A veces, la historia necesita un rostro. No una fecha ni una cifra, sino una mirada, un gesto, una presencia que nos recuerde que todo comenzó con personas reales, con sueños y con miedo. Este jueves, en el programa de María Sela Álvarez por Color Visión, el maestro Miguel Núñez volvió a regalarnos eso: la humanidad detrás del prócer.
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Su presencia en el set no fue solo la de un artista, sino la de un tejedor de símbolos. Al hablar de Juan Pablo Duarte, no lo hizo como un historiador frío, sino como un hombre que ha dedicado su vida a imaginar —y reimaginar— ese rostro que hoy todos reconocemos en escuelas, plazas y oficinas públicas. Ese Duarte de mirada firme y noble no salió de una fotografía, sino del pulso sensible del pincel de la patria, Miguel Núñez, tal como lo definiera Wilson Gómez, presidente del Instituto Duartiano.
Y es que la pintura de Miguel no es simplemente arte: es memoria. Una memoria construida con respeto, con ternura y, sobre todo, con un profundo sentido de país. Porque al pintar a Duarte, el artista también pinta un ideal, ese mismo que nació en los susurros de una patria que aún no tenía nombre, como bien lo describe la historia: cuando el viento del Caribe traía más preguntas que respuestas, y la palabra “libertad” se decía en voz baja, casi con temor.
Miguel Núñez nos recordó que el arte no es accesorio de la historia, sino su espejo más fiel. Su retrato de Duarte no impone, acompaña. No grita, susurra. Es el reflejo de un joven que soñó con una patria libre, no por nostalgia española, sino por derecho natural, como dijo alguna vez.

En tiempos donde la imagen se diluye entre tantas pantallas, volver al trazo pausado y comprometido de Miguel Núñez es volver al origen. A ese instante fundacional donde un rostro —el de Duarte— empezó a ser también el de todos nosotros.
Una historia que vibra entre pinceles y memoria. Un comentario que celebra el arte como forma de decir: “Aquí estamos, y esto somos”.
Domingo Núñez
