Domingo Núñez
Nada permanece, nada se repite igual. Lo expresó Heráclito cuando dijo que no se puede entrar dos veces en el mismo río, y lo confirmó la vida misma cada vez que nos obliga a renacer de nuestras propias ruinas. La dialéctica es ese arte de leer el cambio. Es reconocer que las cosas no son estáticas, que los fenómenos –ya sean naturales, sociales o políticos– evolucionan, se enfrentan, se contradicen y, en esa tensión, dan paso a lo nuevo.

“Todo cambia”, decía Mercedes Sosa con voz firme y entrañable. Y no era una simple metáfora poética: era una verdad profunda, casi espiritual. Hoy quiero volver a ese eco, no para repetirlo, sino para mirarlo con mis propios ojos, desde mi propio lugar en el mundo. Para mí, la dialéctica no es solo una categoría filosófica: es una manera de estar, de sentir y de pensar la realidad. Es ver la vida como un proceso permanente de transformación.
Nada permanece, nada se repite igual. Lo expresó Heráclito cuando dijo que no se puede entrar dos veces en el mismo río, y lo confirmó la vida misma cada vez que nos obliga a renacer de nuestras propias ruinas. La dialéctica es ese arte de leer el cambio. Es reconocer que las cosas no son estáticas, que los fenómenos –ya sean naturales, sociales o políticos– evolucionan, se enfrentan, se contradicen y, en esa tensión, dan paso a lo nuevo.
Desde esta perspectiva, cuando hablo del mundo, lo hago desde la conciencia de que todo lo que veo –la política, la historia, la educación, la cultura, incluso lo que soy– está en tránsito. Nada de lo humano se detiene. Y eso implica que cualquier análisis que hagamos debe evitar la rigidez y la comodidad de lo absoluto. Por eso siento que la dialéctica no es una herramienta intelectual más, sino una forma de ver con profundidad.
Juan Bosch, en su claridad pedagógica, nos lo enseñó con una mata de mango: cada desarrollo es una suma de procesos, de luchas de contrarios. Así como el fruto nace de una semilla invisible que pasa por mil transformaciones, así también las sociedades maduran, retroceden, se reinventan. Y quien no ve eso, quien no reconoce esos procesos, no puede comprender ni liderar nada.
Antonio Gramsci, por su parte, nos dejó una herencia profunda desde su cárcel: la crítica no es pasiva ni académica, sino una tarea vital, transformadora. Para él, pensar dialécticamente es implicarse, es hacerse sujeto activo de la historia. Es, en definitiva, una ética de la lucidez. Porque si los procesos sociales son contradictorios, también lo son nuestras conciencias. En nosotros también habita una lucha constante entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Yo entiendo la dialéctica como una brújula. No una que apunta al norte, sino una que señala el movimiento, que me recuerda que la verdad no está en los dogmas sino en la capacidad de comprender el cambio. Por eso, cuando miro la política de hoy, no la analizo desde la nostalgia ni desde el cinismo, sino desde el deseo de comprender sus contradicciones, sus fracasos y también sus posibilidades.
Lo viejo y lo nuevo no son solo categorías temporales: son fuerzas que coexisten, que se disputan el alma de cada proceso. Y eso lo viví en carne propia, como muchos, cuando vimos cómo dentro de partidos políticos aparentemente revolucionarios, lo nuevo tuvo que abrirse paso frente a lo viejo que ya no respondía a las urgencias del pueblo. Como decía Bosch, no basta con hablar de lo nuevo: hay que actuar en coherencia con él.
Hoy me sigo preguntando, como Gramsci: ¿vamos a aceptar una visión del mundo impuesta desde fuera, o vamos a construir una propia, crítica y consciente? ¿Seremos masa o seremos personas que piensan, que cuestionan, que crean? En ese dilema está la raíz de toda emancipación.
Por eso, al mirar el mundo desde esta cosmovisión –la mía, la que se ha ido forjando con lecturas, vivencias y luchas–, siento que hablar de dialéctica es hablar de la vida misma. Es reconocer que todo está en proceso, todo se mueve, todo cambia, y que nuestra tarea es leer esos cambios, interpretarlos y participar de ellos, no como espectadores sino como protagonistas.
Porque no se trata solo de entender lo que pasa, sino de ser parte del cambio que queremos ver, con la humildad de saber que nada es definitivo, pero también con la firmeza de actuar con sentido histórico.
