Domingo Núñez

En el año 2010, el mundo fue testigo de una de las más intensas y ejemplares movilizaciones estudiantiles del continente: la protagonizada por los jóvenes chilenos, quienes tomaron las calles reclamando el derecho a una educación pública, gratuita y de calidad. Aquella lucha captó la atención de muchos fuera de las fronteras chilenas, entre ellos la mía.

Desde la distancia, me sentí profundamente conmovido por la claridad, el coraje y la dignidad con que aquellos jóvenes enfrentaron a un sistema que había convertido el conocimiento en mercancía. En particular, emergió con fuerza la figura de una joven dirigente estudiantil, Camila Vallejo, cuya voz se convirtió en símbolo de resistencia y esperanza para una generación.

Este texto nació inspirado en ese momento luminoso. Fue escrito con admiración y conmovido por la posibilidad real de que nuevos liderazgos transformaran el orden establecido en beneficio de los pueblos. Hoy, sin embargo, lo recupero y lo reformulo desde una perspectiva crítica y desilusionada, ante el desencanto que produce ver cómo algunos de esos líderes —hoy en el poder— no han estado a la altura de los sueños que una vez defendieron en nombre del pueblo.

Lo comparto ahora como un testimonio de esperanza herida, pero también como un llamado a la memoria, a la ética, y a la coherencia. Porque, aunque los rostros cambien y los discursos se desdibujen, la necesidad de justicia, dignidad y educación para todos sigue siendo un imperativo ineludible para nuestros pueblos.

La lucha estudiantil chilena no tiene fin por ahora. Las autoridades no han respondido al justo reclamo del estudiantado de ese gran país. Camila, la joven dirigente que protagonizó las luchas de 2010 en las calles de Chile, me inspiró entonces a escribir estas palabras.

Camila: tu valentía, tu inteligencia, tu compromiso por una educación de calidad y sin exclusión no solo fue una causa del ciudadano común de Chile, sino también una lucha planetaria. Construir patria y humanidad es posible únicamente a través de la educación; de ahí lo justo de tu batalla. Te admiramos y te respetamos.

Cuando vi tu piel dorada y sudorosa al frente de las movilizaciones estudiantiles, reclamando lo que por derecho corresponde al pueblo chileno, llegó a mi mente la imagen de Manuela —la del Libertador—, aquella aguerrida mujer que acompañó a Bolívar hasta la muerte. Manuela y todas las heroínas de esta gran patria latinoamericana se han reencarnado en ti. Tú representas el paradigma a seguir por la juventud comprometida con los intereses más nobles y justos de nuestra América.

Si bien hubo otros connotados líderes del movimiento estudiantil, tú fuiste la cabeza visible allende las fronteras de Chile. Jóvenes de muchas partes del mundo, excluidos del sistema educativo, depositaron su fe y esperanza en lo que estaba ocurriendo en Chile. La batalla que ustedes libraron con firmeza debía terminar en victoria.

Para la ocasión, rememoro un pensamiento del gran antillano y americanista José Martí:

“Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.”

Compañera y hermana Camila: tú ya estás comprometida con la historia y con el porvenir de nuestros pueblos. Algunos dirán que estos son sueños o simples utopías. Qué equivocados están. Todos los proyectos y acciones que cambiaron el curso de la humanidad fueron, en su origen, sueños y utopías. Pero cuando los sueños se cimentan en las realidades y en las necesidades profundas de los pueblos, se convierten en ejes de cambio y transformación.

Camila: por tu valentía, tu inteligencia, tu compromiso, tu honestidad, fuiste elegida por la historia. Y por eso duele tanto ver hoy cómo algunos de aquellos líderes que entonces hablaban desde la calle con el pueblo, ahora gobiernan de espaldas a ese mismo pueblo.

La frustración no nace del odio, sino de la esperanza traicionada. Por eso, al recordar lo que inspiraste en aquel tiempo de lucha, renuevo también el compromiso con las causas justas, las que no prescriben, las que nos reclaman ética, memoria y coherencia.

Un abrazo, hermana y compañera, de parte de un simple soldado de esta gran batalla por el porvenir.

Domingo Núñez