En medio del ruido político, las tensiones geopolíticas y los complejos desafíos sociales que abordamos semana a semana, a veces olvidamos mirar hacia dentro: a nuestras propias historias, a las pequeñas experiencias cotidianas que, sin hacer tanto alboroto, también nos enseñan.
A partir de hoy, abriré un nuevo espacio en este rincón de reflexión. Un espacio para compartir vivencias cercanas, momentos que quizás no ocuparán titulares, pero que laten con fuerza en el alma de quienes los vivimos.
Historias sencillas, a veces íntimas, otras colectivas, que nos recuerdan que lo humano no siempre se debate en los grandes foros, sino también en un café compartido, en una decisión difícil, en una conversación inesperada o en una mirada que dice más que mil discursos.
Estos relatos no pretenden dar lecciones, sino tender puentes. Porque a través de lo vivido, lo cotidiano y lo personal, también podemos aprender, comprender y acompañarnos.
Bienvenidos a este nuevo recorrido.

El Precio de la Honradez.
En la Vega de los años cincuenta del siglo XX, bajo el sol inclemente que maduraba las vastas extensiones de arroz, la vida transcurría con el ritmo pausado pero constante de las comunidades agrícolas.
En el cruce de Rincón, una laboriosa sección del municipio de La Vega, la vida, como en los demás campos dominicanos, se debatía entre la esperanza del trabajo honrado y el temor al poder absoluto.
Fue en ese escenario que mi padre, hombre sencillo y emprendedor, levantó con esfuerzo una pulpería en el cruce de Rincón.
El colmado de mi padre era más que un negocio; era un punto de encuentro, de aquel mundo laborioso.
La región respiraba arroz: grandes extensiones de fincas inundaban el paisaje con sus verdes uniformes. Ese cultivo era el sustento principal de muchas familias, incluido mi padre, que desde su colmado abastecía a los campesinos de la zona.
Frente a su negocio se encontraba una finca arrocera de grandes proporciones, propiedad de Virgilio Trujillo, hermano del dictador , figura discreta pero influyente. Virgilio era respetado en la comunidad por su trato directo y su palabra cumplida.
En un acuerdo que aún hoy parece insólito por su honestidad, autorizó a los jornaleros de su finca a tomar productos «fiao» en el colmado de papá. Cada semana, él mismo pasaba por allí y liquidaba, sin falta ni reparos, las deudas de sus trabajadores. Este pacto silencioso trajo prosperidad al negocio.
Mi padre, con esa fe campesina que se construye con trabajo y confianza, prosperó mientras duró la relación comercial con Virgilio.
La vida, irónica y serpenteante, teje sus propios lazos. Lo que él nunca imaginó, mi padre, fue que aquel hombre —recto, silencioso, eficaz— acabaría siendo el padre de su futura nuera.
Virgilio Trujillo tuvo una hija con Dulce María Bretón Alba, a quien todos llamaban «Cuca». Su hija, Dulce María Atagracia Bretón, conocida familiarmente como Julita se convertiría años más tarde en mi esposa y madre de mis tres hijos: Arielina, Adriana y Adrián.
Ironías del destino: cuando papá estrechó la mano de Virgilio Trujillo, nunca supo que estaba saludando al abuelo de sus nietos.
Eran los tiempos del yugo implacable de Rafael Leónidas Trujillo. Pero la bonanza no dura en tierras sacudidas por el poder.
Tiempo después, Virgilio vendió la finca a uno de los hermanos De la Maza, quienes, paradójicamente, serían protagonistas en la conspiración que llevó a la muerte del mismísimo Trujillo.
Aunque al principio los nuevos dueños continuaron el acuerdo con papá, pronto comenzaron los problemas. Eran hombres astutos, sí, pero también tramposos.
Alegaban excusas para retrasar los pagos, y a menudo, simplemente no pagaban. Las deudas crecieron, el flujo de caja se quebró, y el negocio de papá —que tanto sudor le había costado— terminó por venirse abajo.
Con el colmado cerrado, sin ingresos y con su joven familia a cuestas, papá se refugió con mi madre y su primer hijo, Modesto, en la casa de mis bisabuelos maternos: don Miguel Robles y doña Filomena Bonifacio, en el paraje de Las Lagunas de Guaco, también en La Vega.
Pasaron semanas de incertidumbre. Pero papá no era hombre de rendirse. Decidió buscar ayuda. Recordó entonces a Virgilio Trujillo, aquel hombre de palabra. Lo encontró, le explicó su desgracia y le pidió alguna recomendación. Virgilio, aún con cierta influencia, no dudó en escribirle una carta de respaldo a su amigo, el entonces Secretario de Agricultura: Manuel Alonso de Moya.
Papá viajó a San Cristóbal con la carta en mano. De Moya lo recibió con cordialidad, como quien acoge a alguien que llega con el aval de un nombre de peso. Le ofreció el cargo de Guarda Bosque, una posición muy bien remunerada para la época, con ciertas prerrogativas: un revólver al cinto, un caballo como medio de transporte, y la autoridad para detener a cualquiera que talara un árbol sin autorización.
Papá, aunque agradecido, no se sintió cómodo con la idea. El cargo, más allá del sueldo, implicaba riesgos reales. Era un tiempo en que hacer cumplir la ley significaba enfrentarse a personas con poder, con armas, o simplemente, con amigos en altos lugares. Rechazó la oferta con respeto.
Alonso de Moya, perceptivo, no insistió. Entonces De Moya le dio una segunda opción: un curso de técnico agrícola por correspondencia.
Le entregó varios folletos con instrucciones. «Estudie este material», le dijo con una mezcla de mandato y oportunidad. «Vuelva en tres meses. Le haremos una evaluación.» Era un salvavidas de papel, pero mi padre lo agarró con ambas manos. Papá aceptó con entusiasmo, convencido de que esa oportunidad le abriría nuevas puertas.
Y así lo hizo.
Estudió con empeño, repasó cada manual, anotó cada concepto. Tres meses después, regresó a San Cristóbal. Pero algo había cambiado. Tres meses de estudio fervoroso en la paz precaria de Las Lagunas pasaron volando. Con la esperanza renovada y los folletos subrayados bajo el brazo.
Ignoraba que en el mundo del régimen, los favores y las desgracias se sucedían con la velocidad de un relámpago.
Al llegar, el oficial de turno, le preguntó:
—¿A quién busca?
—Tengo una cita con el Secretario Manuel de Moya Alonso. Él me entregó estos folletos y me dijo que volviera.
El oficial lo miró fijamente, luego se inclinó y, en voz baja, le susurró:
—No mencione ese nombre aquí… está en desgracia con el Jefe. Si no quiere problemas, márchese ahora mismo.
El mundo se le vino encima a mi padre. La noticia del relevo fue un golpe seco. Estar asociado a un hombre en desgracia era una condena. «¿Y qué hago ahora?», preguntó, perdido. La respuesta fue un consejo urgente y sobrecogedor: «Largarse ahora mismo de este lugar si no quiere tener problemas».
Papá, aturdido, dio media vuelta y salió. Al salir de aquel edificio que ahora parecía una trampa, sólo una idea resonó en su mente, un eco de la oportunidad despreciada: ‘Debí haber aceptado la oferta de Guarda Bosque que me hizo De Moya Alonso… Me dicen que era un buen cargo.’
No sabía qué había hecho De Moya, pero en aquella dictadura, una «desgracia» bastaba para desaparecer a un hombre… y a todos los que lo nombraran.
Y así, en ese rincón olvidado de la historia, convergieron los destinos de tres hombres: uno que fue suegro sin saberlo, otro que fue víctima de los hilos oscuros del poder, y mi padre, que solo buscaba salir adelante.
Porque en la Era de Trujillo, cada decisión podía ser una cruz… o una salvación disfrazada.
Por Domingo Nuñez Polanco
