Por Domingo Núñez / @domingonlarevista.com
Cuando hablamos de la construcción visual del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, es imposible obviar el nombre del maestro Miguel Núñez. Su obra, que ha logrado trascender el mero retrato, constituye una verdadera reconstrucción espiritual y humana de nuestro patricio. Así lo ha reconocido con justicia el historiador dominicano Juan Daniel Balcácer, al referirse a la rica iconografía que Núñez ha desarrollado, inspirándose en la única fotografía existente de Duarte, tomada en Caracas en 1873, cuando este tenía 60 años.



El origen de esta serie artística tiene un trasfondo profundamente simbólico: fue el profesor Juan Bosch, amigo cercano del pintor y figura central de la vida intelectual dominicana, quien recomendó a Miguel Núñez visitar el Instituto Duartiano y estudiar a fondo la imagen original de Duarte. Bosch vio en Núñez a un intérprete fiel del alma patriótica, capaz de devolvernos un Duarte vivo, vibrante, lejos de la melancolía que destila la única imagen fotográfica conservada.

A partir de esta sugerencia, Miguel Núñez emprendió un proyecto monumental, apasionado y lleno de compromiso patrio. Con más de un centenar de piezas, ha sabido mostrar a Duarte como lo describe Balcácer: no solo como prócer, sino como maestro, pensador, lector incansable y revolucionario consciente. Su Duarte no es una figura estática ni distante, sino un ser humano con ideales, con fuerza interior, con un legado vivo que trasciende el tiempo.

Como señala Balcácer en su artículo “El Duarte de Miguel Núñez”, esta obra pictórica representa quizá el homenaje más profundo y perdurable que un artista dominicano ha ofrecido al fundador de la República. Cada trazo, cada matiz, cada mirada representada, nos invita a reencontrarnos con nuestra historia, con nuestra identidad nacional, con el valor de llamarnos dominicanos.

Reconocemos, con admiración, la entrega del maestro Miguel Núñez, cuyas pinceladas han sido guiadas por un profundo amor a la patria. Su arte es memoria, es legado y es también una forma de resistencia frente al olvido. Por ello, su obra debe ser preservada, estudiada y difundida como parte esencial del patrimonio cultural dominicano.
