Memoria personal de la Revolución de Abril y reflexión para el presente

Domingo Núñez Polanco

En la historia de un país, hay momentos que marcan generaciones enteras, especialmente cuando la guerra se filtra en la vida de los más jóvenes. Este testimonio personal revive una noche confusa y reveladora vivida durante la Revolución de Abril de 1965, cuando fuerzas extranjeras ocuparon el territorio dominicano.

Desde la mirada de un niño interno en un colegio, se entremezan los hilos de la memoria, la violencia y el desconcierto, pero también la solidaridad humana.

Aquel suceso dejó una huella indeleble, no solo en el rostro del narrador, sino en su conciencia de nación.

Algunas guerras concluyen en los partes militares, pero continúan viviendo en la memoria de quienes las padecieron. Sus consecuencias no solo se miden en muertos, ruinas o tratados, sino también en silencios familiares, heridas invisibles, miedos heredados y preguntas que atraviesan generaciones.

República Dominicana conoció una de esas experiencias en abril de 1965, cuando una crisis política interna derivó en guerra civil y en una intervención militar extranjera. Para muchos fue un hecho histórico; para otros, una vivencia directa que marcó la infancia, la juventud o la vida entera.
Pero
Yo pertenezco a estos últimos

A lo largo de nuestras vidas, hay hechos que nos marcan más allá del instante en que suceden. A veces, no son los grandes discursos ni los titulares de prensa los que mejor retratan un acontecimiento, sino las pequeñas vivencias que lo atraviesan desde lo humano, lo íntimo, lo cotidiano.

En este relato recojo uno de esos episodios personales que no solo me conmovió, sino que me reveló verdades mayores sobre el país, sobre la condición humana y sobre mí mismo. No es un recuerdo cualquiera: es un momento en que la historia se hizo carne, en que lo político se volvió personal y lo personal, profundamente político.

Aquí se entrelazan el dolor y la sorpresa, la infancia y la resistencia, la familia y la patria. Porque hay historias que solo se entienden cuando se viven. Y hay memorias que solo cobran valor cuando se comparten.

Ahí le va la historia:

Una noche de junio de 1965

Transcurría el mes de junio de 1965. Aquella noche, de pronto, comencé a oír voces de mando, gritos de auxilio, el ir y venir de vehículos livianos y pesados. Eso es lo que supongo. Lo cierto es que, de manera repentina, me di cuenta de que no estaba en mi cama habitual del colegio salesiano Hogar Escuela Santo Domingo, donde era interno.

Desperté en un lugar extraño, confuso, todavía adormecido. Pronto me percaté de que estaba en una camilla de hospital, no uno cualquiera, sino un hospital de campaña militar estadounidense instalado en las cercanías del plantel.

Escuché voces en un idioma que no era el español. Por un instante pensé que soñaba. Pero no era así. Me informaron que hacía poco había salido del quirófano. Yo era apenas un niño. No entendía la magnitud de lo que sucedía, pero intuía que algo muy grave estaba ocurriendo en el país.
Me pregunté: ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba en ese hospital militar?

La tarde anterior, mientras jugábamos fútbol con otros internos del colegio, comenzaron a escucharse ráfagas de armas de alto calibre. El sonido del combate sembró el pánico. Corrimos sin dirección precisa. En medio del caos, colisioné con una persona que llevaba una pala de corte sobre los hombros. El hierro impactó de lleno el lado derecho de mi rostro.

Perdí el conocimiento de inmediato.
Desperté horas después, herido, vendado y bajo atención médica. Aún hoy recuerdo el desconcierto de aquella madrugada. Sin entender del todo la política ni la guerra, comprendí que la violencia siempre encuentra a los inocentes.

El país en llamas
En aquellos días, la República Dominicana vivía la Revolución de Abril de 1965, movimiento cívico-militar que buscaba restituir al presidente constitucional Juan Bosch, derrocado en 1963. La confrontación interna escaló rápidamente y el 28 de abril los Estados Unidos iniciaron la llamada Operación Power Pack, enviando tropas al territorio dominicano.

Miles de soldados extranjeros ocuparon zonas estratégicas del país. La capital fue escenario de combates, barricadas, temor e incertidumbre. Familias enteras quedaron atrapadas entre bandos enfrentados, mientras la nación veía interrumpido su curso democrático.

Para muchos dominicanos, aquella intervención dejó una marca histórica que aún genera debate: soberanía, democracia, Guerra Fría, poder externo y destino nacional.

Lo que deja una guerra

Las guerras no terminan cuando se firma la paz. Dejan secuelas prolongadas:niños que crecieron con miedo;
familias divididas por ideologías;
instituciones debilitadas;
heridas físicas y emocionales;
desconfianza en la política;
atraso económico y social;
memoria fragmentada.

Pero también dejan lecciones. Enseñan el valor de la convivencia, de la prudencia y del diálogo. Nos recuerdan que la democracia no puede darse por sentada y que cuando se rompe el orden constitucional, toda la sociedad paga un precio.

Humanidad en medio del conflicto

Debo decir algo que nunca he olvidado: los médicos que me atendieron me trataron con humanidad. Fueron atentos y solidarios. En medio de la crudeza del momento, me brindaron alivio.

Eso también enseña la historia: incluso en tiempos oscuros, la compasión humana puede abrirse paso.

Hoy, décadas después, la principal consecuencia de aquella guerra no está en los escombros —que desaparecieron— sino en la obligación moral de aprender de ella.

Cuando una sociedad banaliza la intolerancia, desprecia las instituciones o juega con el odio político, vuelve a caminar hacia precipicios conocidos.

La paz no es ausencia de ruido. La paz es justicia, respeto y memoria.

Y los pueblos que recuerdan con honestidad sus dolores, tienen más posibilidades de no repetirlos.

Yo era apenas un niño interno en el colegio, compartiendo esos días difíciles con mi hermano Diomedes.

Aquella noche de junio me hirieron el rostro. Pero el país entero llevaba heridas más profundas. Algunas cerraron. Otras todavía esperan cicatrizar

Domingo Núñez Polanco