En tiempos en los que el lujo y la ostentación ocupan titulares —donde las bodas de multimillonarios parecen asuntos de Estado y los yates privados se alzan como nuevos símbolos de estatus— surge una voz distinta, silenciosa pero poderosa: la de la simplicidad voluntaria.

Domingo Núñez administrador de domingon.com la revista

Un reciente estudio de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, demuestra lo que muchas culturas ancestrales y la sabiduría popular ya intuían: vivir de manera sencilla no solo es más sostenible, sino que también aumenta la felicidad y el bienestar personal. La investigación, publicada en el Journal of Macromarketing, confirma que quienes optan por estilos de vida simples encuentran mayor satisfacción porque generan más interacción personal, conexión comunitaria y propósito en la vida.

La otra cara del consumo

El estudio recuerda que el consumismo no conduce a mayor bienestar, ni tampoco garantiza la sostenibilidad que requiere nuestro planeta. Entre 2000 y 2019, el consumo interno mundial de materiales creció un 66 %, alimentando el deterioro ambiental y profundizando la brecha de desigualdad. En cambio, la vida sencilla abre espacio a la cooperación, al intercambio comunitario, a los huertos colectivos y al préstamo solidario de recursos.

No se trata de renunciar a todo lo material, sino de elegir conscientemente lo suficiente sobre lo excesivo. Como señala el profesor Rob Aitken, el bienestar no nace de acumular cosas, sino de nutrir las relaciones, fortalecer la vida comunitaria y darle un sentido profundo a nuestra existencia.

Un mensaje necesario para nuestro tiempo

En nuestro contexto dominicano, esta reflexión tiene un eco especial. No hace falta mirar a las estadísticas globales para darnos cuenta de cómo el afán de consumo desmedido va erosionando nuestros vínculos humanos y nuestro entorno natural. En cambio, cuando apostamos por lo simple —cultivar un pequeño huerto, compartir lo que tenemos, valorar la conversación en familia o entre vecinos— estamos sembrando semillas de felicidad y sostenibilidad.

Quizás la verdadera revolución de nuestro tiempo no venga de la tecnología ni de los grandes capitales, sino de recuperar la sencillez. Y esa sencillez, lejos de ser una pérdida, es un acto de libertad y de esperanza.