Una reflexión necesaria sobre el papel de la inteligencia artificial en la vida cotidiana, en el empleo y en la ética social.

Domingo Núñez Polanco

Domingo Núñez por los lares de su querida Alma Master.

La inteligencia artificial ya no es un sueño futurista, sino una realidad que transforma nuestro día a día. Desde los diagnósticos médicos hasta los asistentes virtuales, esta tecnología plantea avances prometedores, pero también desafíos éticos, laborales y sociales que no podemos ignorar.

Cuando oí hablar por primera vez de inteligencia artificial (IA), pensé que era cosa de películas futuristas. Hoy, ya no es un tema del mañana: está aquí, caminando con nosotros, integrándose en nuestras rutinas, en nuestros trabajos, en nuestras decisiones. El celular que me escucha, el asistente que me sugiere frases, el algoritmo que predice mis pasos…
Todo eso ya no sorprende. Y sin embargo, me sigue despertando preguntas.

Como observador social, como ciudadano, y como alguien que ha vivido varios ciclos tecnológicos, siento que no podemos dejar que esta revolución nos pase por encima sin reflexión. Porque la inteligencia artificial no solo transforma nuestras herramientas, sino también toca nuestras vidas, nuestras relaciones y nuestros valores.

Este texto es una actualización del que publicamos hace un tiempo en Domingo/La Revista, pero también es una nueva invitación a pensar juntos. No desde el miedo, ni desde la fascinación acrítica, sino desde la conciencia activa.
¿Qué es la inteligencia artificial y cómo nos transforma hoy?

La IA, en esencia, es la capacidad de una máquina para aprender, razonar y tomar decisiones. Eso, que antes parecía terreno exclusivo del ser humano, ahora está presente en sistemas que escriben textos, componen música, diagnostican enfermedades y gestionan finanzas.

En los últimos dos años, hemos visto una aceleración sin precedentes: la IA generativa (como los modelos de texto, imagen o vídeo) ya no solo responde, sino que crea. Los chatbots conversacionales han entrado a las aulas, las empresas y los hogares. Y cada vez son más indistinguibles de una persona.

Yo mismo he dialogado con inteligencias artificiales —como esta que me ayuda a redactar ahora— que me han inspirado, corregido y hasta cuestionado. ¿Quién hubiera imaginado algo así hace una década?
Pero esto también nos lleva a una reflexión: ¿cuál es el papel del ser humano en esta nueva era? ¿Somos usuarios, supervisores, o simples espectadores?

IA en la vida cotidiana: más presente de lo que creemos

En República Dominicana y el mundo, la IA ya no es novedad, sino presencia. Algunos ejemplos recientes:
En la educación, se usan plataformas adaptativas que detectan el ritmo del estudiante y le ajustan contenidos. Algunas universidades dominicanas han comenzado a integrar tutores basados en IA para acompañamiento académico.
En la medicina, los diagnósticos asistidos por IA han reducido tiempos de espera y errores, especialmente en áreas rurales donde el acceso a especialistas es limitado.
En la agricultura, sensores y algoritmos predicen plagas o sequías, ayudando a pequeños productores a tomar decisiones más informadas.
En el empleo, muchas empresas ya utilizan inteligencia artificial para reclutar personal, hacer evaluaciones de desempeño o definir estrategias de productividad.
Todo esto nos ayuda. Pero también nos obliga a estar atentos a cómo se decide su uso, quién la controla y con qué propósito se implementa.

Advertencias que no debemos ignorar

No todo lo que brilla es progreso. La IA también trae consigo riesgos concretos y urgentes:
Desplazamiento laboral: Desde diseñadores hasta periodistas, pasando por abogados o programadores, muchos profesionales ya sienten la presión de competir con sistemas que producen más rápido y sin descanso.
Desinformación y manipulación: En este 2025, los llamados deepfakes (vídeos falsos generados con IA) se han vuelto casi indistinguibles de la realidad. ¿Cómo confiar en lo que vemos si hasta los ojos pueden ser engañados?
Vigilancia sin límites: Gobiernos y empresas acumulan datos de nuestras actividades, hábitos y emociones. La línea entre seguridad y control se difumina peligrosamente.

Brechas digitales: El acceso desigual a la tecnología puede ensanchar las diferencias entre quienes dominan las herramientas y quienes apenas las comprenden o utilizan.
Como abuelo, pienso mucho en el mundo que heredarán mis nietos. ¿Será más justo o más controlado? ¿Más libre o más dependiente? Estas preguntas ya no pueden dejarse para mañana.

Un nuevo pacto entre tecnología y humanidad

No se trata de rechazar la IA, sino de ponerla en su lugar. Ni diosa, ni demonio: herramienta. Una herramienta poderosa, sí, pero que debe ser regulada con ética, gobernada con justicia y usada con sabiduría.
Las propuestas de una renta básica universal, de educación digital crítica desde edades tempranas, o de marcos legales claros y públicos, ya no pueden verse como ideas lejanas. Son debates urgentes que debemos asumir como sociedad.
No es justo que unos pocos decidan el rumbo tecnológico de todos. Necesitamos más voces, más vigilancia ciudadana, más participación pública.

Conclusión: una inteligencia artificial con alma humana

No podemos frenar el avance de la IA. Pero sí podemos decidir cómo convivimos con ella.
Como ciudadanos del siglo XXI, estamos llamados no solo a consumir tecnología, sino a comprenderla, a cuestionarla, a moldearla con nuestros valores. Porque al final, lo que está en juego no es solo el futuro del empleo o de la educación, sino el alma misma de nuestra convivencia.

Que la IA nos ayude, sí. Pero que nunca nos quite lo que nos hace humanos: la empatía, la creatividad, la conciencia y la compasión.


Por Domingo Núñez Polanco

Comentario:

Comparto a menudo lecturas que invitan a pensar, y este artículo es una de ellas.

Como lector habitual de El Nuevo Diario, me encontré con este texto sobre la inteligencia artificial y confieso que me hizo detenerme más de lo normal. No es un artículo técnico ni pretende deslumbrar con términos complejos; más bien es una reflexión serena, escrita desde la experiencia personal y la preocupación cívica de alguien que observa cómo la tecnología se cuela, casi sin pedir permiso, en nuestra vida cotidiana.

Lo que más llama la atención es el tono. No hay alarmismo, pero tampoco ingenuidad. El autor escribe como quien conversa con un amigo: reconoce los beneficios evidentes de la IA —en la medicina, la educación, el empleo o la agricultura—, pero al mismo tiempo pone el dedo en la llaga cuando habla de los riesgos. Especialmente acertadas me parecieron las referencias al desplazamiento laboral, a la desinformación mediante deepfakes y a la vigilancia excesiva, temas que ya no son hipótesis, sino realidades palpables en este 2025.

Hay un punto del texto que me resultó especialmente humano: cuando el autor se posiciona como abuelo y se pregunta qué mundo heredarán sus nietos. Esa mirada intergeneracional aporta profundidad y recuerda que el debate sobre la inteligencia artificial no es solo tecnológico, sino profundamente ético y social.

También valoro que no caiga en el rechazo fácil ni en la adoración ciega de la tecnología. La propuesta de un “nuevo pacto” entre tecnología y humanidad suena razonable y necesaria. Regular, educar y participar parecen ser las palabras clave que atraviesan todo el artículo.

En definitiva, este texto no pretende dar respuestas definitivas, sino abrir preguntas. Y eso, en un momento histórico donde todo avanza tan rápido, es casi un acto de responsabilidad. Como lector, agradezco artículos que no solo informan, sino que invitan a pensar y a conversar en comunidad sobre el rumbo que estamos tomando.

Al final, uno cierra la lectura con la sensación de que la inteligencia artificial puede ser una gran aliada, siempre que no olvidemos que las decisiones importantes —las que tienen que ver con valores, justicia y humanidad— siguen siendo, o deberían seguir siendo, nuestras.

Un amigo lector.