Domingo Núñez

Dedicado a todos los hombres y mujeres de fe, que aún creen en la esperanza y en un porvenir venturoso para la humanidad.

El Salmo 23, desde una perspectiva actual, sigue siendo un poderoso mensaje de fe, consuelo y gratitud. Se percibe como un poema que refleja la relación de confianza y cuidado entre el creyente y Dios, ofreciendo apoyo en momentos de temor o necesidad.

Domingo Núñez en la Basílica de Higüey en acto de fe conversa en silencio con la Virgen de la Altagracia.

Primera parte

El Salmo 23: Un refugio en tiempos inciertos

Hay palabras que uno vuelve a leer como quien regresa a casa después de una larga travesía. Así me ocurre con el Salmo 23. No importa cuántas veces lo haya escuchado o repetido en silencio, siempre me ofrece algo nuevo: consuelo, certeza, rumbo.

«El Señor es mi pastor; nada me faltará.»

Este verso es una declaración de fe sencilla, pero poderosa. No dice que no habrá necesidades, sino que en medio de ellas, no me faltará lo esencial: la presencia de Dios. En un mundo donde todo cambia, donde la incertidumbre parece una constante, este salmo me recuerda que hay una guía firme que no se desvía: la del Buen Pastor.

«En verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce.»

En la vida hay días de prisa, de cansancio, de lucha interna. Pero también hay momentos de quietud. Este salmo me invita a buscar y agradecer esos espacios donde el alma respira, donde el corazón se aquieta. Me habla de gratitud. Porque incluso en el fragor del camino, Dios nos ofrece pausas, rincones de paz que muchas veces pasamos por alto.

«Aunque pase por valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.»

¿Cuántas veces nos ha tocado atravesar valles oscuros? Pérdidas, enfermedades, decepciones, miedos que no compartimos con nadie. Pero hay una promesa en este verso: no estamos solos. La fe no elimina el dolor, pero lo transforma. Nos hace andar con esperanza, con la frente en alto, con la certeza de que ese valle también tiene salida.

«Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores.»

Aquí se asoma la justicia de Dios, una justicia que no humilla, sino que vindica. A veces nos toca callar, esperar, aguantar. Pero el Salmo 23 nos dice que hay un tiempo en que la dignidad se restaura, en que el bien es reconocido, en que el alma herida se sienta a la mesa y vuelve a comer con alegría. No por venganza, sino por justicia divina.

«Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida.»

Esta es una promesa que me da fuerzas: no estoy persiguiendo el bien, es el bien el que me sigue. No porque sea perfecto, sino porque la misericordia de Dios me alcanza. Todos los días. Incluso los que parecen grises o estériles. Incluso cuando me siento lejos de todo.

El Salmo 23 no es solo un poema antiguo. Es un mapa espiritual. Una brújula para no perder el rumbo. Una fuente de esperanza para quienes creemos que, aún en la oscuridad, hay una luz que guía; una justicia que no falla; una mano que sostiene.

Hoy lo releo y lo comparto contigo, lector querido, con gratitud en el alma. Porque a pesar de todo, seguimos de pie. Y eso también es un milagro.

Segunda parte: Fe y Esperanza.

Domingo Núñez en la Iglesia Paz Y Bien de los Minas, Santo Domingo

El Salmo 23 y el Pastor de mi Vida

Hay palabras que solo alcanzan su pleno significado cuando se viven. La fe y la esperanza, cuando son verdaderas, no nacen de la teoría, sino del cruce profundo con la realidad —con sus luces y sombras, con sus heridas y renacimientos.

A lo largo de mi vida, he conocido el filo de las pruebas. Recuerdo el mes de junio de 1965: el estruendo de las armas rodeaba el colegio salesiano donde estaba interno. En medio de la confusión, corrí junto a otros jóvenes, y colisioné con un objeto cortante. Fui llevado herido a un hospital militar cercano, administrado por fuerzas extranjeras. Más adelante, estuve en prisión por participar en una marcha estudiantil.

También enfrenté pérdidas profundas: la partida de mis padres y la trágica muerte de mi sobrino Ariel Torres Núñez, hijo de mi querida hermana Carmen, dejaron marcas imborrables en mi espíritu.

Sin embargo, he conocido también la plenitud. Mis hijos y nietos han sido fuente de alegría y gratitud. Hoy, con 71 años, bendigo la vida, la salud y la lucidez que me acompañan. Todo esto ha sido sostenido por una fe que no claudica y por una esperanza que me impulsa.

Estas palabras no son solo un propósito espiritual. Es testimonio, memoria y compromiso con quienes creen que el alma también necesita alimento. Que estas páginas sean semilla de luz, consuelo y despertar para quienes las reciban.

Tercera parte:

Domingo Núñez con una imagen de San Gregorio, el médico de los pobres. Cuando el Covi estuvo espiritualmente cerca de San Gregorio.

El Salmo 23, un refugio en la calma y en la tormenta.

Hay días en que uno camina ligero, sin peso en la espalda, con el alma en paz. Pero hay otros —y son muchos— en que uno avanza cuesta arriba, con la esperanza en vilo y la fe a prueba.

El Salmo 23 ha sido, para mí, un refugio en ambos momentos: en la calma y en la tormenta. Me ha sostenido cuando la vida parecía derrumbarse. —como aquella noche de junio del 65, referido anteriormente, siendo apenas un muchacho interno en un colegio salesiano, cuando en medio de ráfagas de guerra, una herida inesperada me llevó a un hospital militar ocupado. Y más tarde, tras la represión por marchar por la dignidad estudiantil, el encierro detrás de las rejas fue un ensayo duro de la fe. También, la afección del Covid-19 que me dió en la madre y por poco me lleva.

Pero también ha estado presente en las cumbres: al ver a mis hijos crecer sanos, al cargar en brazos a mis nietos, al despertar cada mañana con la conciencia serena y la mente lúcida a mis 71 años. En todo ese tiempo, este salmo no ha sido solo un poema —ha sido una promesa viva.

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.”

He atravesado esos valles. Y en lo profundo de la noche —la del dolor, la de la pérdida, la del miedo—, he sentido esa presencia que no se explica, pero que se sabe. En el silencio de una celda, en el pasillo frío de un hospital, en la lágrima ante la tumba de un ser querido: Dios estaba allí.

“Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores…”

Sí. Porque incluso en tiempos oscuros, la vida me ha sorprendido con pequeños banquetes de bondad: una mano amiga, una palabra justa, una puerta que se abre cuando todo parece cerrado.

“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida…”

Y lo creo. Porque la gratitud ha sido mi compañera más constante. Porque cada día que me levanto con aliento, compruebo que la misericordia no es un mito: es real y cercana.

Hoy comparto este salmo con quienes necesitan sostenerse. Con quienes creen, dudan, tropiezan, pero aún caminan. Que estas palabras antiguas les resulten tan vivas como a mí. Que encuentren en ellas consuelo, guía, justicia, fe y esperanza. Porque aunque los tiempos cambien, el Pastor sigue siendo el mismo. Y con Él, no faltará lo esencial.

Domingo Núñez