Memoria de Sabana del Puerto, 1961

Por Domingo Núñez Polanco

Hay tardes que no se van nunca.

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen en la memoria como árboles firmes, capaces de dar sombra aun en los días más lejanos.


Era a inicios de 1961.

En los campos dominicanos de ayer, la escuela no siempre comenzaba con un cuaderno, sino con un mandato. En tiempos donde el Estado llegaba hasta los rincones más apartados —a veces incluso a caballo—, aprender a leer y escribir era también aprender a obedecer.

Este testimonio, situado a inicios de 1961, en Sabana del Puerto, nos devuelve a una escena donde la educación, la familia y la historia se cruzan en una misma enramada.

Corrían los primeros meses de 1961. Yo me encontraba en Sabana del Puerto, en el paraje de Los Platanitos, pasando una temporada en casa de mis abuelos. Muy cerca corría el río Caño Ancho, y alrededor se alzaban las lomas que guardaban nombres y silencios: Hoya Redonda, Los Mata Puercos, La Manacla…

Aquella tarde, la enramada era el corazón de la casa. Un amplio quiosco de madera donde la vida transcurría sin prisa, al compás del campo.

Mamá Niña, mi abuela, presidía aquel pequeño mundo con la autoridad serena de las mujeres que sostienen la vida sin hacer ruido. A su alrededor, cada quien cumplía su labor:
La tía Facunda hacía vibrar su máquina de coser;
Las tías Blanca y Nieve marcaban el ritmo del pilón, donde el café y el arroz cedían ante el golpe firme de la costumbre;
La tía Chicha rallaba yuca, preparando aquellos panesicos que sabían a hogar;
Y la tía Idalia, con paciencia campesina, armaba una jaula para atrapar tórtolas, abundantes entonces en los patios.
Yo jugaba con mi tío Isidro en el alero de la enramada, empujando carritos hechos con ruedas de javillas. En ese mundo pequeño cabía toda la felicidad.

Hasta que el camino habló. Dos hombres venían a caballo por el camino real. Su figura, aún lejana, ya imponía una presencia distinta. Al llegar, se detuvieron frente a la enramada. Saludaron, pero su voz traía un tono seco, como si el saludo fuera apenas un trámite.

—¿Aquí es la casa de Heriberto Polanco Batista?

—Sí, aquí es —respondió Mamá Niña.

Pidieron hablar con él. La abuela, fiel a la hospitalidad del campo, los invitó a desmontarse y a tomar café. No aceptaron. Permanecieron sobre sus caballos, como si la urgencia o la autoridad no les permitiera compartir el gesto sencillo de la cortesía.

Cuando llegó Papá Berto, el ambiente ya había cambiado.

—¿Para qué le soy bueno? —preguntó con respeto firme.

Uno era soldado. El otro, inspector de educación.

Eran los últimos tiempos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Un tiempo donde el Estado no solo gobernaba, sino que se hacía presente en cada casa, en cada familia, en cada decisión.

Traían un informe: En esa vivienda había niños mayores de siete años que no asistían a la escuela.
Mamá Niña explicó que uno de ellos —yo— no residía allí permanentemente, que estaba de paso, que pronto regresaría a la casa de mis padres, en Las Cuevas de Cevicos, Cotuí.
Pero la ley no entendía de circunstancias.
—Debe asistir desde mañana —sentenciaron—. Y cuando regrese, se hará la transferencia.
Así, con la firmeza de quien no discute, sino que ordena.

Al día siguiente, bien peinadito y vestido con el mayor esmero posible, estaba yo en fila, cantando el himno nacional bajo el sol de la mañana. La escuela de Los Platanitos me recibía sin ceremonias, pero con la solemnidad de lo que, sin saberlo, marcaría mi vida.

Allí conocí al profesor Manuel Navarro y a su esposa, la profesora Carmela. Dos maestros de trato afable, de palabra dulce, de vocación verdadera. En medio de un sistema rígido, ellos eran cercanos. En un tiempo de imposición, ellos eran humanidad.

Con los años comprendí que su enseñanza llevaba el espíritu de Eugenio María de Hostos: formar seres humanos antes que repetir contenidos.

Aquellas escuelas de campo, muchas veces pobres en recursos, eran ricas en presencia. El maestro no era una figura distante: era guía, ejemplo, casi familia. Allí se aprendía a leer, pero también a convivir, a respetar, a mirar al otro.

Mi paso por aquella escuela fue breve. Regresé a Las Cuevas de Cevico, como estaba previsto. Pero algo de mí se quedó en Los Platanitos: una primera comprensión de lo que significa aprender.

Meses después, el país entero recibió una noticia que lo cambiaría todo: la muerte de Rafael Leónidas Trujillo. Con ella, comenzaba otra historia.

Hoy, cuando hablamos de educación, solemos pensar en tecnología, en métodos modernos, en reformas curriculares. Y todo eso es importante. Pero conviene preguntarnos, con honestidad serena:
¿Hemos avanzado en conocimiento al mismo ritmo en que hemos cuidado la esencia humana de la enseñanza?.

Porque en aquella tarde cualquiera, en una enramada de Los Platanitos, la escuela no llegó solo como una obligación del Estado. Llegó como el primer encuentro —quizá silencioso— entre la autoridad, la comunidad y el alma de un niño.

Y esa lección, más que aprendida, fue vivida.
Y lo vivido… no se olvida.