Llegamos a viejos y todavía tenemos mucho que hacer.
Con estas palabras iniciamos una serie de reflexiones sobre la edad, la vida y, sobre todo, las ganas de seguir andando.
Queremos hablar de la tercera edad de una manera distinta: con menos estadísticas y más vivencias; con recuerdos, experiencias y reflexiones de nuestra generación. De quienes un día fuimos jóvenes sin pensar demasiado en la vejez y hoy descubrimos que los años han pasado, pero que todavía quedan caminos por recorrer, cosas por aprender, historias por contar y razones para sentirnos útiles.
En fin, estaremos craneando sobre la tercera edad, pero mirándola desde la vida misma.
Una reflexión de DomingoLaRevista a propósito de un reportaje de Sputnik Mundo

Un reportaje publicado por Sputnik Mundo sobre la realidad de los adultos mayores en México comienza con una frase sencilla, pero que obliga a pensar: “No pensamos en que nos haríamos viejos”.
La expresión pertenece a uno de los entrevistados, un hombre de 67 años que llegó a esa etapa de su vida sin pensión ni ingreso fijo. Durante sus años de trabajo tomó decisiones pensando, como hacemos casi todos cuando somos jóvenes, en resolver el presente. La vejez parecía entonces demasiado distante.
La historia ocurre en México, pero perfectamente podría haberse contado en República Dominicana.
Y quizás por eso nos llamó tanto la atención.
Porque quienes hacemos DomingoLaRevista también somos adultos mayores. No estamos escribiendo sobre una realidad ajena. Estamos hablando de nuestra propia generación.
Cuando éramos jóvenes, pocas veces alguien nos hablaba de prepararnos para vivir 70, 80 o quizás 90 años. Nuestros padres y abuelos generalmente vivían menos; muchos trabajaban mientras las fuerzas se lo permitían y la seguridad social, cuando existía, alcanzaba solamente a determinados sectores.
El mundo cambió.
Vivimos más años, lo cual constituye uno de los grandes logros de nuestro tiempo. Pero vivir más también plantea una pregunta que nuestras sociedades todavía no han respondido completamente: ¿cómo vamos a vivir esos años adicionales?
República Dominicana también envejece
El fenómeno que describe Sputnik en México también está ocurriendo entre nosotros.
Según la Oficina Nacional de Estadística, en el Censo de 2022 República Dominicana tenía 1,424,735 personas de 60 años o más, alrededor del 13.2 % de la población nacional. Décadas atrás esa proporción era muchísimo menor.
La esperanza de vida dominicana ronda actualmente los 75 años y continuará aumentando.
Esto significa algo muy sencillo: cada vez tendremos más adultos mayores y, proporcionalmente, menos jóvenes.
Ya no podemos considerar la vejez como un asunto exclusivamente familiar. Se está convirtiendo en uno de los grandes temas sociales y económicos de las próximas décadas.
La pensión ayuda, pero no resuelve todo
Aquí aparece otro aspecto importante del reportaje de Sputnik.
Una pensión es necesaria. Para miles de personas puede representar la diferencia entre comprar sus medicamentos, pagar una factura o depender completamente de hijos y familiares.
En República Dominicana también se han ampliado los programas dirigidos a esta población. CONAPE informó que durante 2025 unas 100 mil personas fueron beneficiadas mediante pensiones solidarias y programas de asistencia económica, además de ofrecer servicios médicos, sociales y de acogida.
Son esfuerzos que deben reconocerse.
Pero también debemos admitir que una vejez digna no puede reducirse a entregar una pensión.
El adulto mayor necesita atención médica accesible, medicamentos, alimentación adecuada, transporte, espacios donde recrearse, protección frente al abandono y el maltrato y, cuando pierde autonomía, personas preparadas para cuidarlo.
Y necesita algo que no aparece en ningún presupuesto público: compañía.
Porque existe una pobreza que no se mide solamente por el dinero. Es la pobreza de quien tiene comida y medicamentos, pero pasa los días solo; de quien crió hijos, levantó una familia, trabajó durante décadas y un día descubre que casi nadie tiene tiempo para sentarse a conversar con él.
También tenemos una deuda con quienes llegaron primero
Hay una reflexión del reportaje mexicano que merece trasladarse a nuestra realidad.
Los adultos mayores de hoy ayudaron a construir el país que tenemos. Son los hombres y mujeres que trabajaron el campo, levantaron carreteras y viviendas, enseñaron en nuestras escuelas, atendieron hospitales, criaron familias, mantuvieron pequeños negocios y ocuparon fábricas, oficinas y talleres.
Muchos lo hicieron sin seguridad social.
Otros cotizaron durante años, pero reciben pensiones que apenas alcanzan frente al costo actual de la vida.
Y miles trabajaron toda su existencia en la economía informal: agricultores, chiriperos, vendedores, amas de casa, pequeños comerciantes y trabajadores independientes que llegaron a la vejez sin haber podido construir una pensión.
Por eso proteger al adulto mayor no debe entenderse solamente como asistencia social. También es justicia y reconocimiento.
Nosotros tampoco pensamos que llegaríamos hasta aquí.
Quienes hoy pasamos de los 60 o 70 años probablemente recordemos cuando una persona de esa edad nos parecía muy vieja.
Ahora descubrimos algo curioso: llegamos nosotros y no nos sentimos como imaginábamos entonces a los viejos.
Seguimos pensando, soñando, haciendo proyectos, aprendiendo cosas nuevas, utilizando tecnologías que ni siquiera existían cuando éramos jóvenes y tratando de mantenernos útiles.
El cuerpo cambia, naturalmente.
Pero las ganas de vivir no necesariamente envejecen al mismo ritmo.
Quizás por eso debemos cambiar también nuestra manera de mirar esta etapa de la existencia. Ser adulto mayor no significa haberse convertido en una carga para la sociedad. La experiencia también constituye riqueza.
Una sociedad inteligente no arrincona a sus mayores: aprovecha lo que aprendieron durante toda una vida.
Prepararnos desde ahora
El problema tampoco corresponde solamente a quienes ya somos adultos mayores.
Los jóvenes de hoy serán los envejecientes de mañana.
Por eso hablar de pensiones, ahorro, salud preventiva, sistemas de cuidados y seguridad social no debería comenzar cuando cumplimos 65 años. Debería comenzar mucho antes.
República Dominicana tendrá que prepararse para una sociedad donde vivirán cada vez más personas de 70, 80 y 90 años. Eso requerirá recursos públicos, pero también una nueva cultura familiar y social alrededor de la vejez.
Porque podemos construir hospitales y hogares de día, aumentar pensiones y crear programas de asistencia, pero ninguna política pública sustituirá completamente el afecto, el respeto y la presencia de la familia.
El reportaje de Sputnik comienza hablando de México, pero termina haciéndonos una pregunta a todos.
Tal vez nuestra generación realmente no pensó que llegaría a vieja.
Llegamos.
Y aquí estamos.
Ahora corresponde procurar que quienes lleguen después encuentren una sociedad mejor preparada para recibirlos.
Porque envejecer no debería convertirse en una condena.
Después de haber trabajado, criado hijos, formado familias y contribuido durante décadas a construir nuestros países, aspirar a una vejez tranquila, acompañada y digna no es pedir demasiado. Es sencillamente lo justo.
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