Publicado, hoy 27/4/2026 en el Nuevo Diario: https://elnuevodiario.com.do/la-etica-de-la-conviccion-y-la-responsabilidad-en-la-praxis-del-democrata-y-del-marxista-bosch-y-gramsci/#google_vignette

Domingo Núñez Polanco

Hola, amigos lectores. Hoy quiero filosofar un poco. Tomando como referente a Antonio Gramsci y a Juan Bosch. Ambos eran coherentes entre el decir y el hacer.

Tesis central:

Tanto Gramsci como Bosch superan la oposición entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad mediante una práctica política coherente, en la que los principios no se abandonan, sino que se encarnan en contextos históricos concretos.

Punto de partida: ética de la convicción vs ética de la responsabilidad

El tema que nos convoca nos remite directamente a Max Weber, quien distinguía:
Ética de la convicción: actuar según principios, sin considerar del todo las consecuencias.
Ética de la responsabilidad: actuar considerando los efectos reales de las decisiones.

Desde que Max Weber formulara la distinción entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad, la filosofía política moderna ha oscilado entre dos exigencias difíciles de conciliar: la fidelidad a los principios y la consideración de las consecuencias.

El político que se rige exclusivamente por convicciones corre el riesgo del fanatismo; aquel que se guía solo por la responsabilidad puede deslizarse hacia el oportunismo.

Sin embargo, esta oposición, presentada a menudo como irreductible, encuentra en ciertas figuras históricas una superación práctica. Tal es el caso de Antonio Gramsci y Juan Bosch, quienes, desde tradiciones distintas —el marxismo revolucionario y la democracia latinoamericana y caribeña —, encarnan una forma de acción política donde convicción y responsabilidad no se excluyen, sino que se tensionan creadoramente.

La tesis que orienta este artículo es que ambos pensadores superan dicha oposición no mediante una síntesis teórica abstracta, sino a través de una praxis coherente, en la que los principios se encarnan en contextos históricos concretos sin perder su fuerza normativa.

Ahora bien, ¿quién fue Max Weber? Fue un sociólogo, economista, jurista, historiador y politólogo alemán, considerado uno de los fundadores del estudio moderno de la sociología y la administración pública, con un marcado sentido antipositivista.

Abordo los temas fundamentales de las ciencias sociales e históricas: los dilemas de la conducta vital y la vocación en el mundo contemporáneo, el seguimiento de los procesos de racionalización y su impacto, el desencanto, la «singularidad de Occidente» y las múltiples modernidades, el análisis de la estratificación del poder y sus modalidades, y la validez de una ciencia interpretativa de la realidad social.

La relevancia de Weber en el debate sobre la teoría social y cultural, tanto clásica como contemporánea, fue de mucha autoridad. Incluso hoy día es un referente a citar cuando de estos temas se trata.

Pues bien, en esta oportunidad nos planteamos cómo un demócrata (Bosch) y un marxista (Gramsci) logran (o intentan) articular ambas éticas sin caer en contradicción.

El drama de la política: entre la pureza y la eficacia

Desde Max Weber sabemos que esa fractura no es accidental, sino estructural. La ética de la convicción exige pureza; la ética de la responsabilidad exige cálculo. Entre ambas se juega, silenciosamente, el destino moral de los pueblos.

Pero hay vidas que no se limitan a pensar esa tensión, sino que la encarnan. Vidas que no resuelven el conflicto, sino que lo habitan con una coherencia que desarma tanto al escéptico como al dogmático. Tal es el caso de Antonio Gramsci y Juan Bosch. Dos hombres separados por geografía, historia y tradición, pero unidos por una misma exigencia: hacer de la política una forma de verdad vivida.

No se trata aquí de compararlos superficialmente, sino de leer en ellos una lección más honda: que la oposición entre convicción y responsabilidad solo se supera cuando la política deja de ser técnica y vuelve a ser ética encarnada.

Gramsci: la coherencia como forma de resistencia

Hay en la figura de Gramsci algo que desborda toda teoría. No es solo el pensador de los Cuadernos de la cárcel, ni el dirigente comunista, ni el analista de la hegemonía. Es, ante todo, una vida que se vuelve argumento. Lo que en última instancia se reconoce en él es la rara unidad entre palabra y acción, entre pensamiento y destino . Su ética no se formula: se practica.

Pero es en la cárcel donde esta ética alcanza su forma más desnuda. Allí, donde la política parece reducirse a la impotencia, Gramsci reafirma la dimensión moral de la acción. Su negativa a pedir gracia no es un gesto romántico ni una obstinación ciega: es la afirmación de que hay límites que no pueden cruzarse sin destruir el sentido mismo de la lucha.

En Gramsci , la ética de la convicción no ignora las consecuencias; las asume hasta el extremo. Y la responsabilidad no se traduce en adaptación, sino en fidelidad histórica. Por eso su vida no es solo trágica: es ejemplar.

En él, la ética no aparece como sistema ni como tratado. Su reflexión moral está dispersa, insinuada, vivida. Lo que lo convierte en figura universalmente ética. No es tanto una teoría ética formal, sino la coherencia radical entre su decir y su hacer .

Esta coherencia se manifiesta en varios niveles:

1. La política como ética de lo colectivo

Gramsci rompe con la idea de una moral privada separada de la acción política. Su noción de “intelectual colectivo” implica que el pensamiento mismo es una práctica social. La ética, en este sentido, no es introspectiva, sino histórica.

2. La renuncia al privilegio

El intelectual no debe situarse por encima del pueblo, sino integrarse en él. Esta renuncia constituye una decisión ética fundamental: abandonar la comodidad del saber para asumir el riesgo de la praxis.

3. La tensión asumida

A diferencia de quienes intentan resolver la oposición entre convicción y responsabilidad, Gramsci la asume como conflicto permanente. No hay solución fácil en una sociedad atravesada por antagonismos estructurales.

4. La prueba límite: la cárcel

Su negativa a solicitar clemencia al régimen fascista muestra una fidelidad a sus convicciones que no ignora las consecuencias, sino que las incorpora. No es irresponsabilidad: es una forma extrema de responsabilidad histórica.

En Gramsci, entonces, la ética de la convicción no se opone a la responsabilidad: se transforma en una responsabilidad hacia el proyecto colectivo, incluso a costa de la propia vida.

Hay una idea clave que podemos tomar como núcleo:
La coherencia entre el decir y el hacer es lo que convierte a Gramsci en un referente ético-político.

Bosch: ética democrática y responsabilidad histórica

En Juan Bosch, la relación entre ética y política adopta un registro distinto, menos trágico en apariencia, pero no menos exigente. Su pensamiento y su práctica se inscriben en el desafío de construir una democracia real en un contexto históricamente adverso.

1. La convicción democrática

Bosch no concibe la democracia como instrumento, sino como valor. En obras como Composición social dominicana, su análisis histórico está atravesado por la preocupación por las condiciones que hacen posible una ciudadanía efectiva.

2. La responsabilidad institucional

A diferencia del horizonte revolucionario de Gramsci, Bosch se mueve en el terreno de las instituciones. Gobernar implica tomar decisiones que afectan a millones, y por tanto exige una ética de la responsabilidad concreta.

3. La pedagogía política

Uno de los rasgos más distintivos de Bosch es su dimensión pedagógica. No solo actúa políticamente: forma conciencia. Aquí la ética se vuelve didáctica, orientada a elevar el nivel cívico de la sociedad.

4. Coherencia en el poder y fuera de él

Su breve paso por el gobierno dominicano mostró una fidelidad a principios democráticos que no se disolvió ante las presiones del poder. Su derrocamiento, lejos de desmentir su ética, la confirma.

En Bosch, la ética de la responsabilidad no diluye la convicción, sino que la traduce en formas institucionales concretas, mostrando que la política democrática también puede ser un espacio de coherencia.

A diferencia de Gramsci:

Bosch está más cerca de la ética de la responsabilidad institucional. Pero sin abandonar una fuerte ética de la convicción democrática.

Bosch no fue un teórico de gabinete ni un moralista abstracto. Fue, como él mismo entendía, un educador de la conciencia nacional. Su obra —y particularmente Composición social dominicana— no puede leerse solo como análisis histórico, sino como un esfuerzo por desentrañar las condiciones morales de la vida política dominicana.

En ese sentido, su convicción democrática es radical. No instrumentaliza la democracia: la piensa como tarea. Como escribió en más de una ocasión, los pueblos no heredan la democracia, la construyen. Y esa construcción exige algo más que instituciones: exige ciudadanos.

De ahí su insistencia en la formación política. Bosch comprendió que sin conciencia social no hay responsabilidad posible. Gobernar, en su visión, no es simplemente administrar, sino educar. La política, así, se convierte en una forma de pedagogía colectiva.

Pero donde esta ética se pone a prueba es en el ejercicio del poder. Su breve gobierno no fue una concesión a la realidad, sino un intento de someter la realidad a principios democráticos. Su caída no revela ingenuidad, sino la dificultad histórica de sostener una ética en contextos adversos.

En Bosch, la ética de la responsabilidad no es cálculo frío: es compromiso con las condiciones reales de posibilidad de la justicia. Y la convicción no es rigidez: es horizonte normativo que orienta la acción.

Dos destinos, una misma exigencia

Gramsci y Bosch no recorren el mismo camino, pero comparten una misma altura moral. En ambos, la política deja de ser mera técnica de poder para convertirse en un ejercicio de coherencia.

Uno actúa en el horizonte de la revolución; el otro, en el de la institucionalidad democrática.

Uno enfrenta el encierro; el otro, el derrocamiento. Uno escribe desde la clausura; el otro, desde la tribuna pública. Y, sin embargo, ambos coinciden en lo esencial: no hay política legítima sin una ética que la sostenga.

Podría decirse que en Gramsci la tensión entre convicción y responsabilidad se resuelve en la fidelidad hasta el sacrificio, mientras que en Bosch se traduce en una responsabilidad que no renuncia a sus principios. Pero en ambos casos se trata de una misma operación: negar la separación entre lo que se cree y lo que se hace.

La política como forma de la ética

Gramsci y Bosch nos enseñan, cada uno a su modo, que la política solo alcanza su dignidad cuando acepta esa tensión sin cinismo y sin ingenuidad. Cuando no sacrifica la verdad en nombre de la eficacia, ni la eficacia en nombre de la pureza.

En tiempos donde la política suele degradarse en cálculo o en espectáculo, volver a estas figuras no es un ejercicio de nostalgia, sino de orientación. Porque en ellos la ética no fue discurso, sino destino.

Y acaso sea esa la lección más difícil —y más necesaria—: que la coherencia, lejos de ser una virtud privada, es una forma de responsabilidad histórica.

Convergencias y divergencias: dos formas de habitar la tensión

Comparar a Gramsci y Bosch permite iluminar dos modos de resolver —o mejor, de habitar— la tensión entre convicción y responsabilidad.

Convergencias:
Ambos rechazan el cinismo político.
Ambos encarnan la coherencia entre pensamiento y acción.
Ambos conciben la política como espacio ético.

Divergencias:
Gramsci opera en una lógica de transformación radical; Bosch, en una lógica institucional.

En Gramsci, la tensión desemboca en la tragedia; en Bosch, en la frustración histórica
Gramsci privilegia lo colectivo como horizonte revolucionario; Bosch, como construcción democrática.

Estas diferencias no anulan la convergencia esencial: en ambos casos, la política se convierte en un lugar donde la ética deja de ser discurso para convertirse en forma de vida.

Notas

Max Weber, La política como vocación (Madrid: Alianza Editorial, 2007), 163.
Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. 1 (México: Era, 1981), 12.
Ibid., 27.
Antonio Gramsci, “Odio a los indiferentes”, en Antología (México: Siglo XXI, 1970), 15.
Juan Bosch, Composición social dominicana (Santo Domingo: Alfa & Omega, 1985), 45.
Ibid., 112.
Juan Bosch, Discursos políticos (Santo Domingo: Editora Corripio, varias ediciones), 78.

Por Domingo Núñez Polanco