Cuando el miedo cabalgaba por los caminos.

En los tiempos de Trujillo, cuando por los caminos reales de los campos dominicanos aparecía una patrulla de guardias a caballo, el mundo parecía detenerse. El que estaba sentado en una enramada se levantaba de golpe; el que venía por el camino se escondía entre los matorrales; y hasta los perros parecían sentir el miedo.

Las generaciones de hoy difícilmente pueden imaginar lo que significaba escuchar, a lo lejos, el trote de unos caballos en los caminos rurales dominicanos durante la era de Rafael Leónidas Trujillo. Para muchos campesinos aquello no era un sonido cualquiera: era una señal de alarma.

En los campos dominicanos de entonces, donde vivía la mayor parte de la población, la autoridad llegaba montada a caballo. Los guardias recorrían caminos, parajes y lomas preguntando por documentos, investigando movimientos extraños y vigilando la vida cotidiana de la gente humilde. El miedo era tan común que muchas personas, aun sin deber nada, se escondían apenas veían aparecer una patrulla.

Había historias que corrían de boca en boca junto al fogón de leña o debajo de las enramadas. Se contaba, por ejemplo, que algunos campesinos escondían los gallos de pelea entre sacos de yautía o debajo de las camas cuando corría el rumor de que la guardia venía haciendo rondas. Otros mandaban a los muchachos a vigilar los caminos desde las lomas para avisar con tiempo si aparecía una patrulla.

Aquellos guardias recorrían los campos con autoridad dura y mirada desconfiada. Preguntaban por “los tres golpes”: la cédula, la palmita —el carnet del Partido Dominicano de Trujillo— y el certificado del servicio militar obligatorio. El que no tuviera uno de esos papeles podía terminar preso sin mucha explicación.

También perseguían a los llamados “vagos”, a los jugadores de gallos en días laborables y a cualquiera que les pareciera sospechoso. Eran tiempos en que la pobreza y el miedo caminaban a menudo de la mano. La mayor parte del pueblo dominicano vivía en zonas rurales, sembrando la tierra, criando animales y sobreviviendo como podía entre conucos, cafetales y caminos polvorientos.

No siempre había golpes ni apresamientos, pero bastaba la fama de una autoridad dura y arbitraria para sembrar el temor.

En medio de aquel ambiente crecieron generaciones enteras de hombres y mujeres del campo dominicano. Y aunque el tiempo ha pasado, todavía sobreviven recuerdos que parecen escenas detenidas en la memoria.

Una de esas escenas ocurrió en Los Platanitos, Sabana del Puerto, Bonao, cuando, siendo apenas un muchacho, el miedo a una patrulla de guardias a caballo me hizo regresar corriendo sin cumplir el encargo de mi abuelo.

Yo era apenas un muchacho cuando viví ese episodio que todavía recuerdo como si hubiera ocurrido ayer.

Estaba de temporada en casa de mis abuelos maternos, en Los Platanitos, Sabana del Puerto, en Bonao. Aquella casa de campo tenía olor a leña, café recién colado y tierra mojada. Allí todo parecía tranquilo bajo la sombra de los árboles y el canto lejano de los gallos.

Una mañana, mi abuelo nos mandó a mi tío Isidro y a mí a llevar un encargo a una propiedad que tenía en Palero, Fula. Salimos caminando por aquellos senderos estrechos de lomas y piedras, hablando de cualquier cosa de muchachos, mientras el sol comenzaba a subir lentamente.

Pero de pronto, en una vuelta del camino, escuchamos algo que nos heló la sangre: el golpe seco de las herraduras de caballos sobre la tierra. Era una patrulla de la guardia.

Apenas vimos aquellos uniformes y las armas colgando de los hombros, sentimos un terror tan grande que dimos media vuelta sin mirar atrás. Corrimos como si el mismo diablo viniera detrás de nosotros.

Cuando llegamos a la casa, casi no podíamos hablar. El susto nos había dejado mudos. Respirábamos agitados y apenas podíamos explicar lo sucedido. Mi abuelo escuchó todo en silencio, mirándonos serio, quizás tratando de entender si aquello había sido miedo verdadero o simple muchachería.

Cuando finalmente se aclaró el asunto y se supo que la guardia ni siquiera nos había llamado, vino entonces el castigo. Y para nosotros aquello parecía peor que la misma patrulla.

El abuelo nos mandó a buscar una becerra perdida que, según decían algunos moradores, habían visto por la vuelta del paraje de Hoya Redonda. Aquello quedaba lejos, entre lomas empinadas, caminos malos y monte cerrado.

Salimos resignados bajo el sol caliente, cruzando barrancos, plantas de pachuli, bejucos y piedras. El miedo a la guardia se había transformado ahora en cansancio y sudor. Pero con el paso de las horas fuimos olvidando el susto y terminamos riéndonos de nuestra propia carrera desesperada.

Con los años comprendí que aquel episodio no era solamente una travesura de muchachos asustados. Era el reflejo de una época dura en la que el miedo formaba parte de la vida cotidiana en muchos campos dominicanos.

Durante la dictadura de Trujillo, el control del Estado llegaba hasta los rincones más apartados del país. La presencia militar en las zonas rurales servía para vigilar, imponer obediencia y mantener sometida a la población. Muchos campesinos crecieron aprendiendo a callar, a no preguntar demasiado y a bajar la voz cuando se hablaba del gobierno.

Hoy, cuando recuerdo aquella carrera por los caminos de Los Platanitos, todavía puedo escuchar en mi memoria el eco de las herraduras sobre la tierra. Y aunque el tiempo ha pasado y la República Dominicana es otra, hay recuerdos que permanecen vivos como una fotografía guardada en el corazón de los pueblos.

Anecdotario de la época

Decían los viejos campesinos que en algunos campos había hombres que dormían vestidos, con la cédula y la palmita guardadas en el bolsillo del pantalón, por si la guardia llegaba de madrugada preguntando por los documentos (los tres golpes).

Otros contaban que cuando un jinete aparecía levantando polvo por el camino, más de uno saltaba cercas y se escondía entre los platanales aunque no hubiera cometido falta alguna. El miedo, muchas veces, era más grande que la propia culpa.

Aquellos eran tiempos en que la autoridad se sentía lejana para proteger, pero muy cercana para vigilar.

Porque la historia grande de una nación también se construye con los pequeños miedos, las anécdotas humildes y las memorias sencillas de su gente.

Domingo Núñez Polanco.

Publicado en el periódico dominicano el Nuevo Diario: