La máquina puede escribir; pensar sigue siendo un oficio humano

Vivimos una época extraordinaria. Nunca antes una herramienta creada por el ser humano había sido capaz de responder preguntas, resumir libros, traducir idiomas, corregir textos, escribir páginas enteras e incluso sostener una conversación con tanta rapidez como la inteligencia artificial.

Estamos ante una revolución tecnológica que, por su alcance, puede compararse con la aparición de la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad o Internet. Como toda gran transformación, despierta entusiasmo, admiración y también interrogantes.

Domingo Núñez

No escribo estas líneas para condenar la inteligencia artificial ni para idealizarla. Sería un error caer en cualquiera de esos extremos. Mi propósito es otro: reflexionar sobre cómo aprovechar esta poderosa herramienta sin renunciar a aquello que nos hace profundamente humanos.

Recuerdo cuando comenzaron a popularizarse las calculadoras electrónicas. Fueron recibidas como una auténtica revolución. Resolver operaciones que antes requerían varios minutos pasó a hacerse en apenas unos segundos. Nadie podía negar aquel extraordinario avance.

Sin embargo, con el paso de los años ocurrió algo inesperado: muchas personas dejaron de ejercitar el cálculo mental. La herramienta facilitó el trabajo, pero también fue adormeciendo una capacidad que durante siglos había contribuido al desarrollo del pensamiento lógico.

Hoy asistimos a una revolución aún mayor. La inteligencia artificial representa para el pensamiento algo parecido a lo que la calculadora significó para las matemáticas. Puede buscar información, organizar ideas, resumir documentos, corregir el lenguaje y colaborar en la redacción de un texto con una rapidez que hace apenas unos años parecía impensable.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurrirá si dejamos que también piense por nosotros?

El problema no es la inteligencia artificial, del mismo modo que nunca lo fueron la calculadora, la imprenta o la computadora. El verdadero problema surge cuando una herramienta comienza a sustituir una facultad humana en lugar de ampliarla.

La calculadora puede debilitar el cálculo mental si dejamos de ejercitarlo.

El GPS puede debilitar nuestro sentido de orientación si olvidamos observar el camino.

Los correctores automáticos pueden empobrecer la ortografía si renunciamos a aprenderla.

De la misma manera, la inteligencia artificial puede debilitar nuestra capacidad de pensar y escribir si dejamos que piense y escriba por nosotros.

Pero también puede suceder exactamente lo contrario.

Una calculadora en manos de un buen matemático le permite resolver problemas más complejos. Una inteligencia artificial en manos de un investigador, un maestro o un escritor puede ayudarle a profundizar sus conocimientos, a ordenar mejor sus ideas y a dedicar más tiempo a aquello que ninguna máquina puede hacer plenamente: comprender la experiencia humana y convertirla en una reflexión con sentido.

Cada ser humano llega al mundo con tres grandes dones: la capacidad de pensar, la capacidad de crear y la capacidad de amar.

Pensar nos permite comprender la realidad y hacernos preguntas.

Crear nos impulsa a imaginar lo que todavía no existe y convertir los sueños en obras.

Amar da sentido a todo lo demás, porque es el sentimiento que nos mueve a compartir, servir y dejar una huella en la vida de los otros.

Ninguna de esas capacidades llega terminada. Son semillas que debemos cultivar durante toda la vida. Cuanto más las ejercitamos, más crecen; cuando dejamos de hacerlo, poco a poco se debilitan.

Por eso, el mayor desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en construir máquinas cada vez más inteligentes. El verdadero desafío es seguir formando seres humanos capaces de pensar con libertad, crear con imaginación y amar con profundidad.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar mejor, pero nunca debería reemplazar nuestro pensamiento. Puede estimular la creatividad, pero jamás apropiarse de ella. Puede facilitarnos el trabajo, pero no puede vivir nuestra vida, recordar nuestra infancia, emocionarse ante un amanecer o sentir el amor de una madre.

En definitiva, la inteligencia artificial no crea pensadores ni escritores. Solo amplifica las capacidades de quienes ya tienen algo propio que decir.

Continuará…

Publicado en el Nuevo Diario