“La política no es un mercado de promesas, sino un lugar de principios.”

Una trayectoria política atravesada por el idealismo y la ética. Desde los sueños de juventud hasta el desencanto crítico.
A lo largo de mi vida, he sido testigo de muchas formas de entender la política. La he visto vestida de poder, disfrazada de oportunismo, envuelta en promesas huecas. Pero también la he visto como un llamado profundo al servicio, como una forma digna de encarnar el compromiso con el otro, con la comunidad, con el país.
Desde muy temprana edad me interesé por la política, influenciado por mi hermano Diomedes, que desde su tierna juventud dejaba entrever inclinaciones por las letras y por los asuntos públicos. En casa se hablaba de ideas, de justicia, de patria. Y así fui comprendiendo que la política no era cosa ajena, sino parte de la vida misma.
Después de la guerra de abril de 1965, la juventud vivía tiempos de utopía esperanzadora. Se soñaba con un porvenir de oportunidades y se asumía con seriedad el compromiso de lucha por esa esperanza. Eran años difíciles. La Guerra Fría marcaba el destino de los pueblos, con dos bloques hegemónicos que dividían también a los comprometidos con el cambio. Las persecuciones políticas se hicieron parte del paisaje de quienes levantaban la bandera del progreso.
Fue en ese contexto de efervescencia que escuchamos, con atención y convicción, el anuncio de Juan Bosch sobre la fundación del Partido de la Liberación Dominicana. Pocas horas después de aquel anuncio histórico, ya Diomedes y yo estábamos decididos. Vivíamos en la capital, en la pensión de Doña Nicó. Para entonces, estudiábamos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Él cursaba Letras; yo, Economía. Y junto a otros compañeros de estudios, amigos del pueblo, de Bonao y jóvenes inquietos por el país, nos integramos de inmediato al naciente partido.
Lo hicimos con ilusión, con disciplina y con fe en que otra política era posible. Vivimos la etapa formativa del PLD, sus círculos de estudio, sus jornadas de discusión ideológica, sus primeras campañas. Fuimos parte de una generación que soñó con transformar la República Dominicana desde la base, con ética, con ideas, con ejemplo.
Cuando el PLD llegó al poder por primera vez, el país comenzó a avanzar. Se sintieron los vientos de modernización en la administración pública, el crecimiento económico y una apuesta por el conocimiento. Sin embargo, con el tiempo también llegaron los errores, especialmente durante los gobiernos de Danilo Medina. Se desdibujaron principios, se bajó la guardia ética. Aquello nos llevó a tomar distancia de la política partidaria activa, aunque nunca dejamos de apostar por un porvenir mejor para la nación.
Hoy sigo con mis simpatías políticas, inclinadas hacia Leonel Fernández, a quien vi crecer y asumir con solvencia el legado de Bosch. Y tengo una mirada esperanzada sobre su hijo Omar, a quien percibo como una reserva valiosa, una “mina de oro”, como dijera una vez el propio Juan Bosch sobre Leonel.
Sigo creyendo, a pesar de todo, que la política puede ser decente. Que aún hay hombres y mujeres que la entienden como un apostolado. Que vale la pena levantar la voz, aunque sea para recordar que todavía hay principios que no caducan.
Y escribo esto también para que mis nietos, al leerme un día, sepan que la política no es solo campaña y promesas, sino pasión por lo justo, y que el civismo no es un adorno, sino la raíz de toda democracia verdadera.
Por Domingo Núñez Polanco
