Domingo Núñez Polanco
Este artículo forma parte de la nueva sección Brújula Global de domingolarevista.
Una potencia en retirada… pero aún peligrosa
Hablar del “fin del imperio estadounidense” es una idea que circula desde hace tiempo en ciertos sectores. Pero conviene matizar: este declive no es inmediato ni garantiza un mundo más justo. Incluso sus derrotas —como en Vietnam o Afganistán— dejaron una estela de destrucción.
La historia enseña que los imperios no caen de forma limpia. El retiro colonial europeo tras la Segunda Guerra Mundial fue sangriento y aún deja heridas abiertas. En el caso estadounidense, la transición puede ser aún más confusa, con una mezcla de poder militar, intereses privados, y un Estado capturado por corporaciones tecnológicas, financieras y del complejo industrial-militar.
En ese contexto, los riesgos globales se multiplican: deportaciones masivas, tratados desiguales, intervención encubierta, uso intensivo de la inteligencia artificial para control social y vigilancia… Todo al servicio de un sistema que intenta sostenerse, aun cuando ya no tiene los recursos ni la legitimidad para hacerlo.

Durante décadas, Estados Unidos fue el símbolo de un orden internacional basado —al menos en el discurso— en la democracia, el libre comercio y la cooperación. Pero ese relato, que justificó su influencia global, parece haber entrado en una etapa de agotamiento. Y como ocurre con todos los imperios, su declive no llega en silencio, sino entre ruidos, amenazas y movimientos desordenados.
El caos como estrategia
Los recientes ataques contra Venezuela no son un caso aislado. Tampoco responden a una estrategia coherente de política exterior. Son, más bien, reflejo de una potencia que, al no poder sostener su dominio en todos los frentes, recurre a la imprevisibilidad como herramienta de poder.
Durante la administración Trump, esta lógica se explicitó de forma brutal: “inundar la zona de basura”, como dijo su asesor Steve Bannon. La idea no es controlar todo, sino generar tal nivel de confusión, ruido y violencia que los adversarios no puedan reaccionar con claridad. Hoy es Venezuela, mañana puede ser Nigeria, y pasado, cualquier otro lugar. El mensaje es claro: nadie está a salvo.
Este enfoque tiene consecuencias profundas. Al abandonar cualquier pretensión de legalidad o principios, Washington transmite a sus aliados —y al mundo— que lo único que importa es la fuerza. Su apoyo incondicional al Estado de Israel, incluso frente a graves violaciones al derecho internacional, no solo es una decisión política: es una señal de que no hay límites.
Cuatro claves para entender este momento
1. El ascenso de los BRICS y el fin del ,
Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica —y otros países que buscan sumarse— están creando redes alternativas de comercio, cooperación y tecnología. No se trata (todavía) de una ruptura, pero sí de una erosión sostenida del dominio estadounidense.
2. El nuevo imperialismo tecnológico
El poder ya no está solo en los ejércitos, sino en los algoritmos. Las grandes plataformas digitales, muchas de ellas estadounidenses, dominan la información, los datos y las infraestructuras críticas de medio mundo. Un nuevo tipo de imperio, silencioso pero omnipresente.
3. Europa y América Latina: entre la dependencia y el desenganche
La Unión Europea, debilitada y dividida, carece de voluntad real para frenar los excesos de Washington. América Latina, por su parte, oscila entre gobiernos alineados con EE. UU. y nuevas propuestas de soberanía regional. En ambos casos, el desafío es salir del rol de espectadores.
4. El cambio climático como campo de disputa
El acceso a recursos naturales —agua, minerales, tierras cultivables— se convierte en motivo de tensión. El calentamiento global no solo es un drama ambiental: es también un factor geoestratégico que redefine las relaciones de poder.
¿Un nuevo horizonte?
En medio del ruido y la desesperanza, también surgen señales de otro camino. En Estados Unidos, líderes locales como Zohran Mamdani o Katie Wilson, vinculados al socialismo democrático, promueven una visión internacionalista, con justicia social y ambiental en el centro.
Frente a un modelo imperial que combina violencia, extractivismo y desinformación, emergen voces que reclaman democracia real, cooperación justa y respeto a la diversidad de pueblos y territorios.
La pregunta no es solo qué vendrá después del imperio estadounidense, sino qué papel jugaremos todos en esa transformación. La historia está abierta. Y en estos tiempos convulsos, imaginar otro mundo no es ingenuo: es necesario.
