Hay quienes cuidan las finanzas, quienes cuidan la seguridad, quienes custodian las fronteras o administran los recursos naturales. Pero, ¿quién cuida el alma del país?

Un país no se sostiene solo por su economía, ni por la fuerza de su ejército, ni siquiera por su infraestructura. Se sostiene —o se derrumba— por la fortaleza o el deterioro de su alma. Y el alma de una nación está compuesta por aquello que no siempre se ve: la ética colectiva, la memoria compartida, la capacidad de soñar juntos, el respeto a la dignidad humana, el compromiso con lo que nos hace mejores como comunidad.

Domingo Núñez posa en medio de dos oleos: Duarte y Luperón, pintado por el pintor dominicano Miguel Núñez

Vivimos tiempos en que el pragmatismo arrasa todo. Se valora lo útil, lo inmediato, lo que da rentabilidad o notoriedad. Se enseña a competir, pero no siempre a convivir. Se enseña a consumir, pero no a conservar. Se enseña a hablar, pero no a escuchar.

Uno de los desafíos que hoy enfrenta el alma de la República Dominicana es el relacionado con su identidad histórica y cultural, frente a un proceso migratorio que, por su magnitud y descontrol, ha comenzado a impactar profundamente nuestra composición social. Nos referimos, sin evasivas, a la inmigración masiva proveniente de Haití. No se trata aquí de negar derechos humanos ni de caer en odios, sino de advertir sobre una realidad que amenaza la continuidad de una nación con historia, con símbolos, con lengua, con religiosidad, con costumbres que merecen ser preservadas.

La falta de políticas claras, firmes y soberanas frente a esta situación también es una forma de abandono del alma nacional. La clase dirigente ha preferido, en muchos casos, el silencio o la conveniencia, dejando sin defensa la conciencia del país. No se puede cuidar el alma del país si no se cuida su historia, su lengua, sus tradiciones, su integridad territorial, su modelo de convivencia.

Cuidar el alma del país implica proteger sus raíces, sin negar los derechos del otro. Implica poner límites sin perder la compasión, pero también actuar con responsabilidad, para que no se diluyan los valores que nos definen como pueblo.

Hay una crisis silenciosa que avanza: la pérdida de referentes morales, la indiferencia, el olvido de la historia, la normalización de lo incorrecto. Es una crisis del alma. Y nadie parece asumir el deber de custodiarla.

Cuidar el alma del país no es tarea exclusiva del Estado. Es un compromiso ciudadano. Es tarea del maestro que enseña con integridad, del artista que eleva la conciencia, del periodista que busca la verdad, del creyente que practica la misericordia, del joven que rechaza la corrupción aunque le convenga.

Un país sin alma puede tener recursos, pero no rumbo. Puede tener riquezas, pero no nobleza. Puede avanzar, pero sin saber hacia dónde ni por qué.

Es tiempo de volver la mirada a lo esencial. Porque el futuro que construyamos dependerá, en gran parte, de si fuimos capaces o no de cuidar el alma de la nación.

Por Domingo Núñez Polanco