Domingo Núñez
Lamentablemente, la dirigencia nacional ha fallado en ofrecer respuestas firmes y sensatas. Unos por conveniencia económica, otros por temor al conflicto diplomático o por cálculo electoral, han preferido el silencio o la evasión. Pero no hay progreso posible si no se garantiza primero el equilibrio interno del país y el respeto a su identidad. Una nación sin límites es una nación en riesgo.

Preámbulo
Hablar de identidad cultural y soberanía en el contexto de la República Dominicana es una necesidad legítima y urgente, especialmente ante fenómenos complejos como la inmigración masiva e irregular. Este abordaje no debe interpretarse como una expresión de rechazo ni de discriminación hacia el pueblo haitiano, con el cual compartimos una isla, vínculos históricos y humanos. Muy por el contrario, se trata de una reflexión desde el respeto, orientada a preservar los elementos que configuran nuestra cultura, tradiciones y forma de vida, así como el derecho inalienable de todo país a regular sus fronteras y proteger su integridad territorial.
La identidad no se defiende negando al otro, sino afirmando lo propio, y toda nación tiene el deber de hacerlo con responsabilidad, justicia y visión de futuro.
Hablar de identidad cultural y soberanía no es, para mí, un acto de rechazo ni mucho menos de desprecio hacia nadie. Es una necesidad que nace del amor profundo que siento por mi país, por sus raíces, sus costumbres, su historia y su gente.
En medio de una realidad compleja como la inmigración haitiana sin control, creo que tenemos el derecho —y el deber— de reflexionar con seriedad sobre cómo proteger lo que somos, sin caer en prejuicios ni alimentar odios.
Este no es un tema, repetimos, de discriminación, sino de cuidado: cuidar la casa común que heredamos y que estamos llamados a preservar con dignidad y responsabilidad. Defender nuestra identidad no significa negar al otro, sino afirmar lo nuestro con respeto, claridad y conciencia
Identidad y soberanía: lo que está en juego
No se trata de negar el derecho humano a buscar una vida mejor. Se trata de preservar el derecho irrenunciable de un pueblo a existir con dignidad, con raíces, con identidad y soberanía.
La República Dominicana ha sido históricamente un país de brazos abiertos. Pero los brazos abiertos no implica renunciar a la casa, ni dejar de poner límites en la puerta. En las últimas décadas, la inmigración haitiana se ha incrementado de manera desproporcionada, con consecuencias visibles en diversos ámbitos: el empleo informal, el sistema de salud, la educación pública, la seguridad, y sobre todo, en el tejido cultural que nos define como nación.
La cultura no es un adorno. Es la columna vertebral de un pueblo. Es lo que nos permite sabernos parte de una historia común, de una memoria compartida. Nuestra lengua, nuestras fiestas, nuestros símbolos, nuestras creencias religiosas, nuestra forma de entender la vida: todo eso forma parte de nuestra alma colectiva. Y hoy, esa alma está siendo puesta a prueba.
Este pueblo no nació para ser confundido ni para ser borrado. Desde sus orígenes, ha librado luchas profundas por afirmarse como nación. Juan Pablo Duarte, con su visión luminosa de independencia y dignidad, no concibió una patria sin soberanía. Gregorio Luperón defendió esa soberanía a sangre y fuego contra la anexión y el despojo. Juan Bosch, en tiempos más recientes, alzó su voz con claridad sobre la necesidad de preservar la identidad nacional y el respeto a nuestras instituciones. A lo largo de nuestra historia, otros tantos hombres y mujeres, en el campo, en la academia, en la política, han sostenido con valentía la idea de que somos un pueblo con derecho a ser sí mismo.
Lamentablemente, la dirigencia nacional ha fallado en ofrecer respuestas firmes y sensatas. Unos por conveniencia económica, otros por temor al conflicto diplomático o por cálculo electoral, han preferido el silencio o la evasión. Pero no hay progreso posible si no se garantiza primero el equilibrio interno del país y el respeto a su identidad. Una nación sin límites es una nación en riesgo.
El desafío no es odiar al otro, sino amarse a sí mismo como pueblo. No es discriminar, sino discernir. No es aislar, sino ordenar. Una convivencia pacífica exige claridad, respeto mutuo, y también firmeza en la defensa de lo propio. Y lo propio, en este caso, es mucho más que un pedazo de tierra: es la herencia histórica de Duarte, la lucha valiente de Luperón, el pensamiento ético de Bosch. Es la continuidad de esa historia que no merece ser ignorada.
Si no somos capaces de abordar este tema con profundidad, con altura y con responsabilidad, mañana podríamos despertarnos sin país. No por invasión militar, sino por dilución cultural, por renuncia cívica, por abandono de las instituciones que debieron cuidar el alma de la nación.
El país posible que soñamos no puede construirse sobre el autoengaño ni la indiferencia. Exige visión, liderazgo, y sobre todo, amor por lo que somos. La identidad no se impone, pero tampoco se entrega.
Domingo Núñez
