Crónica de un ríocidio anunciado
Dicen que los ríos son las venas de la tierra. En la República Dominicana, durante décadas, esas venas corrieron caudalosas, generosas, cristalinas. Alimentaban con vida a los campos, sostenían comunidades, y eran espacios de encuentro, de juego, de identidad. Hoy, muchos de esos ríos están muriendo lentamente: asfixiados por la deforestación, contaminados por la indiferencia y amputados por proyectos mal planificados que privilegian el cemento sobre la tierra fértil.

Los datos son preocupantes. En las últimas décadas, caudales como el Yuna, el Nizao, el Artibonito o el Yaque del Norte han visto disminuir su volumen de forma alarmante. Ríos que antes eran orgullo de las comunidades, ahora son sombras de lo que fueron. Y con ellos, se pierden también memorias, infancias, culturas, y una parte vital de nuestro equilibrio natural.
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos recordar. Necesitamos volver a mirar esos espacios como algo más que agua. Porque no se puede proteger lo que no se ama. Y no se ama lo que no se recuerda.
Había un río que no era solo agua: era vida.
Lo llamaban Caño Ancho, y aunque ya no existe del todo, aún fluye dentro de mí con la fuerza de una corriente que la memoria se niega a secar.
Quedaba cerca de la casa de los abuelos, entre tierras familiares y montes que olían a café recién florecido. Bastaba con terminar las faenas del campo —darle maíz a las gallinas, cargar el agua del río, ayudar en el conuco— para salir disparados, como potros desbocados, hacia el río.
Éramos cinco, como los dedos de una mano:
Isidro, mi tío juguetón; Modesto, mi hermano querido; Ramoncito Rodríguez y Félix Tineo, mis primos inseparables; y yo, con el alma en los talones. Cruzábamos veredas, burlábamos cercas, saltábamos zanjas… todo por un chapuzón en las aguas templadas de Caño Ancho.
¡Qué delicia meterse en el río con el sol a plomo sobre la cabeza y la risa en el cuerpo!
Saltábamos desde piedras, nos deslizábamos como truchas entre la corriente, y competíamos por quién aguantaba más la respiración bajo el agua. A veces salíamos con jaibas en la mano o con algas en el pelo, y era la gloria.
Y si llovía, mejor.
Porque el agua se alborotaba y nosotros también.
La lluvia no nos espantaba: nos bautizaba.
Nos hacía parte del paisaje, como si fuéramos hijos del río, de la brisa, del barro fértil que todo lo curaba.
Pero un día, el río comenzó a desaparecer.
Primero, el caudal se volvió perezoso. Luego, vinieron las máquinas. El rugido del progreso —vestido de asfalto y metal— lo partió en dos. La compañía americana, «Elmo», llegó con promesas de modernidad, y a cambio se llevó el alma líquida de nuestro pueblo. Construyeron la Autopista Duarte en los años 50, y con ella, el crimen silencioso: el ecocidio, o mejor dicho, el ríocidio.
No fue solo Caño Ancho el que murió.
También Hatubey y Jayaco, ríos hermanos, fueron víctimas de la avaricia disfrazada de desarrollo. Nadie los lloró en voz alta, pero nosotros sí.
Desde entonces, cada vez que regreso a ese paisaje seco, siento que falta algo… como si al campo le hubieran arrancado su canto.
Hoy, cuando llueve y miro por la ventana, me parece oír al Caño Ancho llamándome.
Como si sus aguas, aunque ausentes, me susurraran:
«Recuerda, niño de barro y de soles, que alguna vez tu cuerpo flotó en mí, y tu alegría fue mi corriente.»
Y yo, sin poder evitarlo, me dejo llevar por esa corriente invisible.
Porque hay ríos que no se mueren…
Solo se transforman en recuerdos que siguen corriendo dentro del alma.
Ojalá que recordar sea el primer paso para proteger.
Porque si el agua muere, muere la vida.
Bonao, República Dominicana
Por Domingo Núñez Polanco
domingonpolanco@gmail.com
