Domingo Núñez Polanco

“Los pueblos que olvidan su historia están condenados a perder su conciencia.”
— Eugenio María de Hostos

“Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetir sus errores.”
— Juan Bosch

“La historia es la raíz de los pueblos; quien la desconoce, se pierde.”
— José Martí

Domingo Núñez, editor domingolarevista

La historia no debe enseñarse como un cementerio de fechas, sino como la gran novela humana de los pueblos.

Vivimos en una época extraña.

La humanidad nunca había tenido tanta información al alcance de la mano y, sin embargo, cada vez conoce menos su propia historia.

Hoy abundan los videos rápidos, las noticias fugaces y las opiniones instantáneas. Todo parece durar apenas unos segundos. Y en medio de esa velocidad, mucha gente ha ido perdiendo el interés por mirar hacia atrás, como si el pasado fuera un estorbo viejo y no una brújula necesaria.

Sin embargo, ningún pueblo puede entender el presente si desconoce de dónde viene.

La historia no es un cementerio de fechas. No es un montón de nombres aprendidos de memoria para pasar exámenes escolares. La historia es la gran novela humana de los pueblos: una trama inmensa de luchas, sueños, ambiciones, tragedias, traiciones y esperanzas.

Porque un pueblo sin memoria termina fácilmente confundido.

Ya advertía Juan Bosch que “la historia no es solamente pasado; es también explicación del presente”, una reflexión que hoy adquiere enorme vigencia en una sociedad donde muchas veces se opina más de lo que se estudia.

Quizás el problema no sea la historia en sí, sino la manera en que muchas veces nos la contaron.
Porque cuando la historia pierde el alma, se vuelve aburrida. Pero cuando se narra con humanidad, pasión y sentido crítico, entonces cobra vida. Uno descubre que detrás de cada acontecimiento hubo hombres y mujeres de carne y hueso enfrentando dilemas parecidos a los de hoy.

El siglo XIX, por ejemplo, transformó el mundo de una manera impresionante. La Revolución Francesa removió las viejas estructuras políticas de Europa. La Revolución Industrial cambió para siempre la economía y la vida cotidiana. El ferrocarril, la máquina de vapor y la navegación moderna acercaron continentes. Mientras tanto, América Latina luchaba por independizarse y las grandes potencias se repartían territorios en África y Asia.

Todo aquello produjo una verdadera explosión intelectual.

Los grandes escritores comenzaron a mirar la sociedad con otros ojos. La novela dejó de ser únicamente entretenimiento y pasó también a retratar los conflictos humanos de su tiempo.

Victor Hugo mostró las heridas sociales de Francia en Los Miserables.

Honoré de Balzac retrató el nacimiento del poder financiero y la ambición de la burguesía.

Charles Dickens expuso la pobreza brutal que sufrían miles de niños en la Inglaterra industrial.

Y Émile Zola comprendió muy temprano cómo el consumo comenzaba a dominar la conducta humana.

Todos ellos entendieron algo fundamental: la sociedad también puede leerse como una novela gigantesca.

En ese contexto apareció Karl Marx, una de las figuras más influyentes y polémicas de la historia moderna. Más allá de las interpretaciones posteriores de sus ideas, Marx intentó comprender las fuerzas profundas que mueven las sociedades humanas. Dedicó su vida a estudiar el poder, la economía, las desigualdades y las contradicciones del capitalismo naciente.

Pero quizás uno de los aspectos menos comentados de Marx fue su enorme dimensión cultural y humana. Leía literatura apasionadamente, admiraba a Shakespeare y encontraba en las novelas de Balzac explicaciones más vivas sobre la sociedad que en muchos tratados económicos.

Eso revela una gran verdad: la historia no puede entenderse únicamente con números y estadísticas. También hay que entender las pasiones humanas, el miedo, la ambición, la pobreza, la esperanza y hasta los sueños colectivos.
Y ahí precisamente está el gran desafío de nuestro tiempo.

En países como la República Dominicana, muchas veces la enseñanza histórica ha quedado atrapada entre manuales secos, discursos políticos o simples memorias fragmentadas. A veces conocemos nombres, pero no procesos. Recordamos fechas, pero no comprendemos sus consecuencias.

Por eso resulta tan importante rescatar la historia como relato humano.

No para vivir anclados en el pasado, sino para entender mejor el presente.

Porque un pueblo sin memoria termina fácilmente confundido.

Y una sociedad que pierde la capacidad de interpretar su historia corre el riesgo de repetir sus errores.

Hoy más que nunca necesitamos volver a contar la historia con emoción, profundidad y cercanía. Contarla desde la vida cotidiana de la gente. Desde las luchas reales de los pueblos.

Desde las contradicciones humanas.

En otras palabras: rescatar la gran novela de la historia.

Referencias y lecturas consultadas
El Capital, de Karl Marx.
Los Miserables, de Víctor Hugo.
La Comedia Humana, de Honoré de Balzac.
Obras completas de Juan Bosch.
Ensayos pedagógicos de Eugenio María de Hostos.
Artículos y discursos de José Martí.

Por Domingo Núñez Polanco
Economista y editor de DomingoLaRevista.com