Una noche en tiempos de guerra: Testimonio de vida
A lo largo de nuestras vidas, hay hechos que nos marcan más allá del instante en que suceden. A veces, no son los grandes discursos ni los titulares de prensa los que mejor retratan un acontecimiento, sino las pequeñas vivencias que lo atraviesan desde lo humano, lo íntimo, lo cotidiano.
Domingo Núñez

Preámbulo
Cuando la historia toca la piel
En esta sección, recojo algunos episodios de mi propia vida que no solo me conmovieron, sino que me revelaron verdades mayores sobre el país, sobre la condición humana y sobre mí mismo. No son recuerdos cualquiera: son momentos en los que la historia se hizo carne, en los que lo político se volvió personal y lo personal, profundamente político.
Aquí se entrelazan el dolor y la sorpresa, la infancia y la resistencia, la familia y la patria. Desde un hospital de campaña en plena ocupación extranjera, hasta los juegos interrumpidos por ráfagas de metralla, estas páginas dan testimonio de cómo el niño que fui se asomó, sin querer, al torbellino de la historia dominicana. Son, en suma, fragmentos vividos con los ojos abiertos y el alma en vilo.
Porque hay historias que solo se entienden cuando se viven. Y hay memorias que solo cobran valor cuando se comparten.
Una noche en tiempos de guerra
Transcurría el mes de junio de 1965. Aquella noche, de pronto, comencé a oír voces de mando, gritos de auxilio, el ir y venir de vehículos livianos y pesados. Eso es lo que supongo. Lo cierto es que, de manera repentina, me di cuenta de que no estaba en mi cama habitual del colegio salesiano Hogar Escuela Santo Domingo, donde era interno. Desperté en un lugar extraño, confuso, adormecido. Pronto, me percaté de que estaba en una camilla de hospital, no uno cualquiera, sino un hospital de campaña militar estadounidense.
Escuché voces en un idioma que no era el español. Por un instante pensé que soñaba. Pero no era así. Me informaron que hacía apenas una hora había salido del quirófano del hospital militar instalado por las tropas de ocupación estadounidenses, las cuales se habían asentado en los alrededores del colegio, localizado en el kilómetro 11 y medio de la carretera Sánchez, cercano a Haina.
El colegio colindaba con un asilo de ancianos, cuyos residentes, tras iniciarse el conflicto bélico, fueron trasladados a un lugar seguro. Las tropas norteamericanas se habían posicionado en la parte este y sur del recinto escolar. El país entero estaba sumido en una guerra cívico-militar, y en una ocupación extranjera sin precedentes.
Me pregunté: ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba en ese hospital militar?
La tarde anterior, mientras jugábamos fútbol con otros internos del colegio, comenzaron a oírse ráfagas de armas de alto calibre. Se desató un caos. En medio del pánico, colisioné con alguien que llevaba sobre sus hombros una pala de corte. El metal impactó de lleno contra el lado derecho de mi rostro, provocándome una herida profunda. Perdí el conocimiento de inmediato y no desperté hasta la madrugada siguiente, ya herido y bajo cuidado médico.
En esa época, la República Dominicana atravesaba una profunda crisis. Lo que se conoció como la Revolución de Abril de 1965 fue un levantamiento popular y militar que buscaba restituir en el poder al presidente constitucionalmente electo Juan Bosch, derrocado por un golpe de Estado el 25 de septiembre de 1963. En respuesta, el general Elías Wessin y Wessin organizó a los militares leales al gobierno de facto encabezado por Donald Reid Cabral, conformando el llamado segundo triunvirato. A los rebeldes se les acusó de simpatizar con el comunismo, y bajo ese pretexto, el 28 de abril de 1965, los Estados Unidos iniciaron la Operación Power Pack, una intervención armada para «salvar vidas estadounidenses» y «evitar una segunda Cuba».
Con el desembarco del Cuerpo de Marines y, más tarde, de la 82.ª División Aerotransportada del Ejército estadounidense, se concretó la segunda invasión militar de los Estados Unidos a la República Dominicana (1965–1966). En total, más de 42,000 soldados norteamericanos participaron en esta ocupación, cifra que en ese momento duplicaba las tropas enviadas por EE. UU. a Vietnam.
Yo era apenas un niño interno en el colegio, compartiendo esos días difíciles con mi hermano Diomedes. Recuerdo que los médicos me trataron con gran humanidad. Fueron atentos y solidarios. A pesar de la crudeza del momento, su presencia me dio un poco de consuelo en medio del desconcierto.
Domingo Núñez
