La construcción del sistema monetario y financiero dominicano
Un país no se industrializa solamente levantando fábricas. Necesita también dinero, crédito, bancos e instituciones capaces de financiar la producción y mover el comercio.
Ya hemos visto en entregas anteriores cómo se fue formando y ampliando el mercado interno y cómo posteriormente comenzó el proceso de industrialización. Pero aquel desarrollo necesitaba una tercera pata: construir un sistema monetario y financiero propio.
Podríamos resumirlo de manera sencilla: primero había que crear el mercado; después, producir; y finalmente había que crear el dinero y el crédito capaces de sostener aquella nueva economía.

Y aquí aparece nuevamente la paradoja que ha acompañado toda esta serie.
Mientras Trujillo concentraba cada vez más poder político y económico en sus manos, el Estado dominicano iba creando instituciones que sobrevivirían a la dictadura y formarían parte de la estructura económica de la República Dominicana moderna.
1937: los primeros pasos
Cuando Trujillo llegó al poder, el dólar estadounidense tenía una presencia determinante en nuestra economía. No se trataba solamente de qué moneda llevábamos en los bolsillos. Era también expresión de las limitaciones de la soberanía económica dominicana.
Un primer paso para modificar aquella situación se produjo en 1937.
El 21 de febrero fue promulgada la Ley No. 1259, que dispuso la acuñación de monedas dominicanas con características semejantes a las estadounidenses en peso, fineza y dimensiones.
La primera acuñación alcanzó un valor de 600 mil pesos, en monedas desde un centavo hasta cincuenta centavos. Todavía no se acuñó la moneda de un peso, pues el billete estadounidense de un dólar continuaría circulando.
Era apenas el comienzo. Pero comenzábamos a disponer de moneda propia.
1940: recuperar las aduanas
Tres años después se produjo otro acontecimiento importante: el acuerdo conocido como Hull-Trujillo.
Durante décadas, las finanzas dominicanas habían estado condicionadas por la deuda externa y por el control estadounidense de las recaudaciones aduaneras, principal fuente de ingresos fiscales del país.
El acuerdo de 1940 permitió al Gobierno dominicano recuperar el control directo de las aduanas, aunque la deuda externa no desapareció inmediatamente.
Trujillo convertiría posteriormente la llamada independencia financiera en uno de los grandes símbolos propagandísticos de su régimen. Pero, dejando a un lado la propaganda, había un hecho económico importante: el Estado dominicano recuperaba un instrumento fundamental para manejar sus propios ingresos.
1941: el Banco de Reservas
El paso siguiente fue la creación, en 1941, del Banco de Reservas de la República Dominicana.
La banca comercial que operaba entonces en el país estaba fundamentalmente en manos extranjeras. El Gobierno adquirió las operaciones del National City Bank of New York y, mediante la Ley No. 586, creó el Banco de Reservas.
No era todavía un banco central.
Era un banco comercial propiedad del Estado que permitía manejar depósitos y operaciones gubernamentales y, al mismo tiempo, aumentar la presencia nacional en el negocio bancario.
Otro ladrillo se colocaba en la construcción del nuevo sistema financiero.
1945: crédito para producir
Pero un banco comercial no bastaba.
Si se quería desarrollar la agricultura y la industria había que financiar a quienes producían.
En 1945 fue creado, mediante la Ley No. 908, el Banco Agrícola e Hipotecario de la República Dominicana, destinado fundamentalmente a canalizar crédito hacia la producción agrícola y las operaciones hipotecarias.
Con el tiempo aquella institución sufriría cambios de nombre y funciones hasta convertirse en el actual Banco Agrícola.
Lo importante para nuestro relato es entender la lógica que se iba formando:
mercado, producción, banca y crédito comenzaban a ser piezas de un mismo engranaje.
Prebisch y la reforma que venía
Por aquellos años comenzó también a estudiarse una reforma más profunda del sistema monetario y bancario.
En esos trabajos participaron técnicos dominicanos y reconocidos economistas extranjeros, entre ellos el argentino Raúl Prebisch, quien posteriormente sería una de las grandes figuras del pensamiento económico latinoamericano y de la CEPAL.
Junto a Prebisch participaron Henry C. Wallich, Robert Triffin y Walter Krausse, entre otros especialistas.
Este detalle es importante porque demuestra que la reforma monetaria de 1947 no surgió de la improvisación. Fue precedida por estudios y asesoría técnica.
Entre los dominicanos desempeñó un papel destacado Jesús María Troncoso Sánchez, quien posteriormente sería el primer gobernador del Banco Central.
1947: el paso definitivo
Todo aquel proceso desembocó en 1947.
Existía, sin embargo, un obstáculo: la Constitución dominicana prohibía al Estado emitir papel moneda. Fue necesario reformarla, y el nuevo texto constitucional proclamado el 10 de enero de 1947 eliminó aquella prohibición.
Quedaba abierto el camino.
El 9 de octubre de 1947 fueron promulgadas tres leyes fundamentales.
La Ley Monetaria No. 1528 estableció el peso oro dominicano como unidad monetaria nacional.
La Ley No. 1529 creó el Banco Central de la República Dominicana.
Y la Ley General de Bancos No. 1530 organizó el régimen bancario y creó la Superintendencia de Bancos.
Ya no estábamos hablando simplemente de acuñar monedas.
La República Dominicana comenzaba a disponer de una arquitectura monetaria y financiera propia: moneda nacional, Banco Central, regulación bancaria y supervisión del sistema financiero.
El Banco Central inició sus operaciones el 23 de octubre de 1947. Los primeros billetes nacionales fueron emitidos en denominaciones de uno, cinco y diez pesos.
Diez años después de aquellas primeras monedas de 1937, el proceso alcanzaba su momento culminante.
Un proceso, no hechos aislados
Vale la pena mirar nuevamente la secuencia.
En 1937, comenzaron a circular nuevas monedas dominicanas.
En 1940, el Estado recuperó el control directo de las aduanas.
En 1941, nació el Banco de Reservas.
En 1945, se creó el Banco Agrícola e Hipotecario.
Y en 1947, surgieron el peso oro, el Banco Central y la Superintendencia de Bancos.
No fueron hechos aislados.
Fueron pasos sucesivos en la construcción de un Estado que comenzaba a disponer de instrumentos económicos y financieros propios para acompañar la transformación de su estructura productiva.
Otra vez, la paradoja
Llegados aquí aparece inevitablemente la pregunta que ha recorrido toda esta serie:
¿Reconocer estas transformaciones significa justificar la dictadura?
Pienso que no.
El mismo régimen que construía instituciones económicas modernas perseguía, encarcelaba y asesinaba a sus adversarios. Y el mismo gobernante que fortalecía determinados instrumentos económicos del Estado acumulaba una enorme fortuna y extendía sus intereses personales y familiares sobre buena parte de la economía nacional.
Las dos realidades coexistieron.
El Banco de Reservas sobrevivió a Trujillo. El Banco Central sobrevivió a Trujillo. El Banco Agrícola sobrevivió a Trujillo. El peso dominicano sobrevivió a Trujillo.
La dictadura terminó en 1961; aquellas instituciones, transformadas y modernizadas posteriormente, continuaron formando parte de la vida económica nacional.
Nuestro propósito en estas entregas no ha sido absolver a Trujillo. Tampoco volver a contar solamente la historia de sus crímenes, ampliamente conocida y documentada.
Intentamos comprender qué ocurrió con la estructura económica dominicana durante aquellos treinta y un años.
Y ahí vuelve a aparecer la paradoja que da nombre a esta serie:
Trujillo fue el verdugo. Pero durante su régimen también se construyeron instituciones fundamentales del Estado económico dominicano moderno.
Reconocer una realidad no obliga a negar la otra.
Las dos pertenecen a nuestra historia.
Por Domingo Núñez Polanco
Economista
