
Por Domingo Núñez Polanco
Economista.
“Las guerras son fáciles de comenzar, pero muy difíciles de terminar.”
— Juan Bosch
Un conflicto que muchos creyeron breve amenaza ahora con provocar un nuevo shock energético global, cuyas consecuencias podrían sentirse desde las grandes potencias industriales hasta las economías pequeñas y abiertas como la República Dominicana.
En el mapa geopolítico del mundo existe un punto pequeño en tamaño, pero gigantesco en su importancia económica: el estrecho de Ormuz.
Por esa estrecha franja marítima situada entre Irán y Omán circulan cada día cerca de 20 millones de barriles de petróleo, lo que equivale aproximadamente al 20 % del consumo mundial.
También atraviesa por esa vía alrededor de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.
En términos simples, una parte esencial de la energía que mueve la economía mundial pasa por ese corredor marítimo.
Por eso la confrontación militar que hoy se desarrolla en esa zona no debe interpretarse como un conflicto distante o meramente regional.
Lo que ocurra en Ormuz tiene el potencial de repercutir directamente en los precios del petróleo, en la inflación global y en la estabilidad económica de numerosos países.
Desde el inicio de las hostilidades, los mercados energéticos han reaccionado con nerviosismo. El precio del petróleo ha registrado aumentos importantes y diversos analistas advierten que, si el flujo energético por el estrecho se interrumpe de manera prolongada, el barril podría alcanzar niveles cercanos a 150 o incluso 200 dólares.
La historia económica moderna ofrece precedentes claros.
Las crisis petroleras de 1973 y 1979 desencadenaron una etapa de fuerte inflación y bajo crecimiento económico en gran parte del mundo industrializado, fenómeno que los economistas denominaron estanflación.
Hoy el sistema económico internacional es aún más interdependiente que entonces.
El transporte marítimo, la aviación, la producción de fertilizantes, la industria petroquímica y buena parte de la agricultura moderna dependen del flujo constante de energía. Cuando el petróleo se encarece, los costos se trasladan rápidamente a toda la cadena productiva.
Suben los precios del transporte, se elevan los costos de producción y los alimentos terminan reflejando esas presiones en sus precios.
Las economías asiáticas serían las más afectadas por una interrupción prolongada en Ormuz. Cerca del 80 % del petróleo que atraviesa ese estrecho se dirige hacia Asia, especialmente hacia China, India, Japón y Corea del Sur.
Europa también enfrentaría tensiones energéticas importantes, particularmente en el suministro de gas natural.
Pero América Latina y el Caribe tampoco quedarían al margen de una crisis energética global.
Aunque muchos países de la región no importan directamente petróleo del Golfo Pérsico, los precios internacionales del crudo determinan el costo de la energía en casi todas las economías.
Cuando el petróleo sube, suben también el transporte, la electricidad y numerosos bienes básicos.
Para la República Dominicana, el impacto podría sentirse con rapidez.
Nuestro país es un importador neto de petróleo. Un aumento prolongado del precio del crudo impactaría directamente el costo de los combustibles, presionará la inflación y elevaría los gastos en transporte y generación eléctrica.
Además, el Estado dominicano suele intervenir para amortiguar las alzas de los combustibles mediante subsidios, lo que termina generando presión adicional sobre las finanzas públicas.
El turismo —uno de los pilares fundamentales de la economía dominicana— también podría verse afectado si el aumento del combustible encarece significativamente los vuelos internacionales.
En una economía abierta como la nuestra, los shocks energéticos globales no tardan en sentirse.
Pero esta crisis también plantea una reflexión más profunda.
Cada vez que se inicia una guerra sin un consenso internacional amplio y sin haber agotado plenamente las vías diplomáticas, la credibilidad del sistema internacional se debilita.
Las instituciones que durante décadas han intentado sostener un orden basado en reglas pierden legitimidad cuando el uso de la fuerza parece imponerse sobre el diálogo.
La historia demuestra que muchas guerras comienzan con la promesa de ser rápidas y limitadas, pero terminan generando consecuencias mucho más amplias de lo previsto.
El estrecho de Ormuz ha sido durante décadas uno de los puntos más sensibles del equilibrio energético mundial.
Convertirlo en escenario de una confrontación prolongada no solo amenaza la estabilidad del Medio Oriente. También podría convertirse en la chispa que encienda una nueva crisis económica global.
Y cuando el precio de la energía sacude la economía del planeta, incluso países lejanos del conflicto —como la República Dominicana— terminan sintiendo sus efectos.
Porque en el mundo interdependiente del siglo XXI, las guerras que se libran en los corredores energéticos del planeta terminan afectando, tarde o temprano, la vida cotidiana de millones de personas que jamás estuvieron cerca del campo de batalla.
Cuando el petróleo entra en guerra, la economía mundial entra en peligro; cuando menos tarde o temprano termina tocando el bolsillo de toda la humanidad.
Por Domingo Núñez Polanco
Economista.
