Una reflexión de 2012 que todavía tiene cosas que decirnos
Por Domingo Núñez Polanco

Antes de comenzar
En junio de 2012 tuvimos la oportunidad de presentar estas reflexiones en uno de los salones de conferencias de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.
Han pasado catorce años.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Pero cuando volvemos a leer aquellas palabras encontramos preocupaciones que todavía nos acompañan: cómo producir más y mejor en nuestros campos, cómo ayudar al pequeño y mediano productor, cómo aprovechar la tecnología y, sobre todo, cómo garantizar que los alimentos lleguen a la mesa de nuestra gente a precios que puedan pagar.
DomingoLaRevista ha querido rescatar aquella exposición.
Y hay una frase que entonces utilizamos y que hoy conserva toda su fuerza:
Con la comida no se juega.
El problema no es solamente tener tierra
Durante décadas, nuestros gobiernos han desarrollado programas para aumentar la producción agropecuaria y mejorar las condiciones de vida de las familias del campo.
Se han invertido muchos recursos.
Ha puesto dinero el Estado. Ha llegado financiamiento internacional. También ha colaborado el sector privado.
Sin embargo, cuando miramos hacia el pequeño y mediano productor, los resultados no siempre han sido los esperados.
Entonces aparece una pregunta muy sencilla:
¿Qué estamos haciendo mal?
El experto en desarrollo agropecuario Polan Lacki utilizaba una vieja expresión atribuida al padre Antonio Vieira que viene muy bien al caso:
“Cuando los remedios no tienen suficiente eficacia para curar las enfermedades, es necesario curar los remedios, para que curen al enfermo”.
Dicho de una manera más llana: si llevamos mucho tiempo aplicando una medicina y el enfermo no mejora, quizás también tengamos que revisar la medicina.
Durante mucho tiempo pensamos que el Estado podía resolver casi todos los problemas del campo: financiamiento, semillas, fertilizantes, maquinarias, asistencia técnica, comercialización y hasta precios.
La experiencia nos ha enseñado que no puede hacerlo todo.
Esto no significa abandonar al productor a su suerte. Todo lo contrario.
Significa ayudarlo de una manera que le permita caminar cada vez más con sus propios pies.
Y ahí aparece una palabra fundamental: conocimiento.
El conocimiento también produce
Polan Lacki decía algo que siempre nos llamó la atención:
“El desarrollo de nuestras zonas rurales no está en la ventanilla de un banco, sino en el pupitre de una escuela”.
Naturalmente, el productor necesita financiamiento.
Pero el dinero solo no resuelve el problema.
Pensemos en algo muy sencillo.
Un agricultor puede tener una buena tierra y conseguir un préstamo. Pero si utiliza una semilla inadecuada, si no conoce bien el suelo, si desperdicia el agua, si aplica incorrectamente los fertilizantes o si no sabe cuándo y dónde vender su cosecha, tendrá dificultades.
Puede producir, sí.
Pero quizás produzca poco y a un costo demasiado alto.
Ahí está una de las claves.
No se trata solamente de producir. Se trata de producir bien.
Cuando hablamos de tecnología no estamos hablando necesariamente de grandes máquinas, computadoras o equipos costosos.
Tecnología también es saber escoger una buena semilla.
Es conocer cuándo sembrar.
Es utilizar correctamente el agua.
Es saber prevenir una enfermedad de la planta.
Es conservar mejor lo cosechado para que no se pierda antes de llegar al mercado.
Y también es saber vender.
Todo eso es conocimiento.
Y el conocimiento, cuando llega al campo y se utiliza correctamente, se convierte en productividad.
Producir más sin gastar de más
En la conferencia de 2012 utilizamos el maíz como ejemplo.
Las estadísticas de aquellos años mostraban enormes diferencias entre los rendimientos obtenidos por los agricultores de distintos países de América Latina.
Algunos necesitaban mucha más tierra que otros para producir la misma cantidad de maíz.
No vamos a detenernos ahora en aquellas cifras, porque pertenecen a otro momento.
Lo importante es comprender la enseñanza que dejaban.
Imaginemos dos agricultores.
Los dos siembran una tarea de tierra. Los dos gastan en preparación del terreno, semillas, mano de obra y otros insumos.
Pero uno obtiene una cosecha mucho mayor que el otro.
Aunque vendan al mismo precio, sus resultados serán diferentes.
¿Por qué?
Porque el costo de producir cada libra, cada quintal o cada tonelada no será el mismo.
Por eso muchas veces discutimos solamente el precio al que se vende un producto y olvidamos mirar cuánto costó producirlo.
Las dos cosas son importantes.
Ahí entran nuevamente la capacitación, la tecnología y la organización.
Un pequeño productor aislado tiene muchas dificultades.
Varios productores organizados pueden comprar mejor, compartir determinados equipos, conseguir asistencia, transportar juntos sus productos y tener más fuerza a la hora de vender.
Por eso la asociatividad —sea mediante cooperativas u otras organizaciones— también puede ayudar a mejorar la vida en el campo.
Tenemos una tierra generosa
Nuestro país tiene condiciones que muchos quisieran tener.
Tenemos buenas tierras.
Tenemos agua, aunque debemos administrarla cada día mejor.
Tenemos un clima que permite producir durante buena parte del año.
Tenemos agricultores que conocen la tierra porque la han trabajado durante generaciones.
Y tenemos universidades, técnicos, centros de investigación y experiencias que pueden aportar mucho.
Entonces vuelve otra pregunta:
¿Por qué no aprovechamos mejor todo lo que tenemos?
Una parte de la respuesta está en que el conocimiento no siempre llega hasta la finca.
A veces tenemos investigaciones muy buenas guardadas en universidades, estaciones experimentales y oficinas públicas, mientras el productor sigue enfrentándose prácticamente solo a los mismos problemas.
De poco sirve descubrir una manera mejor de producir si esa información se queda dentro de una gaveta.
El conocimiento tiene que salir de la oficina y llegar al conuco, a la finca y a la parcela.
Allí es donde hace falta.
Y no debemos perder las esperanzas.
Tenemos tierra, experiencia y conocimiento. Lo que necesitamos es juntar mejor esas piezas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con nuestra comida?
Mucho.
Cuando un país produce poco de los alimentos que consume, tiene que buscar una parte importante fuera.
Y cuando los precios internacionales suben, cuando aumenta el petróleo, cuando ocurre una guerra, una sequía, una crisis económica o cualquier acontecimiento que afecte el comercio mundial, el problema termina llegando hasta nosotros.
Tal vez comenzó a miles de kilómetros.
Pero termina en el mercado del barrio y, finalmente, en el bolsillo de la familia.
Cuando pronunciamos esta conferencia en 2012, el mundo todavía sentía los efectos de la crisis financiera y alimentaria de los años anteriores.
Habían aumentado considerablemente los precios internacionales de numerosos alimentos.
También había una fuerte discusión sobre la entrada de grandes cantidades de dinero a los mercados de materias primas agrícolas.
Aquí conviene explicar algo de manera sencilla.
En los mercados internacionales existen operaciones mediante las cuales productores y compradores pueden acordar hoy determinados precios para negocios que se realizarán en el futuro.
Esos mecanismos pueden ser útiles.
El problema aparece cuando los alimentos comienzan a tratarse solamente como una oportunidad para ganar dinero mediante movimientos especulativos, olvidando que detrás del arroz, el trigo, el maíz o la soya hay algo mucho más importante:
hay gente que necesita comer.
Y cuando sube el precio de los alimentos, no todos sufren de la misma manera.
Una familia con buenos ingresos puede hacer ajustes.
Una familia pobre tiene mucho menos espacio para hacerlo.
Si el arroz, los huevos, el aceite, la leche, las habichuelas o los plátanos suben demasiado, hay hogares donde sencillamente hay que comprar menos.
Ahí la seguridad alimentaria deja de ser una expresión que utilizan los economistas y los organismos internacionales.
Se convierte en algo que cualquiera puede entender:
que haya comida y que la gente pueda comprarla.
La comida también cuenta quiénes somos
Hay otro aspecto del que hablamos poco.
La comida también es cultura.
Es difícil pensar en la República Dominicana sin pensar en arroz, habichuelas, plátano, yuca, yautía, batata, guandules y tantos productos que forman parte de nuestra mesa.
Detrás de ellos hay tierra, agricultores, costumbres, recuerdos familiares y maneras de cocinar que hemos recibido de generaciones anteriores.
Por eso producir alimentos no es solamente un asunto económico.
También tiene que ver con nuestra identidad y con la manera en que cuidamos nuestra tierra.
En 2012 hablábamos de varias crisis que estaban ocurriendo al mismo tiempo: la energética, la alimentaria, la climática y la financiera.
Parecían problemas diferentes.
Pero tarde o temprano todos podían encontrarse en un mismo lugar:
la mesa de una familia.
Por eso necesitamos una agricultura moderna y productiva, pero también cercana a la gente.
Una agricultura que utilice tecnología.
Que cuide el suelo y el agua.
Que permita vivir dignamente al que trabaja la tierra.
Que abastezca nuestros mercados.
Y que contribuya a que los alimentos puedan llegar a precios razonables a la población.
Catorce años después
Volvemos a leer en 2026 aquellas palabras escritas en 2012.
Y surgen algunas preguntas.
¿Hemos avanzado?
Seguramente que sí en muchas cosas.
Pero también tenemos que preguntarnos:
¿Está llegando el conocimiento al pequeño agricultor?
¿Estamos aprovechando suficientemente nuestras tierras?
¿Producimos todo lo que podríamos producir?
¿Cuánto alimento perdemos desde que sale de la finca hasta que llega al consumidor?
¿Puede una familia de ingresos modestos comprar con tranquilidad los alimentos que necesita?
Son preguntas que merecen respuestas.
La tecnología de hoy habría parecido casi ciencia ficción en 2012.
Ya se utilizan drones para observar cultivos, sistemas modernos de riego, información obtenida por satélites, sensores y nuevas herramientas digitales. Y ahora tenemos delante de nosotros otra revolución: la inteligencia artificial.
Todo eso puede ser extraordinariamente útil.
Pero volvemos al mismo punto de partida:
¿llega al productor?
Porque podemos tener la tecnología más moderna del mundo guardada en una computadora, en una universidad o en una institución.
Si no llega a quien está sembrando la tierra, sirve de poco.
Quizás por eso aquella reflexión de hace catorce años continúa teniendo sentido.
Necesitamos producir.
Necesitamos tecnología.
Necesitamos financiamiento.
Necesitamos buenos caminos, mercados y mecanismos de comercialización.
Pero, por encima de todo, necesitamos entender que detrás de cada alimento hay alguien que lo produce y alguien que necesita llevarlo a su mesa.
Y por muchas cosas que hayan cambiado desde aquella conferencia de 2012, hay una que no ha cambiado:
todos necesitamos comer.
Por eso seguimos diciendo:
