Oda lírica a mis nietos del alma de Papi Mingo.

Cuando ustedes gritan «¡Papi Mingo!»
no solo me llaman…
me despiertan la vida,
me llenan de una alegría que ni el tiempo ni la distancia
pueden borrar.
Desde esta tierra cálida de palmas y café,
pienso en ustedes,
mis cuatro estrellitas del norte,
mis nietos del alma que viven lejos
pero moran cerquita del pecho.
Abelito,
mi primer gran asombro,
mi rayo de sol inquieto.
En tus pasos valientes
veo el futuro que soñé.
Tienes la risa de los que conquistan el mundo,
y cada vez que corres a abrazarme,
el mundo es perfecto.
Alía,
mi flor de ternura,
dulce melodía en el viento.
Tus ojos son espejos de cariño sincero,
y tu voz,
como campanas suaves,
me recuerda que la inocencia aún vive.
Amirah,
pequeña con alma de reina.
Tu mirada es firme,
tu presencia, fuerte.
Traes contigo una calma sabia,
una fuerza escondida
que me llena de respeto y orgullo.
Amer,
el más chiquito de mi tropel,
pero no por eso el menos intenso.
Eres chispa y travesura,
risa contagiosa y abrazo apretado.
A tu lado, el mundo se vuelve juego,
y yo, un niño otra vez.
Cuando los cuatro corren hacia mí,
cuando en coro sueltan el grito sagrado
de ¡Papi Mingo!,
yo renazco.
Y aunque viva en la tierra donde nací,
mi corazón está allá,
en cada paso que dan,
en cada beso que me lanzan desde el otro lado del mar.
Un día, quizás, lean esto ya adultos.
Y quiero que sepan que su abuelo
los amó más de lo que cabía en su pecho,
y que cada paseo,
cada cuento,
cada risa compartida,
fue un regalo que aún hoy sigue brillando.
Con amor eterno,
Papi Mingo
