«Cambia, todo cambia…», cantaba Mercedes Sosa, con esa voz que parecía provenir del fondo de la tierra. Cantaba al amor, al tiempo, a la vida misma. Y sin saberlo —o sabiéndolo muy bien— estaba dándole forma musical a una antigua verdad que siglos antes había dicho Heráclito: «Nada permanece, nada se repite igual. Lo expresó Heráclito cuando dijo que no se puede entrar dos veces en el mismo río… y lo confirmó la vida misma cada vez que nos obliga a renacer de nuestras propias ruinas. La dialéctica es ese arte de leer el cambio. Es reconocer que las cosas no son estáticas, que los fenómenos –ya sean naturales, sociales o políticos– evolucionan, se enfrentan, se contradicen y, en esa tensión, dan paso a lo nuevo.
Domingo Núñez
Esta frase, tan sencilla como poderosa, ha sobrevivido milenios porque sigue siendo cierta. Nos recuerda que todo fluye, todo se transforma, todo cambia. Y que también nosotros estamos hechos de ese cambio.
El río de Heráclito
Heráclito de Éfeso fue un pensador griego del siglo V a.C. que vio el mundo como un constante devenir. Decía que la esencia de la vida no es la estabilidad, sino el cambio. Y usaba el río como símbolo: no es posible bañarse dos veces en el mismo, porque el agua que te rodea ya no es la misma… y tú tampoco lo eres.
Esta imagen sigue siendo válida hoy. Las emociones, las relaciones, los pensamientos, todo en nosotros está en movimiento. Intentar detenerlo es como querer detener el agua con las manos: se escapa, nos empapa, y sigue su curso.
El fuego que transforma
Así como el fuego, el cambio puede doler, pero también puede transformarnos.
Cambiar no significa rendirse. Cambiar puede ser, muchas veces, un acto de valentía. Significa aceptar que lo que fuimos ya no nos sirve, y que algo nuevo quiere nacer. Es permitir que el fuego de la experiencia nos moldee.
El cambio como camino
Aceptar que todo cambia no es resignarse. Es, más bien, aprender a vivir en movimiento. Es entender que el dolor no siempre es un castigo, que la pérdida no siempre es una derrota, y que soltar también es un acto de amor.
Como bien decía Mercedes: «lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana». Su canto no era solo melancólico: era una afirmación de vida. Un recordatorio de que la transformación no es enemiga de la identidad, sino parte esencial de ella.
Una confesión personal: el tiempo también me ha cambiado a mí
Lo digo con la honestidad que me permiten mis casi 72 años: he cambiado. No solo por fuera, sino por dentro. He cambiado de pensamientos, de emociones, de forma de ver la vida. Incluso mi carácter —que en otros tiempos fue más rígido— hoy se ha vuelto más sereno, más comprensivo, más dispuesto a escuchar.
Estos años no han pasado en vano. Me han mostrado que resistirse al cambio es como querer retener el agua entre los dedos: inútil y desgastante. He aprendido, a veces a golpes, otras con dulzura, que cambiar no es traicionarse, es crecer. Es mirarse con otros ojos. Es perdonarse. Es dejar espacio para lo nuevo sin tener que negar lo que uno fue.
Hoy no busco certezas, busco sentido. Ya no tengo las mismas urgencias, pero sí las mismas ganas de entender el mundo. Y lo que más me sorprende es que, pese a todo lo vivido, aún sigo cambiando. Aún estoy aprendiendo.
Por eso, cuando leo a Heráclito o escucho a Mercedes, siento que no hablan del cambio como algo lejano o filosófico. Hablan de mi vida, de la tuya, de la de todos. Porque mientras estemos vivos, el cambio seguirá siendo una señal de que todavía estamos en camino.
Una mirada desde dentro
Hablar del cambio no es solo hablar del mundo: es hablar de nosotros. De cómo pensamos, cómo sentimos, cómo envejecemos y cómo seguimos aprendiendo. El cambio nos obliga a cuestionar lo que dábamos por sentado, a soltar certezas, a escuchar lo nuevo con humildad.
Antonio Gramsci, encerrado en su celda, escribió que la crisis ocurre cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Y es verdad: a veces somos ambos a la vez. Un poco de lo que fuimos, un poco de lo que aún no sabemos ser.
¿Y ahora qué?
La pregunta es inevitable: ¿cómo vivir sabiendo que todo cambia? La respuesta no está en el control, sino en la apertura. En aprender a fluir, como el río. En saber cuándo resistir y cuándo dejarse llevar. En comprender que el cambio no nos quita identidad, nos la revela.
Porque no se trata solo de entender lo que pasa. Se trata de ser parte del cambio que queremos ver. De vivir con la certeza de que, aunque todo se transforma, también hay belleza en esa impermanencia.
Todo cambia, sí. Y mientras eso ocurra, seguimos vivos.
Domingo Núñez
Tu voto:
El hombre y su historia, Cultura y Sociedad, Vida y salud,