Y entonces, mientras el sol se despide tras los montes de Puerto Plata y los colores violetas y anaranjados dominan el cielo, pienso en mi hermano Miguel Núñez —maestro del paisaje, poeta del pincel dominicano— y me pregunto: ¿Qué haría él si estuviera ahora aquí, con nosotros? ¿Qué sentiría al ver este espectáculo natural que parece salido de uno de sus cuadros? Seguramente, se quedaría en silencio, con los ojos brillantes, absorbiendo cada matiz del crepúsculo. Tal vez diría poco, pero tomaría en su memoria la luz exacta, la bruma del horizonte, las sombras que se estiran, y luego, en el refugio de su taller, devolvería al lienzo esta tarde vivida, esta emoción compartida.

Un bello atardecer violetado en la Costa Atlántica, Punta Rucia, mientras el sol se despide tras los montes de Puerto Plata y los colores violetas y anaranjados dominan el cielo,

Hay recuerdos que no envejecen. Se quedan allí, en un rincón cálido del alma, donde no llega el ruido del mundo ni el olvido del tiempo.

En estas páginas he recogido fragmentos de amores vividos, de ternuras compartidas, de silencios que dijeron mucho más que las palabras. No se trata de nombres ni de historias completas, sino de ecos: resonancias dulces, y a veces nostálgicas, que siguen hablando dentro de mí.

He querido brindar por esos amores —los plenos, los pasajeros, los imposibles— porque todos, de una forma u otra, dejaron una luz encendida en mi camino. Agradezco cada mirada, cada gesto, cada adiós que también fue semilla de una nueva etapa. Ecos del corazón no es solo una evocación del pasado; es una afirmación serena de que el amor, cuando es verdadero, no muere: se transforma en memoria, en poesía, en aprendizaje. Y desde esa memoria luminosa, escribo estas líneas con gratitud y paz.

Con afecto sincero,
Domingo Núñez Polanco
12 de mayo, en la primavera número 71 de mi vida

Por los lares de Punta Rucia, La Isabela, Puerto Plata. Aquí se ven, al fondo mi hija Arielina, Kamel, mi nuero y mi nieta Amirah agarrada de mis brazos.

Punta Rucia moliendo café


Desde la costa norte, un eco de amor y nostalgia
Desde los lares encantados de la costa atlántica, en Punta Rucia —ese rincón exquisito y acogedor de la patria— comparto con ustedes este atardecer que se disuelve en tonos anaranjados y violetas, como un lienzo que la naturaleza pinta con la melancolía de los recuerdos.

El mar, quieto como una promesa no cumplida, se funde con el cielo en una línea azulada que apenas se distingue. La brisa trae consigo aromas de sal y vegetación, pero también ese otro aroma, más íntimo y cálido: el del café recién colado en alguna cocina de campo, donde aún se conserva el rito de la molienda entre manos curtidas por la vida.

En esta hora en que el día languidece y la luz se retira suavemente como un suspiro, vuelven los ecos de otros tiempos, los de la juventud aventurera y sincera. Aquellos días cuando, con el corazón palpitante, caminabas por los senderos de tierra tras la silueta encantadora de una mujer trigueña —bella y fuerte como la tierra misma— para compartir con ella charlas, miradas, sonrisas y ese café que sabía a amor nuevo, a ilusión de eternidad.

Y entonces, como una brisa que atraviesa los años, surge la voz dolida y majestuosa de Javier Solís, cantando esa canción que ha sabido envejecer con dignidad y que sigue despertando lo que creíamos dormido:
“Cuando la tarde languidece renacen las sombras
y en su quietud los cafetales
vuelven a sentir
esa triste canción de amor
de la vieja molienda
que en el letargo de la noche
parece gemir…”

Esa vieja molienda que aún resuena en el alma cuando el corazón se remonta a esos amores que no llegaron a ser del todo, pero que vivieron intensamente su instante. Aquella trigueña ya no está, quizás se fue con el viento, o con otro amor. Pero su recuerdo permanece, como el eco de los pasos entre los cafetales, como la canción que no se olvida.
“Una pena de amor, una tristeza
lleva el sambo Manuel;
en su amargura
pasa incansable la noche
moliendo café.”

Y entonces, mientras el sol se despide tras los montes de Puerto Plata y los colores violetas y anaranjados dominan el cielo, pienso en mi hermano Miguel Núñez —maestro del paisaje, poeta del pincel dominicano— y me pregunto: ¿Qué haría él si estuviera ahora aquí, con nosotros? ¿Qué sentiría al ver este espectáculo natural que parece salido de uno de sus cuadros? Seguramente, se quedaría en silencio, con los ojos brillantes, absorbiendo cada matiz del crepúsculo. Tal vez diría poco, pero tomaría en su memoria la luz exacta, la bruma del horizonte, las sombras que se estiran, y luego, en el refugio de su taller, devolvería al lienzo esta tarde vivida, esta emoción compartida.

Porque hay cosas que solo el arte puede decir del todo. Y en tardes como esta, el corazón y el pincel laten al mismo ritmo.
Aquí, en Punta Rucia, mientras cae la noche sobre los arrecifes y se encienden los primeros luceros del cielo, el alma también enciende sus propias luces. Y en el vaivén del recuerdo, aquel viejo amor sigue moliendo café en la memoria. Y mi hermano, el pintor de paisajes, también pinta —desde donde esté— este instante que no se olvida