Desarrollo del capitalismo industrial: las fábricas

Cuando Trujillo llegó al poder en 1930, la República Dominicana era todavía, esencialmente, un país agrícola. La producción nacional descansaba principalmente en el azúcar, el cacao, el café y otros productos destinados, en buena medida, al mercado exterior. La industria era limitada y el país dependía de la importación de numerosos artículos de uso cotidiano.
Durante las tres décadas siguientes esa realidad comenzó a cambiar.
Al lado de la brutal represión política, de los asesinatos, las persecuciones y el control absoluto de la vida nacional, la dictadura impulsó un proceso de transformación económica que incluyó el desarrollo de nuevas industrias. No se trató de un proceso democrático ni de libre competencia en el sentido moderno de la expresión. Gran parte de aquella expansión estuvo directamente vinculada al poder político y a la creciente participación de Trujillo, su familia y sus allegados en la economía nacional.
Pero las fábricas existieron. Y cambiaron el paisaje económico del país.
Comenzaron a instalarse o a fortalecerse industrias destinadas a producir bienes que hasta entonces llegaban del extranjero: cemento, aceites, productos metálicos, clavos, alambres, baterías y otros artículos necesarios para la construcción, la agricultura, el transporte y la vida cotidiana.
La industria del cemento, por ejemplo, estuvo estrechamente relacionada con el proceso de construcción de carreteras, edificios, puentes, obras públicas y nuevas ciudades. El país que durante décadas había dependido ampliamente de materiales importados comenzó a desarrollar una capacidad productiva propia.
Algo semejante ocurrió con las industrias vinculadas al metal y la construcción. Fábricas de alambres, clavos y otros productos comenzaron a formar parte de una economía que necesitaba responder a un mercado interno en crecimiento.
También surgieron o se expandieron industrias de aceites, alimentos, bebidas, productos químicos, baterías y otros bienes de consumo. Poco a poco, la palabra fábrica comenzó a ocupar un lugar más visible en la economía dominicana.
No debe perderse de vista, sin embargo, una característica fundamental de aquel proceso.
La industrialización dominicana bajo Trujillo estuvo profundamente marcada por la concentración. El dictador no solo gobernaba el Estado: fue convirtiéndose también en uno de los principales propietarios y empresarios del país. A través de mecanismos directos e indirectos, una parte importante de la actividad económica quedó bajo su control o bajo el control de personas vinculadas al régimen.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones de la época.
Trujillo impulsó la modernización económica, pero al mismo tiempo utilizó el poder político para dominar la economía. Promovió empresas, pero limitó la posibilidad de una burguesía verdaderamente independiente. Construyó fábricas, pero el desarrollo industrial se produjo dentro de un sistema donde el Estado, la dictadura y los negocios privados del gobernante se confundían con demasiada frecuencia.
Por eso, al hablar de la industrialización durante la Era de Trujillo, resulta insuficiente limitarse a repetir que “Trujillo construyó”. También sería incompleto afirmar que durante aquellos años no se produjo ninguna transformación económica.
Las dos cosas forman parte de la historia.
Hubo carreteras, puentes, edificios, ingenios y fábricas. Hubo expansión de la producción nacional y crecimiento de un mercado interno. Pero también hubo monopolios, privilegios, despojo y una concentración extraordinaria de riqueza y poder.
Las fábricas de aquella época no pueden separarse del hombre que gobernaba el país. Muchas fueron expresión de una economía que comenzaba a industrializarse; otras, o incluso las mismas, formaban parte de un sistema económico en el que el dictador buscaba convertir el poder político en poder empresarial.
Esta es, quizás, una de las claves para comprender aquella etapa.
Trujillo no fue solamente el dueño del poder. Quiso ser también dueño de la economía.
Y en esa combinación —Estado, dictadura, empresas y acumulación de riqueza— se encuentra una de las explicaciones del desarrollo industrial de aquellos años, así como una de sus mayores limitaciones.
La República Dominicana salió de la Era de Trujillo con una estructura económica distinta a la que él encontró en 1930. El país era más urbano, tenía mejores vías de comunicación, una mayor presencia industrial y un mercado interno más amplio.
Pero el precio político y humano de aquel proceso fue enorme.
Por eso, cuando hablamos de Trujillo como el verdugo y el constructor, no estamos ante una contradicción inventada. Estamos ante las dos caras de una misma realidad histórica: un régimen que modernizó aspectos importantes del país mientras negaba las libertades fundamentales de su pueblo.
Las fábricas fueron parte de aquella transformación.
Ahora corresponde preguntarnos algo todavía más profundo: ¿a quién pertenecía realmente aquella industrialización y qué ocurrió con ella después de la caída de la dictadura?
Esa pregunta nos conduce directamente a otro capítulo de esta historia.
Continuará…
Domingo Nuñez Polanco
Publicado en el Nuevo Diario:
