocí a Milen, una muchacha de belleza singular, mitad dominicana, mitad china, cuya presencia iluminó mis días como un amanecer inesperado. Su cabello, sus ojos, su forma de mirar el mundo… todo en ella era un poema que apenas comenzaba a escribirse.
Nuestro amor fue breve, intenso, y quizás por eso tan inolvidable. Fue también mi primera gran aventura sentimental, con todo lo que eso conlleva: la emoción de los primeros besos, los celos inocentes del pueblo, las confidencias susurradas entre risas, las promesas que sólo los adolescentes saben hacer.
El tiempo, sin embargo, tiene sus propios planes. Milen partió, formó otra vida lejos de la mía, y aún así, nunca dejó de habitar mi memoria. Años más tarde, el destino nos ofreció un breve reencuentro… y luego, el golpe de lo inesperado.
Esta es una historia real. Es mi historia. Un tributo a quien fue, es y será mi primer amor.
Milen, mi primer amor
Mi primera aventura amorosa aún vive en mis recuerdos. Dicen —y parece cierto— que el primer amor no se olvida. El mío llegó con mis dieciséis primaveras.
Milen era mitad dominicana, mitad china. Su mestizaje la hacía resplandecer con una belleza singular. Su larga cabellera negra, herencia de sus ancestros orientales, era un hechizo en movimiento. Sus labios carnosos invitaban al deseo, y sus ojos, ligeramente achinados, vivaces y centelleantes, la hacían parecer una reina taína, como salida del linaje de la legendaria Anacaona.
Ella vino «de los países», como solíamos decir entonces. Desde el primer encuentro, se fijó en mí. Yo, por supuesto, también quedé cautivado. Nació así un idilio apasionado, tierno y profundo, de esos que parecen escritos por Corín Tellado. Vivimos nuestros primeros besos, llenos de una pasión inocente pero intensa.
Los muchachos del pueblo la piropeaban, algunos incluso exageraban historias sobre mí —ninguna, por cierto, demasiado santa. Milen me contaba todo. Hasta quienes se decían mis amigos intentaban coquetearle a escondidas. Pero ella me elegía a mí. Muchos me felicitaban por tener una novia tan hermosa, y yo caminaba por las calles con el pecho henchido de orgullo.
A mediados de la década de los setenta, Milen partió hacia Norteamérica con el propósito de continuar sus estudios. Allá conoció a un joven japonés que, eventualmente, conquistó su corazón. Se casó. Se fue a vivir a Canadá.
Mucho tiempo después, supe que estaría de visita en el país. Nos encontramos. Conversamos largamente sobre el pasado, aclaramos viejos silencios, compartimos memorias. Fue un reencuentro lleno de nostalgia… y de algo más difícil de explicar.
Pero al regreso, sucedió lo inesperado. En la autopista Duarte, rumbo al aeropuerto, un accidente trágico truncó su camino. Milen, la que fue mi primer amor, no sobrevivió.
Hoy, más de cuatro décadas después de su partida, aún vive en mi memoria.
A Milen, in memoriam.
Domingo Núñez

