Domingo Núñez Polanco

Domingo Núñez, administrador DomingoLaRevista.com

A mediados de 1974, la Universidad Autónoma de Santo Domingo enfrentaba con dureza la represión del gobierno de Balaguer. No recuerdo bien el mes, si julio o agosto. Se había convocado una marcha estudiantil hacia el Palacio de Justicia, en Ciudad Nueva, en solidaridad con compañeros dirigentes que serían juzgados ese día. Era miércoles.

La marcha partió desde el recinto universitario. Participaron miles de estudiantes. Había carteles exigiendo la libertad de los presos políticos y el retorno de los exiliados.

A la altura de la avenida Independencia con Máximo Gómez, un enorme contingente militar se apostaba con firmeza para impedir que la marcha llegara a su destino: el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva (Santo Domingo)

Dirigentes estudiantiles y autoridades del orden comenzaron a discutir. Pero pronto se perdió el control: golpes, disparos, culatazos. El caos fue inmediato. Yo estaba con mi compañero Narciso Hernández, de Licey al Medio. Corrimos por una calle lateral y nos internamos en el sector Gazcue.

Saltamos la verja de una residencia. Elpidio, el jardinero, nos vio desde el patio y sin preguntar nos hizo señas para entrar. Dentro estaban dos sirvientas. Nos esconden. Afuera, la Policía exigía nuestra entrega.
La casa era propiedad del hermano de un coronel del ejército. La señora fue avisada en su consultorio. Llamó a su esposo, quien a su vez llamó al coronel. Llegaron ambos. El coronel nos dijo:
— Deben entregarse. No quiero perjudicar a mi hermano. Les garantizo que no serán maltratados.

No teníamos opción. Afuera, el teniente Aponte nos esperaba con una camioneta militar. Nos pidió «colaboración». Apenas doblamos la esquina, empezaron los golpes, las esposas, los empujones.
Nos llevaron al Palacio de la Policía. Nos pusieron en fila, bajo el sol. Casi tres horas sin movernos. Si alguno bajaba la cabeza, garrotazo al instante.

Finalmente, nos trasladaron a la Preventiva del Ensanche La Fe. Llegamos cerca de las cinco de la tarde. Nos recibieron con el protocolo de rigor: entrega de cédula, ficha, causa de la detención: «alteración del orden público».
Dormimos amontonados. Yo quedé junto al baño. Un hedor insoportable. Mucho calor. Poca ventilación. Una nube de mosquitos. Usé mis zapatos de almohada. La camiseta, para cubrirme la cabeza. Cada vez que alguien pasaba al baño, me pisaba.

A eso de las tres de la mañana, nos sacaron al comedor. Nos tomaron fotos. Nos ficharon como «revoltosos comunistas». Volvimos a ese pasillo maldito, donde no había sueño, solo espera.

El amanecer trajo algo distinto. El funcionario nos llamó por nombre.
— Ustedes pueden retirarse.
Nos liberaban.
Nadie dijo palabra. Solo miradas, alguna lágrima. Caminamos hacia la salida, sintiendo el peso del aire libre en cada respiración.

Reflexión final y dedicatoria poética

Lo vivido aquella noche no se borra. La humedad del pasillo, el zumbido persistente de los mosquitos, el sabor agrio del miedo. Pero tampoco se borra la dignidad, ni la solidaridad que brotó incluso en los rincones más sombríos.
Aquella cárcel preventiva fue, para muchos, un punto de quiebre. Para mí, fue también un despertar. Comprendí que la libertad no es solo ausencia de barrotes, sino la firmeza de no ceder cuando se lucha por lo justo.
Años después, comprendí que sobrevivir era apenas el primer acto. El verdadero compromiso es contar. Porque quien cuenta, no olvida. Y quien no olvida, resiste.

Dedicatoria poética:

Para los que caminaron conmigo.
Para los que no volvieron.
Para los que aún luchan,
en la penumbra de una celda,
donde el sueño se arruga en los rincones,
donde la patria cabe en una camiseta usada
y el futuro se escucha detrás de una verja oxidada…
Allí también florece el alma.
A los pies de la injusticia,
al filo de la violencia,
hay quienes se aferran a la palabra
como si fuera la última bandera.
Esta historia es para ellos.
Para quienes no se arrodillaron.
Para quienes creyeron que resistir
era otra forma de amar…

Domingo Núñez