Redacción Domingolarevista.com

Seamos sinceros: aquí, el que no chismea, escucha. Y si no escucha, lo busca. El chisme —ese comentario «entre nosotros», esa pregunta casual con doble filo, ese «me dijeron que…»— es casi una moneda de cambio social en nuestro día a día.
Pero… ¿por qué nos gusta tanto? ¿Por qué, aunque lo neguemos, algo en nosotros se activa cuando escuchamos: “Tú no sabes lo que me contaron…”?

El chisme en clave dominicana

En República Dominicana, el chisme no solo está en los colmados o las peluquerías. También vive en los grupos de WhatsApp familiares, en los “lives” de Instagram, en los programas de farándula y hasta en la política. Porque aquí el chisme no es solo entretenimiento: es cultura, es identidad, es forma de estar en comunidad.Desde la señora que se asoma por la ventana a ver quién pasó con quién, hasta el que comenta en redes cada movimiento de una figura pública… Todos, de alguna forma, chismeamos.

Más que morbo: una cuestión de supervivencia social

Aunque a veces se vea como algo superficial o dañino, hablar de otros no siempre nace de la malicia. Estudios en psicología evolutiva afirman que chismear fue (y sigue siendo) parte de nuestra forma de adaptarnos a la vida en sociedad. Saber quién es confiable, quién tiene poder, quién hace qué, era esencial para sobrevivir en tribus. Y hoy, aunque no andemos cazando mamuts, seguimos usando esa misma lógica para navegar nuestras relaciones.


Como dice el psicólogo Frank McAndrew:

“En la prehistoria, quienes se fascinaban por la vida de los demás tenían más éxito.”
Y si lo pensamos, ¿no es cierto que saber con quién salió fulana o por qué votaron por mengano todavía determina muchas cosas?

Lo que el chisme dice de nosotros

Aquí en el patio, el chisme también es un acto de aprendizaje. Nos enseña qué se ve bien o mal en la comunidad, quién «cruzó la línea», o qué valores están en juego. A través del chisme, se refuerzan normas sociales. Por eso, no es raro que funcione como una especie de «justicia popular» cuando hay falta de confianza en instituciones.

Además, está el aspecto emocional: chismear nos entretiene, nos conecta con los demás, nos hace sentir parte del grupo. Incluso, a veces, nos ayuda a compararnos y sentir que no estamos tan mal. Como quien dice: “Bueno… por lo menos yo no estoy como fulano”.

¿Y cuándo se pasa de la raya?

Claro, no todo chisme es inocente. Cuando se convierte en burla, en juicio cruel o en mentira, puede hacer daño real. Especialmente cuando se basa en rumores sobre salud, sexualidad o apariencia. Ahí ya no es cultura: es crueldad disfrazada.

Entonces… ¿el chisme es bueno o malo? Como todo en la vida, depende de cómo se use. En pequeñas dosis, puede ser un termómetro social. Puede unir, divertir, enseñar. Pero mal usado, se convierte en un arma.

Aquí en Domingolarevista.com, no venimos a juzgar si chismear está bien o mal —venimos a entenderlo. Porque si algo está claro es que el chisme, más que un vicio, es parte de cómo nos contamos el mundo. Y en un país donde hablar es parte de vivir, el chisme no muere: se reinventa.
Así que la próxima vez que digas «yo no soy chismoso, pero…» —recuerda: lo importante no es solo lo que se dice, sino por qué lo decimos.