Domingo Núñez Polanco.

Domingo Núñez, administrador del blog «Domingo/La Revista»

Inteligencia Artificial y su Impacto en la Sociedad

Introducción

Cuando oí hablar por primera vez de inteligencia artificial, pensé que era algo lejano, casi de ciencia ficción. Pero con el tiempo, esa “lejanía” fue tocando mis días: el celular que predice mis palabras, el asistente virtual que responde mis dudas, el editor de textos que me sugiere frases… Sin darme cuenta, la IA ya caminaba a mi lado.

Como educador y observador social, no puedo mirar este fenómeno sin asombro, pero tampoco sin preguntas. ¿Estamos construyendo una herramienta que nos libere o una fuerza que nos reemplace? ¿Dónde queda lo humano cuando lo inteligente ya no solo es el hombre?

Este texto es una invitación a reflexionar, no desde el tecnicismo, sino desde la experiencia vivida. Porque más allá de los algoritmos, hay vidas. Y la mía, como la de tantos, ya siente el impacto de esta revolución silenciosa.

¿Qué es la inteligencia artificial y cómo nos ayuda?

A veces me pregunto si no estamos ya viviendo en un futuro que soñaron otros. Lo que antes era impensable —que una máquina nos escuche, nos entienda y hasta nos aconseje— hoy lo damos por hecho. Basta mirar a nuestro alrededor: nuestros teléfonos nos corrigen, nuestros autos nos alertan, y hasta nuestras casas «aprenden» nuestros hábitos.

Pero, ¿qué es realmente la inteligencia artificial?

La IA no es más que la capacidad de las máquinas para realizar tareas que antes requerían inteligencia humana: aprender, razonar, decidir. Y aunque su definición suena técnica, su presencia es profundamente cotidiana.

En mi caso, he descubierto que un asistente virtual puede organizarme la agenda del día; que un generador de texto puede ayudarme a dar forma a una idea; que incluso puedo conversar con una inteligencia artificial —como lo hago ahora— para escribir reflexiones como estas.

Lejos de quitarle poesía al mundo, la IA también ha demostrado que puede ayudarnos a pensar mejor, a ordenar la información, a personalizar contenidos, a evitar errores que nuestra mente distraída podría cometer.

Y sin embargo, no deja de maravillarme. Me pregunto: ¿qué pensaría mi madre si viera que hoy una máquina puede escribir con nosotros, aprender de nosotros, hablarnos con tono humano? ¿Lo vería como un milagro o como una amenaza? Quizás ambas cosas.

La inteligencia artificial en acción: entre soluciones y asombros

He vivido suficiente como para recordar cuando los diagnósticos médicos dependían de una sola mirada, cuando los viajes se planeaban con mapas doblados en cuatro, y cuando el maestro era el único sabio de la clase. Hoy, en cambio, la inteligencia artificial nos acompaña silenciosamente en muchos de esos espacios, haciendo lo que antes era impensable.

En la medicina, por ejemplo, la IA detecta patrones invisibles al ojo humano. Un algoritmo puede analizar miles de radiografías en segundos y alertar sobre una anomalía antes de que el médico la vea. Eso puede salvar vidas. Y lo hace cada día.

En la educación, los sistemas de aprendizaje inteligente adaptan los contenidos según el ritmo de cada estudiante. Un joven en Bonao puede hoy tener acceso a tutorías personalizadas, a cursos hechos a su medida, y hasta a evaluaciones que entienden sus fortalezas y debilidades. Si yo hubiese tenido eso en mis años mozos…

En el transporte, vemos cómo la IA optimiza rutas, previene accidentes y anticipa fallos mecánicos. Lo que antes era simple mantenimiento hoy es predicción: se viaja más seguro porque una máquina “previó” lo que podía fallar.

En la banca, detecta fraudes con una precisión asombrosa; en el comercio, recomienda productos que uno ni sabía que necesitaba; y en la vida cotidiana, nos ayuda a traducir, programar, escribir, incluso crear arte.

Y, sin embargo, lo que más me impresiona no es la capacidad de la IA para hacer cosas, sino para hacerlas bien y rápido. Nos ha hecho más eficientes. Nos ha dado tiempo. Pero también nos ha enfrentado a una pregunta honda: ¿qué hacemos ahora con ese tiempo?

Vivimos rodeados de inteligencia artificial. Pero la clave sigue siendo la inteligencia natural con la que la usemos.
Cuando el asombro se convierte en advertencia: los riesgos de la inteligencia artificial
No todo lo brillante alumbra. A medida que la inteligencia artificial avanza, también despierta en mí —y en muchos— una inquietud profunda. Porque no se trata solo de lo que puede hacer, sino de lo que podría deshacer si no se la guía con responsabilidad.

Uno de los primeros temores que aparece es el del empleo. He vivido procesos de modernización: del machete al tractor, del telar al motor industrial. Pero lo que vemos ahora es distinto. No solo desaparecen tareas físicas, sino también oficios altamente cualificados: diseñadores gráficos, traductores, programadores, incluso médicos y docentes.

Recuerdo una conversación con un joven que estudiaba arquitectura. Me dijo: “La IA diseña en minutos lo que yo tardo días en hacer”. Y no lo decía con orgullo. Lo decía con miedo. ¿Qué espacio quedará para su talento, para su voz, para su imaginación?

Y luego está el riesgo menos visible, pero tal vez más letal: el impacto en la democracia. El escándalo de Cambridge Analytica no fue solo una anécdota política. Fue una advertencia global: nuestros datos, nuestros gustos, nuestros miedos pueden ser usados para manipular lo que pensamos, sentimos o votamos.

¿Y si un video falso —pero perfectamente elaborado con IA— pone en boca de un candidato palabras que nunca dijo? ¿Y si un líder, ante una denuncia real, se excusa diciendo que es solo una creación digital? ¿Cómo saber en qué creer cuando ni nuestros propios ojos son garantía?

La inteligencia artificial puede crear, pero también puede engañar. Puede iluminar, pero también puede oscurecer. Y lo más peligroso es que el control ya no está solo en manos públicas, sino en grandes corporaciones con intereses propios y sin rendición de cuentas.

Como abuelo, no puedo evitar pensar en qué mundo heredarán mis nietos. Un mundo más eficiente, sí. Pero, ¿más justo? ¿Más humano? ¿Más libre?

La historia nos enseña que cada avance técnico trae consigo un dilema ético. Esta vez, el dilema es más urgente que nunca.

¿Hacia dónde vamos?: tecnología y humanidad en tensión

Hace más de dos siglos, un grupo de obreros ingleses —los llamados luditas— rompieron las máquinas que amenazaban con quitarles el sustento. No era solo un acto de rebeldía, sino un grito de angustia ante un mundo que cambiaba sin pedirles permiso.

Hoy, la historia parece repetirse, pero con nuevos actores: diseñadores, analistas, periodistas, ingenieros, docentes… profesionales que, con años de estudio a cuestas, comienzan a ver cómo una máquina los iguala —o incluso los supera— en velocidad, precisión y alcance.

La diferencia está en la magnitud. Porque esta vez, no se trata de sustituir fuerza física, sino de replicar procesos mentales: crear, decidir, diagnosticar, enseñar. La inteligencia artificial no solo automatiza tareas, sino también inteligencias.

Según la OCDE, más de la mitad de los empleos actuales podrían cambiar radicalmente o desaparecer en las próximas décadas. Pero, ¿quién decide qué trabajos quedan y cuáles se van? ¿Cómo se reubica a millones de personas que serán desplazadas por sistemas que nunca duermen ni piden salario?

Una de las propuestas que suena con fuerza —y que para muchos aún parece utopía— es la de una renta básica universal: un ingreso que permita vivir dignamente a quienes queden fuera del mercado laboral, financiado en parte por impuestos sobre la producción automatizada.

El economista Santiago Niño-Becerra advierte que podríamos entrar en una era de escasez, desigualdad y exclusión. Un mundo en el que solo trabajen unos pocos y el resto “sobreviva” entre lo virtual y lo asistencial.

Como educador, ciudadano y padre de familia, esa visión me duele. Porque no es solo una cuestión económica: es una cuestión de dignidad. El trabajo ha sido siempre algo más que un medio de vida: ha sido parte de nuestra identidad, nuestro lugar en el mundo.

¿Nos dirigimos hacia una sociedad dividida entre los que crean tecnología y los que apenas la consumen? ¿Serán nuestros nietos ciudadanos activos o espectadores de una realidad diseñada por otros?

La tecnología avanza. Pero también debe avanzar nuestra ética, nuestra política y nuestra compasión. Porque el progreso no puede medirse solo por la velocidad de un algoritmo, sino por la humanidad que logremos preservar en el proceso.
Conclusión: entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser
La inteligencia artificial ya no es promesa ni amenaza lejana: es presente. Vive en nuestros dispositivos, en las decisiones que tomamos —o que otros toman por nosotros—, en los diagnósticos médicos, en los sistemas de vigilancia, en las redes que habitamos. No podemos ignorarla. Pero tampoco podemos abrazarla sin cuestionamiento.

Es cierto: nos ha hecho la vida más fácil. Nos ahorra tiempo, nos ofrece soluciones, amplifica nuestras capacidades. Pero también ha comenzado a desplazar trabajos, a generar dudas sobre lo verdadero, a poner en entredicho el papel del ser humano como eje del mundo.

Frente a esa realidad, hay dos caminos: el de la pasividad, o el de la conciencia activa. Yo apuesto por el segundo. Porque la tecnología no es buena ni mala en sí misma. Todo depende de cómo la usemos, de quién la controle, de para qué se implemente.

Como abuelo, como ciudadano, como hombre que ha visto el siglo dar muchas vueltas, me preocupa el mundo que dejaremos a quienes vienen detrás. Pero también confío. Confío en la capacidad del ser humano para corregir el rumbo, para reclamar su lugar, para seguir construyendo un porvenir donde la justicia no sea desplazada por la eficiencia ni la dignidad por la automatización.

No podemos detener el avance de la inteligencia artificial. Pero sí podemos humanizar su impacto. Regularla, comprenderla, hacerla parte de un proyecto ético común.

Porque, en última instancia, lo que está en juego no es la tecnología, sino la esencia de lo que somos como sociedad. Y si algo hemos aprendido en nuestra historia, es que cuando el ser humano se une en conciencia, aún es capaz de escribir las páginas más luminosas del porvenir.

Domingo Núñez