Serie «Postales del silencio y la luz»

domingo Núñez Polanco

“El país que amanece en el alma de su gente es el que nunca muere.”
— Inspirado en Juan Bosch

Nota del autor: El amanecer de Sabana de la Mar, Domingo Núñez

Amanecí en Sabana de la Mar allá por el año 2016, en un viaje de trabajo de la institución oficial donde entonces servía. Me acompañaba Julio Arias, compañero de labores y buen amigo.
Recuerdo que, al llegar, me dijo:
—Por aquí los amaneceres son de una luz cándida, casi divina.
Y yo le respondí:
—Pues mañana, antes que despunte el alba, iremos a ver ese espectáculo.

Así lo hicimos. Nos levantamos muy temprano, cuando la noche aún guardaba su último aliento, y fuimos a esperar la llegada del día. Entonces el cielo comenzó a encenderse, los árboles se llenaron de brillo y todo el paisaje se volvió una sinfonía de luces.
Tomé la cámara y capturé aquel instante. Pensé en Miguel, mi hermano, artista de los colores, y me prometí llevarle esa imagen para que, con su pincel, la transformara en algo eterno.

Así nació la fotografía que hoy inspira estas palabras: un canto al alba, al milagro cotidiano de la luz que vence a la noche.

Canto al Alba de Sabana La Amar

Fue en Sabana La Amar, cuando la noche aún respiraba su último suspiro sobre el mar quieto.
El horizonte parecía un pentagrama de silencio donde el alba ensayaba su primera melodía.
Nada se movía, salvo la respiración honda de las aguas y el roce tembloroso de los remos.
Los pescadores, siluetas de sombra, eran como notas suspendidas en el aire, esperando que la luz los nombrara.

De pronto, el sol comenzó a asomar —no como un estallido, sino como un susurro—
y el mundo pareció renacer desde la transparencia.

El agua, antes gris, se vistió de plata.
Las olas, pequeñas y tímidas, aplaudían el regreso del día.
El cielo, abierto como un fruto, dejó caer su oro líquido sobre las barcas.

Playa de Sabana La Mar en una cálida sinfonía del amanecer

Sentí entonces que no era yo quien miraba el amanecer,
sino el amanecer quien me miraba a mí,
con los ojos eternos de la creación primera.

Todo era presencia, armonía, revelación.
La noche se retiró despacio, como un anciano que cede el paso a la juventud de la luz,
y el alma —tan pequeña ante tanta inmensidad— se llenó de gratitud.
Allí entendí que cada amanecer es una promesa,
una manera del tiempo de decirnos que aún estamos a tiempo de volver a empezar..

Domingo Núñez Polanco