La historia reciente de la República Dominicana ha estado marcada por promesas, desencantos y renovadas esperanzas. Desde hace varias décadas, el país ha vivido sucesivos intentos de transformación política que despertaron grandes expectativas en la ciudadanía. Algunas se cumplieron parcialmente; otras quedaron en el camino. Sin embargo, en medio de las decepciones, la esperanza nunca desapareció.

Domingo Núñez posa en medio de los óleos de Duarte y Luperón pintado por el pintor dominicano Miguel Núñez

Desde los tiempos en que el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) surgió como una propuesta ética y programática inspirada por el profesor Juan Bosch, hasta la llegada del Partido Revolucionario Moderno (PRM) al gobierno, los dominicanos han recorrido un camino lleno de luces y sombras. En ese trayecto, las aspiraciones del pueblo han chocado una y otra vez con las estructuras tradicionales del poder. Pero hay algo que ha permanecido intacto: la esperanza.

Los dominicanos no la han perdido. A pesar de los engaños, de las promesas incumplidas y del desencanto que suelen provocar muchas gestiones públicas, sigue vivo el anhelo de construir una sociedad más justa, más digna y más solidaria.

Durante décadas, los ciudadanos han visto cómo los discursos de cambio, en ocasiones, terminan formando parte de un mismo esquema de poder. El llamado «gatopardismo» —cambiar algo para que, en el fondo, nada cambie— ha estado presente en distintos momentos de nuestra vida política. Sin embargo, eso no significa que la voluntad colectiva se haya quebrantado. Todo lo contrario. La conciencia del pueblo dominicano ha evolucionado, y ese cambio constituye una revolución silenciosa que avanza, paso a paso, hacia una ciudadanía cada vez más crítica y participativa.

La sociedad espera convocatorias auténticas, liderazgos generosos, serios y responsables. El país necesita fortalecer una nueva ética pública y un proyecto de nación que no se construya desde la manipulación del poder, sino desde la inclusión, la transparencia y la búsqueda permanente del bien común.

El principal recurso de la República Dominicana es su gente: noble, creativa, generosa y trabajadora. Es un capital humano que resiste, crea y transforma. Así lo demuestran millones de dominicanos que, impulsados por la necesidad, han emigrado a Estados Unidos, España, Italia y muchos otros países, donde son reconocidos por su capacidad de trabajo y su espíritu de superación. Cada año, las remesas que envían a sus familias constituyen uno de los principales pilares de la economía nacional. Pero más allá de su valor económico, representan un inmenso testimonio de amor, responsabilidad y compromiso con los suyos.

Nuestro país posee, además, una extraordinaria riqueza natural. Sus tierras fértiles, sus aguas, su diversidad climática, sus montañas, costas y bosques ofrecen oportunidades para impulsar un verdadero modelo de desarrollo humano y ambiental. Administrados con visión, racionalidad y justicia, esos recursos pueden convertirse en una fuente permanente de bienestar para las presentes y futuras generaciones.

Lo que nunca podemos perder es la esperanza. Esa fuerza interior que nos impulsa a seguir adelante incluso cuando el horizonte parece oscurecerse.

Como recordaba el profesor Juan Bosch: «Mientras más oscura es la noche, significa que pronto va a amanecer.»

Como dominicano comprometido, continúo caminando por los campos, pueblos y ciudades de nuestra patria, conversando con la gente sencilla, honesta y trabajadora. En cada encuentro confirmo que la mayor riqueza de la República Dominicana no está únicamente en sus recursos naturales, sino en la calidad humana de su pueblo.

Hoy, más que nunca, necesitamos fortalecer nuestra conciencia cívica. La experiencia del PLD, con sus luces y sus sombras, dejó importantes enseñanzas para la vida democrática. La llegada del PRM despertó nuevas expectativas y ha enfrentado el desafío de responder a las esperanzas depositadas por la ciudadanía.

Pero el futuro del país no dependerá únicamente del relevo de un partido por otro. Dependerá, sobre todo, del crecimiento de una ciudadanía activa, crítica, responsable y solidaria, capaz de exigir instituciones más fuertes y de participar en la construcción del país que todos anhelamos.

No se ha perdido la esperanza. Mientras exista un dominicano dispuesto a trabajar con honradez, a servir con humildad y a creer en el porvenir de la nación, la República Dominicana seguirá teniendo razones para mirar el mañana con optimismo.

¡Viva la República Dominicana!

¡Vivan los hombres y mujeres de buena voluntad que, desde el trabajo honrado y el compromiso ciudadano, siguen creyendo en el porvenir de la patria!

Por Domingo Núñez Polanco

Publicado en el nuevo diario