A mis tesoros de New Jersey
Por Papi Mingo

Hay momentos en la vida que no se cuentan por horas, sino por abrazos. Y cada vez que escucho esas dos palabras mágicas, gritadas con alegría desde el fondo de sus corazones —¡Papi Mingo!— siento cómo mi alma se ensancha y se llena de luz.

Mis cuatro luceros, nacidos del amor de mi hija Arielina, llevan en sus risas la promesa de un mañana lleno de esperanza. Abelito, Alía, Amirah y Amer… Sus nombres son música para mí. Son mi canción favorita, mi historia más feliz, el eco de mi legado.

Viven lejos, allá en tierras del norte, en New Jersey, mientras yo permanezco aquí, en esta isla que me vio nacer. Pero la distancia no borra el amor, ni los recuerdos, ni los abrazos. Cuando el tiempo nos concede la dicha del reencuentro, no hay palabras suficientes para describir ese instante mágico en que corren hacia mí, en tropel, como un pequeño ejército de alegría. Me envuelven, me rodean, me llenan el pecho de vida. Y entonces, el mundo se detiene, y solo existe ese grito bendito:
¡Papi Mingo!

Sus ojos me miran con ternura, sus voces me suplican entre risas:
—¡Sácanos a pasear, papi Mingo!
Y cómo negarme, si en su entusiasmo está la chispa que enciende mis días, el motor que me impulsa a seguir caminando con ilusión.

No sé qué me deparará el mañana, pero sí sé que hoy quiero dejarles estas palabras como un regalo. Para que cuando sean grandes y el tiempo pase, recuerden que hubo un abuelo que los amó con toda el alma, que los soñó incluso antes de conocerlos, y que cada encuentro con ellos era una fiesta del corazón.
Con amor eterno,
Papi Mingo

Canto al fruto de mi retoño


Cuando ustedes gritan «¡Papi Mingo!» no solo me llaman… me despiertan la vida, me llenan de una alegría que ni el tiempo ni la distancia pueden borrar.


Desde esta tierra cálida de palmas y café, pienso en ustedes, mis cuatro estrellitas del norte, mis nietos del alma que viven lejos pero moran cerquita del pecho.


Abelito,
Mi primer gran asombro, mi rayo de sol inquieto.
En tus pasos valientes veo el futuro que soñé. Tienes la risa de los que conquistan el mundo, y cada vez que corres a abrazarme, el mundo es perfecto.

Alía,
Mi flor de ternura, dulce melodía en el viento. Tus ojos son espejos de cariño sincero, y tu voz, como campanas suaves, me recuerda que la inocencia aún vive.

Amirah,
pequeña con alma de reina. Tu mirada es firme, tu presencia, fuerte.
Traes contigo una calma sabia, una fuerza escondida que me llena de respeto y orgullo.

Amer,
El más chiquito de mi tropel, pero no por eso el menos intenso.
Eres chispa y travesura, risa contagiosa y abrazo apretado.
A tu lado, el mundo se vuelve juego, y yo, un niño otra vez.

Cuando los cuatro corren hacia mí, cuando en coro sueltan el grito sagrado de ¡Papi Mingo!, yo renazco.
Y aunque viva en la tierra donde nací, mi corazón está allá, en cada paso que dan, en cada beso que me lanzan desde el otro lado del mar.

Un día, quizás, lean esto ya adultos. Y quiero que sepan que su abuelo los amó más de lo que cabía en su pecho, y que cada paseo, cada cuento, cada risa compartida, fue un regalo que aún hoy sigue brillando.

Con amor eterno, Papi Mingo