Crónica de una madrugada sin sueño
(Memoria de un estudiante, 1974)
Por Domingo Núñez Polanco.
Hay noches que no terminan cuando amanece. Permanecen adheridas a la memoria como una cicatriz que no duele, pero enseña. En el llamado mes de la patria universitaria —cuando recordamos luchas, ideales y generaciones que caminaron entre consignas y bayonetas— conviene volver la mirada hacia aquellas experiencias que moldearon nuestra conciencia cívica. No para reabrir heridas, sino para comprender el precio de la libertad. No para alimentar resentimientos, sino para honrar la memoria.

Aquí la historia:
A finales de la década de los 60 y principios de los 70 (1967-1978) , la República Dominicana se encontraba en los albores de un periodo turbulento, el régimen de . consolidaba su poder tras casi ocho años de autoritarismo (el llamado gobierno de los 12 años).
La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) emergía como uno de los pocos espacios de disenso: profesores, estudiantes y dirigentes sociales se organizaban para desafiar la represión sistemática del Estado.
La figura de la estudiante Sagrario Díaz —herida de bala en la invasión policial a la UASD en abril de 1972— simbolizaba el precio doloroso de la resistencia estudiantil.
Organizaciones como la del Frente Universitario Socialista Democrático y otros movimientos estudiantiles exigían la liberación de presos políticos, justicia social y cambio democrático. En este contexto tenso y febril se forjó la convicción que llevó a miles de universitarios a convertir cada protesta en un acto de responsabilidad histórica.
En esa efervescencia de compromiso y militancia, a mediados de 1974 —julio o agosto, no lo recuerdo con exactitud— en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), el movimiento estudiantil, había convocado una marcha hacia el Palacio de Justicia, en Ciudad Nueva, en solidaridad con varios dirigentes estudiantiles que serían juzgados.
La marcha partió desde el recinto universitario como un río joven y decidido. Éramos miles. Cartelones alzados como pequeñas banderas pedían libertad para los presos políticos y el retorno de los exiliados. También vi profesores caminando con nosotros. No era solo una protesta: era un acto de dignidad compartida.
Al llegar a la intersección de la avenida Independencia con Máximo Gómez, el río encontró su dique. Un enorme contingente militar aguardaba, inmóvil, compacto, como una muralla de uniformes verdes y rostros tensos. Hubo intentos de diálogo entre dirigentes estudiantiles y autoridades. Pero el diálogo, en aquellos tiempos, era una palabra frágil.
El primer golpe rompió el aire. Luego los disparos. Luego los culatazos. El caos descendió como una tormenta súbita.
Corrí junto a mi compañero Narcizo Hernández, de Licey al Medio. Corríamos no solo por instinto, sino por supervivencia. Nos internamos en Gazcue. El corazón golpeaba más fuerte que las botas que nos perseguían.
Saltamos la verja de una residencia. En el patio, un jardinero —Elpidio— nos miró apenas un segundo y, sin preguntas, nos hizo señas para entrar. Aquel gesto silencioso fue un acto de humanidad en medio de la violencia. Dentro de la casa, dos sirvientas nos escondieron. Afuera, la Policía exigía nuestra entrega.
La vivienda pertenecía al hermano de un coronel del Ejército. Avisaron a la señora, que se encontraba en su consultorio. Ella llamó a su esposo, y este al coronel. Llegaron ambos.
El coronel nos habló con tono firme, casi paternal:
— Deben entregarse. No quiero perjudicar a mi hermano. Les garantizo que no serán maltratados.
No teníamos margen de elección. Afuera nos esperaba el teniente Aponte con una camioneta militar. Pidió “colaboración”. Apenas doblamos la esquina, comenzaron los golpes. Las esposas. Los empujones. La promesa se diluyó en el primer garrotazo.
Nos llevaron al Palacio de la Policía. Junto a otros compañeros ya detenidos, nos colocaron en fila bajo el sol. Tres horas casi inmóviles. Si alguno bajaba la cabeza, el garrote recordaba que la disciplina del miedo no admitía descanso.
Cerca de las cinco de la tarde nos trasladaron a la Preventiva del Ensanche La Fe. Allí el procedimiento fue casi administrativo: entrega de cédula, ficha, causa de detención: “alteración del orden público”. Qué fría puede ser la burocracia cuando encierra la injusticia en una línea de papel.
Dormimos amontonados. Yo me quedé junto al baño. El hedor era espeso, casi material. Mucho calor. Poca ventilación. Una nube de mosquitos persistentes, como si también vigilaran. Usé mis zapatos de almohada y la camiseta para cubrirme la cabeza. Cada vez que alguien iba al baño, me pisaba. No hubo sueño. Solo resistencia.
A eso de las tres de la madrugada nos sacaron al comedor. Nos fotografiaron. Nos ficharon como “revoltosos comunistas”. Las cámaras disparaban sin pólvora, pero con etiqueta. Regresamos al pasillo, ese corredor húmedo donde el tiempo parecía detenido y el futuro cabía en un suspiro.
Aquella fue, literalmente, una madrugada sin sueño.
No dormían los cuerpos, pero tampoco dormía la conciencia. El miedo circulaba como el aire caliente del pasillo, pero junto a él también circulaba algo más fuerte: la certeza de que no estábamos solos.
El amanecer trajo algo distinto. Un funcionario nos llamó por nuestros nombres.
— Ustedes pueden retirarse.
Nos liberaban.
Nadie celebró. Nadie gritó. Solo miradas cruzadas, alguna lágrima contenida. Caminamos hacia la salida sintiendo el peso del aire libre en cada respiración. La libertad tiene un olor particular cuando se ha estado encerrado.
De aquella noche en la Preventiva del Ensanche La Fe, escribí luego:
Lo vivido aquella noche no se borra. Ni la humedad del pasillo. Ni el zumbido persistente de los mosquitos. Ni el sabor metálico del miedo en la boca.
Pero tampoco se borra la dignidad. Ni la solidaridad del jardinero que abrió la puerta sin preguntar. Ni la firmeza de quienes no bajaron la cabeza.
Lo que ocurrió aquella noche de 1974 no fue un hecho aislado: formó parte de una época en la que pensar distinto tenía consecuencias. Muchos jóvenes conocimos, demasiado pronto, el peso del uniforme, la dureza del asfalto y el silencio de una celda preventiva. Contar estas historias no es nostalgia. Es responsabilidad generacional. Porque los pueblos que olvidan su memoria terminan repitiendo sus errores con nuevos nombres y nuevas excusas.
Dedicatoria
Para los que caminaron conmigo.
Para los que no volvieron.
Para los que aún luchan.
En la penumbra de una celda,
donde el sueño se arruga en los rincones,
donde la patria cabe en una camiseta usada
y el futuro se escucha detrás de una verja oxidada…
allí también florece el alma.
Esta historia es para ellos.
Para quienes no se arrodillaron.
Para quienes creyeron que resistir
era otra forma de amar.
Por Domingo Núñez Polanco
