Cada 27 de febrero, el país vive una liturgia doble: la cívica y la religiosa.
Primero, la rendición de cuentas del presidente ante la Asamblea Nacional. Luego, el tradicional Tedeum en la histórica Catedral Primada de América, símbolo espiritual de nuestra memoria colectiva.

Según reseñó el Listín Diario en su edición del 27 de febrero de 2026, el arzobispo coadjutor de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Carlos Tomás Morel Diplán, aprovechó el solemne escenario para pronunciar palabras que no pasaron desapercibidas.
Su mensaje fue directo: habló de una “crisis moral”, de la pérdida de valores, de la avaricia como “cáncer social”, de la explotación irracional de los recursos naturales y de la necesidad de proteger la identidad nacional.
Más que un discurso religioso
En fechas patrias, las palabras adquieren otro peso. No se trata solo de homilías; se trata de conciencia nacional.
El arzobispo advirtió sobre lo que llamó “grupos malsanos” que pretenden imponer hegemonías contrarias a los valores del pueblo dominicano. También se refirió a la explotación de recursos naturales —por manos nacionales y extranjeras— como una forma moderna y sutil de amenaza a la soberanía.
Aquí conviene detenernos.
La República Dominicana ha vivido invasiones, ocupaciones y dictaduras. Nuestra historia no es ingenua. Cuando se habla de soberanía, no se habla solo de fronteras físicas; se habla de decisiones económicas, de concesiones mineras, de agua, de tierra, de bosques, de qué modelo de desarrollo queremos.
La pregunta de fondo es:
¿Estamos creciendo con equilibrio o estamos hipotecando el porvenir?
Naturaleza y responsabilidad
Hablar de “explotación irracional” no es un eslogan. Es una alerta.
Los recursos naturales no son inagotables. Y el desarrollo sin prudencia termina siendo pobreza futura.
Crisis moral y educación.
Otro punto sensible del discurso fue la rebeldía en las escuelas y la agresión a los maestros. Ese fenómeno no es aislado. Refleja una fractura más profunda: la erosión del respeto.
No se trata de idealizar el pasado —toda generación cree que la siguiente está perdida—, pero sí de reconocer que la autoridad, cuando se pierde, no se reemplaza con tecnología ni con discursos. Se reemplaza por un ejemplo. La familia, la escuela, la comunidad y el Estado comparten responsabilidad. No es tarea exclusiva de la Iglesia ni del gobierno.
Ideologías y dignidad humana
El arzobispo también cuestionó ciertas corrientes culturales que, según su visión, atentan contra la dignidad humana. Ese es un terreno delicado en sociedades democráticas.
Pero más allá del debate ideológico, la pregunta esencial permanece:
¿Estamos formando ciudadanos con sentido de responsabilidad, respeto y compromiso con el bien común?
Ahí está el núcleo.
La avaricia como enfermedad social
Cuando Morel Diplán describió la avaricia como el “cáncer social más cruel”, tocó una fibra universal.
La corrupción, el clientelismo, el afán desmedido de lucro, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno… todo eso nace de la misma raíz: poner el interés personal por encima del bien colectivo.
Y en eso, ningún sector puede declararse inocente.
Una reflexión desde DomingoLaRevista
Más allá de simpatías o diferencias con el tono del discurso, el 27 de febrero nos invita a algo más profundo que banderas y cañonazos: nos invita a examinarnos.
La patria no se defiende solo con discursos solemnes.
Se defiende con educación sólida.
Con justicia imparcial.
Con desarrollo sostenible.
Con familias fuertes.
Con ciudadanos conscientes.
Duarte habló de virtud. Luperón habló de dignidad. Bosch habló de ética pública.
Hoy, en medio de crecimiento económico y tensiones sociales, el llamado sigue siendo el mismo: libertad con responsabilidad.
Porque la independencia no es un hecho del pasado.
Es una tarea diaria.
Domingo Núñez
