Leer para aprender a pensar
Quien no lee, difícilmente aprende a escribir… y quien no escribe, difícilmente aprende a pensar

Hace unos días escribí que la inteligencia artificial representa una de las mayores revoluciones tecnológicas de nuestro tiempo. No tengo dudas de ello. La utilizo con frecuencia y reconozco sus enormes posibilidades.
Pero mientras más la utilizo, más convencido estoy de una verdad sencilla: ninguna inteligencia artificial puede sustituir el proceso mediante el cual una persona aprende a pensar por sí misma. Y ese proceso comienza, casi siempre, con la lectura.
La lectura era un diálogo silencioso entre el autor y el lector.
Hay una convicción que los años no han hecho más que fortalecer en mí: nadie aprende a escribir sin antes aprender a leer. Y nadie desarrolla plenamente el pensamiento si no alimenta su espíritu con la lectura.
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Nos ayuda a buscar información, resumir documentos, traducir idiomas y organizar ideas con una rapidez que hace apenas unos años parecía imposible. Todo eso es extraordinario. Pero hay algo que ninguna máquina puede hacer por nosotros: construir nuestra propia conciencia.
La inteligencia artificial puede ofrecernos respuestas. La lectura nos enseña a formular preguntas.
Pertenezco a una generación que aprendió cuando todavía no existían computadoras personales, internet ni teléfonos inteligentes. Si queríamos conocer algo, había que buscarlo en un libro. Si deseábamos comprender una idea, era necesario leerla varias veces, subrayarla, discutirla y dejarla reposar en la memoria.
Como muchos jóvenes de mi generación, empecé leyendo cuanto caía en mis manos. Los escritores rusos me enseñaron a mirar el alma humana. José Ingenieros me hizo comprender el valor del carácter y de la voluntad. Rubén Darío me acercó a la belleza del idioma. José Martí me enseñó que escribir también puede ser una forma de servir. Juan Bosch me mostró que la sencillez es una de las formas más altas de la inteligencia. Más tarde llegaron Unamuno, Azorín, Antonio Machado, García Lorca, Pablo Neruda, Juan Rulfo y tantos otros que fueron ampliando mi manera de comprender el mundo.
Ninguno de ellos me enseñó solamente a escribir. Todos, de una manera u otra, me enseñaron a pensar.
No comprendíamos todo lo que leíamos. Pero cada libro dejaba una semilla.
Con los años comprendí algo que entonces ignoraba: escribir no consiste simplemente en juntar palabras bonitas. Escribir obliga a ordenar las ideas, a distinguir lo importante de lo secundario. Cada página escrita nos obliga primero a conversar con nosotros mismos.
Por eso me preocupa cuando veo que algunos jóvenes quieren delegar en la inteligencia artificial el trabajo completo de leer, resumir, escribir e incluso opinar.
La tecnología puede redactar un texto correcto. Pero no puede vivir nuestras experiencias. No puede emocionarse con un recuerdo de infancia. No puede sentir la ausencia de una madre. No puede caminar al amanecer por los senderos de Bonao recordando a quienes ya partieron. Todo eso pertenece al territorio de la experiencia humana.
Por eso siempre he pensado que la lectura es mucho más que un pasatiempo. Es un ejercicio permanente del pensamiento. Cada página nos obliga a comparar, imaginar, recordar, discrepar y sacar conclusiones. Sin darnos cuenta, el cerebro aprende a pensar mientras los ojos recorren las líneas de un libro.
Recuerdo también mis primeras inseguridades al escribir. Muchas páginas quedaron guardadas en el baúl de los recuerdos porque me parecía que no estaban suficientemente bien. Más adelante llegaron las cartas intercambiadas con amigos de dentro y fuera del país, las exposiciones universitarias y, muchos años después, las redes sociales. Todo fue formando un largo aprendizaje.
Hoy utilizo la inteligencia artificial como una herramienta de trabajo. Me ayuda a organizar materiales, revisar textos y encontrar nuevas perspectivas. Pero jamás quisiera que pensara por mí.
Porque el verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial escriba demasiado bien. El verdadero riesgo es que nosotros dejemos de ejercitar la inteligencia natural que cada ser humano recibió como un don.
Leer sigue siendo un acto de libertad. Cada libro amplía nuestro mundo interior. Cada página nos hace un poco más conscientes de quiénes somos y de lo que podemos llegar a ser.
En tiempos de inteligencia artificial, leer ya no es solamente una buena costumbre. Es una forma de preservar aquello que nos hace profundamente humanos: la capacidad de pensar con nuestra propia mente.
Domingo Núñez Polanco
