(En respuesta a comentarios sobre el artículo “Identidad y soberanía: lo que está en juego”, publicado en El Nuevo Diario)

Por Domingo Núñez Polanco

Oleos de Duarte y Luperón pintado por el pintor dominicano Miguel Núñez. Al centro Domingo Núñez administrador de Domingo La Revista.com

Defender la identidad dominicana no es cerrar puertas, sino recordar que toda casa necesita límites para seguir siendo hogar.

El debate nacional sobre inmigración, cultura y soberanía no puede seguir reduciéndose a consignas ni silencios. La reflexión que surgió a raíz del artículo publicado en El Nuevo Diario y los comentarios de los lectores, muestra que todavía hay conciencia viva y amor profundo por la patria. Este texto busca ampliar esa conversación, desde el respeto y la responsabilidad histórica.


(En respuesta a comentarios sobre el artículo “Identidad y soberanía: lo que está en juego”, publicado en El Nuevo Diario)

Agradezco profundamente los comentarios y reflexiones que este artículo ha despertado. Que un tema así genere debate, preocupación y conciencia, es señal de que aún existen dominicanos que sienten el país como una causa viva, no como un simple accidente geográfico.

Muchos coinciden —como bien expresó el hermano José — en que lo que vivimos hoy trasciende la migración: es un proceso de sustitución cultural, silencioso y persistente, que erosiona las raíces mismas de la nación.

Y es cierto. No estamos ante un fenómeno coyuntural, sino ante una transformación profunda que pone en riesgo lo que somos, lo que heredamos y lo que estamos llamados a preservar.

La identidad no se impone, pero tampoco se entrega. Defenderla no implica rechazar al otro, sino afirmar lo propio con dignidad. Somos un pueblo mestizo, abierto, solidario, pero también celoso de su historia, su lengua, su cultura y su derecho a existir como comunidad diferenciada en el concierto de las naciones.
No se trata de discursos alarmistas, sino de una llamada a la responsabilidad nacional.

La indiferencia es también una forma de renuncia. Un país no desaparece de un día para otro: se diluye lentamente cuando deja de reconocerse a sí mismo, cuando sustituye sus símbolos, su memoria y sus valores por los de otros.

La verdadera invasión no siempre llega con armas, sino con el desdén hacia lo que nos identifica.
Defender la identidad dominicana no es un acto de intolerancia, sino de amor. Amor por la historia, por el idioma, por los ancestros, por la cultura que nos dio forma.
Es la gratitud hacia Duarte, Luperón y Bosch; hacia cada hombre y mujer que soñó con un país libre, justo y soberano.

Y si hoy levantamos la voz, no es para cerrar puertas, sino para recordar que toda casa necesita límites para seguir siendo hogar.

El futuro de la nación dependerá de nuestra capacidad para discernir, dialogar y actuar con sensatez.
Todavía estamos a tiempo de fortalecer las instituciones, de educar en el respeto y de sembrar conciencia sobre lo que significa ser dominicano.

Porque lo que está en juego no es solo la tierra: es el alma de la República.

Saludos de afecto y cariño para todos.
Su amigo y hermano
Domingo Núñez

Los invito a leer nuestro artículo: «Identidad y soberanía: Lo que está en juego» publicado por el periódico El Nuevo Diario.
Para leer hacer clic en:
https://domingolarevista.com/2025/10/17/identidad-y-soberania-lo-que-esta-en-juego-2/