Domingo Núñez Polanco
¿Por qué nos fascina el chisme? Una mirada personal, cultural y política desde lo dominicano

Resumen introductivo
Serie especial: Chisme dominicano: raíz, cultura y política
¿Qué revela el chisme sobre quiénes somos como pueblo?
En esta serie especial abordamos el chisme no como un simple “pasatiempo popular”, sino como una práctica profundamente humana, cultural y política. Desde los corrillos del barrio hasta los foros públicos en tiempos de Trujillo, el chisme ha sido mecanismo de conexión, de vigilancia, de entretenimiento y también de poder.
Esta serie propone una reflexión crítica y cercana sobre cómo el hablar del otro ha moldeado comportamientos, relaciones sociales, reputaciones… e incluso destinos. Desde una mirada personal y a la vez informada por pensadores y académicos, exploramos las raíces históricas y culturales de este fenómeno en República Dominicana.
No te pierdas esta serie en tres entregas:
Parte I – El arte de chismear: entre lo humano y lo dominicano
Parte II – Chisme, miedo y obediencia: los foros públicos del trujillismo
Parte III – Moral, religión y clientelismo: otras formas de control social
Próximamente: Parte IV – Resistencias del chisme: cuando la palabra se vuelve defensa
Parte I – El arte de chismear: entre lo humano y lo dominicano
(Chisme dominicano: raíz, cultura y política – Parte I)
Confieso que pocas cosas generan tanta atención colectiva como el chisme. En un colmado, en la peluquería o en una esquina del barrio, se comparten historias con nombres, señas y especulaciones. Pero el chisme no es simplemente un pasatiempo ni una costumbre inofensiva: es una práctica profundamente humana y cultural. Detrás del “¿tú supiste…?” hay mecanismos sociales, afectivos e incluso políticos en juego.
Según el psicólogo Frank McAndrew, chismear ha sido clave para nuestra supervivencia. Saber quién tenía poder o quién era digno de confianza no solo nos hacía populares, sino que podía marcarnos el camino de la exclusión o el éxito social. Robin Dunbar, desde la psicología evolutiva, va aún más lejos: el chisme fue esencial para consolidar comunidades funcionales, permitiendo que las normas morales y sociales circularan incluso sin leyes formales.
Pero en República Dominicana, el chisme ha tenido múltiples rostros. Uno de ellos, quizás el más perverso, se manifestó durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.
El chisme como arma de Estado: la delación disfrazada de murmullo
Durante los más de 30 años de la tiranía trujillista, el chisme se institucionalizó como un mecanismo de vigilancia y represión. Lo que en otros contextos podía parecer inofensivo, aquí se convirtió en una herramienta para sembrar miedo, destruir reputaciones y justificar represalias.
Los llamados foros públicos, espacios promovidos por voceros del régimen, permitían –y en muchos casos alentaban– la publicación de denuncias anónimas, comentarios y rumores sobre ciudadanos. Estos textos, muchas veces sin pruebas ni fundamentos, acusaban a personas de “antitrujillistas”, “indeseables”, “inmorales” o simplemente de “tener malas juntas”. En un sistema donde la libertad de expresión estaba completamente anulada, esos foros operaban como un paredón simbólico, en el que bastaba un comentario para marcar a alguien de por vida, o incluso condenarlo al exilio, la cárcel o la muerte.
El chisme en ese contexto no era socialización: era control. Una forma de infundir miedo colectivo y de obligar a la autocensura. Todos sabían que cualquier gesto, palabra o silencio podía ser interpretado y tergiversado. Y lo más doloroso es que muchas veces los chismes no venían del Estado en sí, sino de vecinos, compañeros, incluso familiares, motivados por la envidia, el temor o la oportunidad de ganar el favor del régimen.
Esta distorsión del chisme revela algo importante: su ambigüedad moral. Porque, como bien señala la psicóloga Megan Robbins, el chisme puede ser una forma de aprendizaje y regulación social, pero cuando se utiliza sin ética o con fines políticos, se convierte en una herramienta de opresión.
Chismear para entendernos… o para descomponernos
Volviendo al presente, vale la pena reconocer que el chisme sigue teniendo una doble cara. Por un lado, nos entretiene, nos conecta, nos permite comparar nuestras vidas con las de los demás. A veces incluso nos ayuda a poner en palabras ciertas tensiones sociales que no se discuten abiertamente. Por otro lado, puede ser tóxico, destructivo y perpetuar estigmas.
En la cultura dominicana, el chisme ocupa un lugar central. Pero entender su historia —desde los fogones familiares hasta los foros infames del trujillismo— nos obliga a preguntarnos qué hacemos con esa práctica hoy. ¿La usamos para construir o para humillar? ¿Para compartir saberes o para reforzar prejuicios? ¿Para resistir o para vigilar?
Porque si algo he aprendido es que el chisme revela tanto de quien lo cuenta como de quien lo escucha. Nos recuerda que, en el fondo, seguimos siendo una sociedad que busca saber, que necesita pertenecer, pero que también debe aprender a cuidar la palabra como herramienta de encuentro, no de exclusión.
Próxima entrega: Parte II – Chisme, miedo y obediencia: los foros públicos del trujillismo
