El amor —en todas sus formas— ha sido mi motor vital y creativo, eje poderoso y entrañable para vivir, sobrevivir y seguir existiendo.

Si algo me ha sostenido a lo largo de la vida —en los días gloriosos y en los días grises— ha sido el amor. No el amor romántico solamente, sino ese amor en todas sus formas: el amor que cuida, que enseña, que despide, que transforma, que siembra y que resiste.
A veces me preguntan de dónde saco las fuerzas para seguir escribiendo, soñando, construyendo… y yo suelo responder sin pensarlo mucho: “del amor”. Es una respuesta sencilla, pero es también la más cierta. Porque he amado. Y amar, aunque a veces duela, siempre da sentido.
He amado a personas que la vida me dio por destino —mis hijos, mis nietos— y a otras que elegí por el corazón. He amado a amigos entrañables, a mentores, a mis padres ya idos, a mi perra pastora y a las plantas que crecen en mi huerto. He amado también a mi país, con sus luces y sombras, y a la historia como una forma de no dejar morir lo esencial.
No hay texto que yo haya escrito que no contenga alguna forma de amor. Amor al recuerdo, al gesto mínimo, al legado, a la idea de que vivir vale la pena si se ama con hondura. Amar ha sido mi oficio más verdadero. Y escribir, quizás, ha sido mi manera de no dejar que ese amor se pierda.
Este texto no es una confesión, ni una declaración. Es más bien una constancia. La constancia de que he vivido con los ojos abiertos y el corazón dispuesto, aun cuando temblaba. Es una forma de decirle a los míos —y a quien me lea— que el amor no es debilidad. Es raíz. Es fuerza. Es destino
Domingo Núñez
