Por Domingo Núñez
Luperón ante el gigante: la dignidad de un pueblo en su puño
—la defensa del general Gregorio Luperón frente al intento de Báez y del presidente estadounidense Ulysses Grant de someter la República Dominicana a la anexión— es uno de los momentos más brillantes de su vida pública y una joya del patriotismo antillano.
Basado en “Anexionismo y Resistencia”, de Diómedes Núñez Polanco.
DomingoLaRevista.com / Serie: El Hombre y su Historia

La mar rugía y el viento desgarraba las velas del Telégrafo, aquel vapor dominicano que surcaba el Caribe con una misión sagrada: defender la soberanía de un pueblo pequeño frente al apetito de los poderosos.

Era 1869. cuando la patria parecía al borde del abismo, Gregorio Luperón alzó su voz como un relámpago sobre las aguas del Caribe. El presidente Buenaventura Báez, en su empeño por entregar el país a los Estados Unidos, había firmado un proyecto de anexión y declarado pirata al vapor Telégrafo, el mismo barco que, bajo el mando de Luperón, cruzaba mares defendiendo la soberanía dominicana.
Su palabra era bala y bandera. Denunció que los gobiernos de Báez y de Grant actuaban como leones disfrazados de corderos. Y alzó su protesta ante el mundo civilizado, acusando la pretensión de “comprar la independencia de un pueblo como si se tratara de una hacienda perdida”.
Un acto de sumisión que pretendía disfrazarse de progreso. Y para justificar su traición, Báez declaró pirata a quien más encarnaba el espíritu de la independencia: Gregorio Luperón.
El decreto era tan absurdo como infame. Ordenaba a los buques norteamericanos y españoles capturar el Telégrafo “y a su jefe, por ejercer la piratería”. Pero el mar no obedece a los cobardes.
Un hombre frente al mundo
Mientras el gobierno buscaba su cabeza, Luperón escribía cartas que eran como balas de dignidad.
Desde su barco, desafió al mismísimo presidente estadounidense Ulysses Grant: “¡Ruindad eterna, señor Presidente Grant, si el grande pueblo americano permite que se abuse de su fuerza para proteger a un traidor y humillar a una nación pequeña que solo desea ser libre!”
No hablaba en nombre propio.
Hablaba por todos los hombres y mujeres que habían parido la libertad a costa de sangre y destierro.
Su voz, enviada entre mares y diplomacias, resonó como un cañonazo moral en el corazón de Washington y Londres.
El juicio del honor
El Telégrafo fue apresado en la isla británica de Tórtola.
Báez lo había acusado ante las potencias extranjeras, esperando verlo humillado. Pero ocurrió lo contrario: el caso se convirtió en una causa de justicia universal.
En Londres, los tribunales escucharon los argumentos: Luperón no era pirata. Era patriota. Su barco no llevaba tesoros, sino principios. No atacaba naciones, las defendía.
“El Telégrafo —escribió Diómedes Núñez Polanco— no fue un buque de guerra, sino un estandarte moral que cruzó las aguas del Caribe llevando la dignidad dominicana en su bandera.”
El fallo fue claro: Luperón fue absuelto. Su nombre quedó limpio, y su causa, glorificada.
El héroe que no se vende
De regreso al Caribe, su figura creció como el faro de Puerto Plata. Había enfrentado al imperio y salido victorioso, no con cañones, sino con ideas.
Diómedes Núñez Polanco lo resumió con precisión: “Fue el primero en enfrentar con altivez al poderoso yanqui, y uno de los primeros luchadores de América Latina en hacerlo con la pluma y el corazón como armas.”
Luperón demostró que la grandeza de un hombre no se mide por el tamaño de su ejército, sino por la firmeza de sus convicciones.
Más que un barco, un símbolo
El Telégrafo no fue solo una nave: fue la conciencia dominicana navegando sobre las aguas del mundo.
Cada ola era una plegaria de resistencia. Cada carta, una bandera ondeando contra el olvido.
Aquel barco enfrentó tempestades reales y simbólicas: las del mar, las del poder, y las del miedo. Y en cada una, el patriotismo dominicano salió a flote.
Epílogo: la lección de un mar libre
Gregorio Luperón nos dejó una enseñanza que no envejece:
que la libertad no se negocia, que la dignidad pesa más que el oro, y que un pueblo pequeño puede ser gigante si no vende su alma.
“La República Dominicana —escribió— no es tierra de esclavos ni de mercaderes; es patria de hombres libres.”
Referencia:
Núñez Polanco, Diómedes. Anexionismo y Resistencia. Santo Domingo: Editora Nacional, 1975. Capítulo: El Telégrafo ante los tribunales.
“Luperón ante el gigante”
“El Telégrafo no era un barco. Era la conciencia dominicana navegando sobre las aguas del mundo.”
— Domingo Núñez / DomingoLaRevista.com
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