En el marco del 162 aniversario de la Guerra de la Restauración, que conmemoramos este 16 de agosto, desde domingon.com la revista rendimos homenaje a una de las figuras más emblemáticas de esa gesta patriótica: Gregorio Luperón. En esta entrega, más que hablar del conflicto en sí, queremos destacar al líder, al estratega, al visionario que se convirtió en símbolo de la dignidad nacional. Honramos su legado con orgullo y memoria viva…

Domingo Núñez posa entre los óleos de Duarte y Luperón pintado por el artista plástico dominicano Miguel Núñez

Hablar de Gregorio Luperón es hablar de una de las figuras más luminosas y coherentes de la historia dominicana. Este tríptico —compuesto por tres entregas— busca acercarnos a su vida, pensamiento y legado, no desde una perspectiva meramente biográfica o académica, sino desde una mirada comprometida, reflexiva y admirativa. Se trata de un homenaje, pero también de una invitación a releer su ejemplo como guía para los desafíos éticos, políticos y sociales de nuestro tiempo.

Luperón: la estatura moral del héroe.

Cuando leo quién fue realmente Luperón, no puedo evitar sentir que se habla no solo de un héroe del siglo XIX, sino de un tipo de hombre que hoy nos hace mucha falta: íntegro, valiente, sin dobleces, sin afán de protagonismo. Luperón no buscaba que su nombre se repitiera en las academias ni que sus palabras se conservaran en mármol. Le bastaba con actuar. Y eso, en mi experiencia de vida, es lo que da verdadero peso a una persona: la coherencia entre lo que se dice, lo que se cree y lo que se hace.

He vivido tiempos de discursos grandilocuentes y gestos vacíos. Y en medio de eso, figuras como Luperón brillan con una luz especial. Bosch lo dice con claridad: «…no era orador ni escritor, y ni siquiera le importaba serlo. No lo movía la vanidad del reconocimiento público, sino el sentido del deber, el compromiso con la patria herida» Eso, para mí, es la mayor grandeza. Porque hay quienes hablan de patria y nunca se ensucian los pies por ella. Luperón, en cambio, se echó la patria al hombro, no desde un escritorio, sino desde el lodo, el monte, el exilio y el campo de batalla.

A veces pienso que nuestra historia está necesitada de rescatar ese tipo de liderazgo: el que no se luce en los flashes ni se esconde tras papeles, sino que se encarna en el servicio y en el sacrificio. Yo crecí creyendo en ese tipo de ejemplo, y por eso estas palabras de Bosch me llegan tan hondo. La “guerra popular” de la que habla no es solo un episodio militar; es también una forma de entender la lucha: con el pueblo, por el pueblo y junto al pueblo.
Hoy, en estos tiempos de confusión ética, donde muchas veces se aplaude más al que habla bonito que al que obra con firmeza, vale recordar que hubo un Luperón que no necesitó adornos para ser grande. Su estatura era moral, su voz era acción, y su historia, un llamado constante a no claudicar.

En la primera entrega, abordamos su origen humilde, su temprana vocación patriótica y su liderazgo en la gesta de la Restauración, cuando el país se jugaba su soberanía frente a la anexión a España. La segunda entrega se detiene en su pensamiento político, en su firme vocación democrática y en su visión de futuro para la nación. Finalmente, la tercera entrega ahonda en su carácter humano, su honestidad, su visión ética de la política y el profundo amor a la patria que lo acompañó hasta la muerte.

Estas páginas quieren ser más que una remembranza: son una forma de mantener viva la llama de sus ideales. Luperón fue más que un militar victorioso; fue un ciudadano ejemplar. Su legado trasciende las fechas y los monumentos, y nos llama, con la fuerza de su ejemplo, a ser coherentes con los principios que fundan una patria digna.

Luperón, un hombre excepcional (Primera entrega)

En el marco del 162 aniversario de la Guerra de la Restauración, que conmemoramos este 16 de agosto, desde domingon.com la revista rendimos homenaje a una de las figuras más emblemáticas de esa gesta patriótica: Gregorio Luperón, héroe nacional y patriota. En esta ocasión, Domingo/La Revista publicará una serie de entregas dedicadas a su vida y obra, destacando a este dominicano excepcional: el General de División Gregorio Luperón.

Comencemos con la primera entrega:

Al filo de la madrugada, un 8 de septiembre de 1839, en la ciudad de Puerto Plata, una partera sudaba la gota gorda, luchaba por traer al mundo a una criatura cuya llegada se complicaba. Finalmente, la comadrona ganó la batalla, y Nicolasa Duperrón, mujer de origen humilde y caribeño, vio nacer a su hijo, a quien cariñosamente llamarían Gollito.
Nicolasa, de linaje humilde y proveniente de una de las islas colonizadas por Francia, fue madre de varios hijos, entre ellos José Gabriel, Bernardo, Manuela, Dolores y Ramona.

El apellido Duperrón, de origen francés, evolucionó hasta convertirse en Luperón. Separada de su compañero Pedro Castillo, Nicolasa enfrentó con coraje la tarea de criar y educar a sus hijos. Rufino Martínez la describió como «una mujer vigorosa, dueña de sí, que imponía a los hijos la virtud del trabajo».

Desde muy pequeño, Gregorio demostró una personalidad singular, curiosa y despierta. En el ventorrillo de su madre, aprendió el valor del esfuerzo, vendiendo frutas y dulces por las calles de Puerto Plata. Se le veía frecuentemente detenido frente a la escuela del pueblo, deseoso de aprender. Fue así como el pastor William Towler, ministro wesleyano llegado en 1838 a la ciudad, lo acogió como alumno y le enseñó las primeras letras.

Towler fue, según el propio Luperón, su único maestro. En la escuela metodista aprendió a leer y escribir, se introdujo al inglés y al francés, y recibió formación moral y espiritual. Siempre llevó consigo una Biblia en francés y comenzó su formación autodidacta leyendo libros como Vidas paralelas de Plutarco, obra que lo inspiró profundamente.
En 1851, con apenas 12 años, dejó el hogar materno para trasladarse a Jamao, donde comenzó a trabajar para don Pedro Eduardo Dubocq, un antiguo oficial del ejército francés y liberal ilustrado. Dubocq, amigo de Juan Pablo Duarte, se convirtió en su protector. Luperón se formó en su biblioteca y aprendió estrategias militares. Allí conoció también al general Ramón Mella, quien le enseñó la técnica de la guerra de guerrillas.

La vida de Luperón estuvo marcada desde su inicio por una mística singular, como si el destino lo hubiese elegido para cumplir un papel extraordinario. Su historia recuerda las palabras de Silvio Rodríguez en su canción El Elegido, al describir a seres «de otro mundo» que vienen con una misión. Así fue Gregorio Luperón: un ser predestinado, un héroe forjado desde la adversidad.

A los 18 años, ya asumía responsabilidades como capataz en los cortes de caoba, y en 1857, lideró un cantón militar en Jamao, su primera incursión pública. También estableció una tienda de comercio en Yasica. Su oposición a la anexión a España en 1861 lo llevó a la cárcel y al exilio, pero su pasión patriótica lo mantuvo siempre activo. Se incorporó desde la clandestinidad a la lucha restauradora.

En 1863, con el Grito de Capotillo, inicia formalmente la Guerra de la Restauración, en la que Luperón se destacó como la primera espada. Su vida estuvo llena de exilios, persecuciones, triunfos y derrotas. Antes de ser reconocido como prócer, fue un niño pobre, vendedor ambulante, aprendiz curioso, trabajador infatigable y autodidacta comprometido.

Uno de los episodios que cimentaron su fama fue «el pleito de Goyito», cuando se enfrentó a machete con unos asaltantes, dejando dos muertos. Desde entonces se le consideró un hombre valiente.
Luperón fue, en palabras de Carlyle y Emerson, un hombre de acción y de ideas, un símbolo de talento y fe, de energía y pensamiento. En su ideario, recopilado por José Checheco, se reconoce la influencia de la Iglesia Metodista en su formación moral y espiritual. Fue un patriota con profundas convicciones éticas, entregado a la causa de la libertad.

Según la RAE, héroe es quien se distingue por sus hazañas, virtudes y valentía. Gregorio Luperón encarna cabalmente ese ideal: un referente que inspira, un ejemplo que trasciende el tiempo, una figura que nació del pueblo y lo representó con honor.

La Restauración fue el escenario donde nuestro Luperón pasó a ser la primera espada de esta gesta patriótica en la que se recuperó la República. Por estos avatares —luchas, persecuciones, exilios en tierras lejanas y desconocidas, decepciones— y también por sus momentos de gloria, tuvo que transitar Gregorio Luperón antes de ser reconocido por la nación entera como un verdadero prócer de la patria.

En Santo Domingo, Luperón se enfrentó directamente al ejército español, comandado por el ya titulado Marqués de Las Carreras. Aunque poderoso y disciplinado, el ejército español fue vencido mediante tácticas de guerra de guerrillas, debido a la inferioridad numérica y de medios de los restauradores. Luego, reforzó las operaciones en Baní y San Cristóbal, donde expulsó a los anexionistas.

El general Gregorio Luperón desarrolló una estrategia de desgaste que minó al ejército español, hasta lograr que España entregara el país a los restauradores el 11 de julio de 1865.

De él diría Pedro Troncoso Sánchez, en el prólogo de Luperón y Hostos de Emilio Rodríguez Demorizi (1939):
«… aquel hombre extraordinario que, siendo casi totalmente un desconocido todavía después del 16 de agosto de 1863, se convirtió en muy poco tiempo, en plena campaña restauradora, en el primer soldado de la guerra antianexionista, al modo de esas montañas que por su raro fenómeno geológico irrumpen de la noche a la mañana en el suelo horizontal de una llanura». Y también:
«… aquel gran Luperón que encarnó el mejor tipo de dirigente dominicano por reunir en su persona un alma templada, una voluntad férrea, una mente idealista y un corazón generoso».

Restaurada la República, Luperón regresó a Puerto Plata, donde fue recibido como un auténtico héroe nacional. La admiración del pueblo dominicano por su figura no hizo más que crecer con los años.
Luperón no fue solo un héroe de epopeyas militares. Fue un espíritu sembrado en la tierra por la historia, regado por las penas del pueblo y florecido en el fuego de la esperanza. En su paso dejaron huellas no solo su sable, sino también su palabra, su fe, su carácter. Como todo hombre de luz, fue faro en la noche incierta y puente entre la utopía y la voluntad de ser libres. Aún resuena su voz entre las montañas del Cibao, recordándonos que la patria, cuando se ama con pasión, es razón suficiente para vivir y para morir.

Hasta aquí esta primera entrega de nuestro trabajo: Luperón, un hombre excepcional.
La próxima entrega: La Segunda República: El Partido Azul, del cual Luperón fue su líder. Su amistad con Hostos y Betances. El ideario antillanista. Luperón y los gobiernos azules.
Y en una tercera entrega, abordaremos otros temas relativos a nuestro héroe nacional, el general Gregorio Luperón.

Domingo Núñez Polanco