Domingo Núñez Polanco
Hurgando por ahí en las redes sociales me topé con un texto «Quiero» al leerlo, no se hizo esperar y lo asumí como algo propio. Este texto, de autor anónimo, me inspiró a pensar en esos pequeños detalles que todos anhelamos y que, cuando están presentes, convierten la rutina en una experiencia llena de amor y sentido. Aquí comparto mi interpretación personal, parte por parte, con la voz serena de quien valora más lo humano que lo grandilocuente. Porque eso es lo que quiero: humanidad cotidiana, sencilla y honesta.

Aquí mi interpretación y sentir cercano del referido texto
A veces creemos que la felicidad está hecha de grandes logros, de metas cumplidas o de sueños espectaculares. Pero la vida —esa que se vive de verdad— está hecha de gestos sencillos: un saludo cálido, una risa compartida, una caricia al final del día.
Quiero… un «Buenos días», un beso y un café
Hay días que comienzan por rutina, y hay otros que empiezan con alma. Yo quiero esos que se despiertan con un «buenos días» dicho con cariño, con intención, con la mirada limpia de quien nos desea lo mejor desde temprano. Nada de fórmulas vacías. Un saludo que no sea palabra suelta, sino un abrazo disfrazado de voz.
Quiero también un beso. No de novela ni de ocasión, sino ese beso sincero que dice “aquí estoy, contigo”. Puede ser en la frente, en la mejilla, en la mano. Pero que diga sin decir que la vida vale la pena si se comparte.
Y un café. No solo por costumbre o por la cafeína. Un café servido con tiempo, con pausa, con presencia. Porque el café compartido tiene algo de hogar, de charla íntima, de comienzo sin prisa. A veces ese pequeño gesto, sencillo como una taza caliente, tiene más poder que mil discursos.
Quiero… un «Buen provecho», un par de risas y un té
Quiero que al mediodía no solo se alimenten el cuerpo y la costumbre, sino también el alma. Que alguien diga “buen provecho” no por cortesía automática, sino porque de verdad desea que ese plato tenga sabor a bienestar, a cuidado, a compañía.
Y que en medio de la comida haya espacio para un par de risas. Porque reír en buena compañía es más nutritivo que cualquier receta. La risa tiene ese don de aligerar el peso del día, de romper la rutina, de recordarnos que seguimos vivos por dentro.
Y un té… Un té compartido, sereno, como quien se sienta sin apuro a conversar de la vida. El té tiene algo de pausa, de escucha, de humanidad. No importa si es de manzanilla, de tilo o de jengibre. Lo que importa es que haya alguien del otro lado de la taza, alguien que escuche, alguien que importe.
Quiero… un «¿Cómo te fue?», una caricia y un vino
Al final del día no basta con llegar a casa, cerrar la puerta y dejar atrás el ruido. Lo que de verdad reconforta es que alguien nos reciba con interés genuino, con ese simple pero profundo “¿cómo te fue?”, que no busca un resumen, sino una conexión. No es una pregunta más, es una forma de decir: “me importa tu día, me importas tú”.
Una caricia, también. De esas que no se planean ni se explican, pero que llegan justo donde el alma lo necesita. Una mano en el hombro, un roce suave en la espalda, un gesto de ternura que no cura las heridas, pero las acompaña.
Y un vino. No como símbolo de lujo, sino como brindis de complicidad. Un vino compartido, que no apura la conversación, sino que la invita. Que permite mirar atrás el día sin juicio, solo con presencia. Porque hay momentos que no se cuentan, se sienten. Y un buen vino —como la compañía sincera— ayuda a sentir sin prisa.
Quiero… un «Descansa», una mirada y un te amo
Cuando el día se apaga, no quiero solo acostarme y cerrar los ojos. Quiero escuchar un “descansa” dicho con ternura, como si esas ocho letras fuesen una bendición para el sueño, como si alguien me dijera: “puedes soltar el peso del día, aquí estoy yo”.
Una mirada también. De esas que hablan sin pronunciar palabra, que sostienen el alma aunque todo lo demás se desmorone. Una mirada limpia, sincera, capaz de decirlo todo en un segundo.
Y, por supuesto, un “te amo”. No el que se repite por costumbre, sino ese “te amo” que nace del corazón, que sabe a verdad, a hogar, a sentido. Porque al final, lo único que da paz antes de dormir no es la almohada, ni el silencio, ni siquiera el descanso del cuerpo, sino el saber que hay amor, que hay alguien con quien vale la pena compartir los días.

Estas cosas tan simples —un saludo, una risa, una mirada— no cuestan nada y, sin embargo, lo son todo. Eso es lo que quiero para mí y para quienes me rodean. Porque la vida se construye en esos detalles que no se ven, pero que se sienten. Y cuando están presentes, el día tiene otro sabor… y el alma, otra luz.
